MUJERES DE MI VIDA (13) En construcción…….

Jota

Tarde de miércoles y centro comercial, apareció radiante, en los pasillos del Eroski  brillaba la pedrería y su gran sonrisa sólo la matizaba una mueca quizás provocada por la rozadura de los zapatos nuevos. A por todas, era evidente que había puesto toda la carne en el asador. Lo supe minutos después.

 

-Tomamos un café, aquí en el Jamaica lo ponen muy bueno, propuse, mientras comprobaba que yo no iba vestido para la ocasión que ella había imaginado y me trataba de situar en la familia del novio o de la novia.

-Un té rooibos, sin teína, una menta poleo si no tienen. No tomo cafeína, me produce migrañas.

 

Mientras la chica preparaba la infusión me contó, sin respirar, que su ex marido era carnicero, que ella se había hipotecado para que él se independizara y montara su negocio propio y que antes del segundo año, cuando los números ya empezaban a salir, los comienzos siempre son difíciles, se lo encontró en la trastienda liado con la dependienta de la tienda de recova, la pollera me aclaró, que él la tenía agarrada por detrás y que ella no dejaba de aliñar los higaditos mientras gemía. Un canalla, terminó, un canalla que acabó con mi fe en el sexo opuesto y en la humanidad. Sois así, resumió, lo lleváis en los genes. No supe qué decir, me sentí culpable, ahogué la risa pensando en la escena de amor carnal, y me derramé el café cortado sobre la camiseta de Desigual.

 

Me dijo que los dejó terminar, mira no lo quise interrumpir, se veía que disfrutaba, con el último alarido, le dijo, ponte los pantalones joseantonio que vas a perder hasta el carné de manipulador de alimentos y te van a cerrar el negocio, salió del mercado de abastos y nunca más quiso saber de él. Su abogado le envió los papeles para que firmara el divorcio, afortunadamente dios no había querido darles hijos, y ella cambió de ciudad y profesión. Ahora, tras mucho estudiar y formarse podía presumir de ser una excelente quiromasajista y se ganaba bien la vida con sus masajes terapéuticos, ya en su consulta, ya a domicilio, en la casa del paciente. Por medio, algunos vaivenes para superar el duelo de la ruptura, que la llevaron desde las clases de salsa en el grupo de singles, los contactos del meetic y hasta probar el Lesbos con una viuda triste y apagada pero no le convenció. Un día el destino puso en sus manos un panfleto que invitaba a una charla con un título sugerente, el ego, el enemigo que hay en ti. A partir de entonces, todo cambió.

 

Me gustó esta mujer hecha a sí misma, resolutiva y que el azar me había traído en un momento en que todo lo que yo necesitaba era orden y concierto. Jota me lo daba todo hecho y me dejaba pocas opciones de pensar. Hablaba sin parar y tenía una habilidad natural para organizarte la vida. Parecía como si pudiera manipular tu alma además de tu cuerpo. Además, poco mejor podría encontrar a estas alturas en las relaciones con mochila en el mercado de segunda mano.

 

-Otra infusión, ofrecí, o cambiamos de sitio.

-No, ya está bien. Ven, vamos a Massimo Duti a comprarte una camisa en condiciones y otros pantalones, que vas hecho una facha y ya no eres un niño para llevar vaqueros rotos.

Me cogió de la mano y me arrastró, eso sí, suavemente, hacia la boutique, ella se entendió con el chico, me dejó en el probador y allí me fue llevando las distintas prendas que me había elegido. Le faltó peinarme. Salimos del centro comercial ya vestidos para la ocasión.

 

Las semanas siguientes fueron muy divertidas, bueno, diferentes. Lo primero fue cambiarme la dieta, se acabaron las grasas animales, las proteínas cárnicas e incluso el huevo, me recordó que las había eliminado de su vida tras el episodio del carnicero. Un par de veces en semana me permitía el pescado, nunca frito, y me atiborró de brócoli, coliflor y alcachofa. Odiaba el alcohol como una prohibicionista y tuve que fumarme mis puros a escondidas. La calle era un gasto innecesario y nunca me preguntó si me lo podía permitir, tampoco el cine, por el aire viciado. Sólo los paseos y la formación. Devoradora de libros de autoestima y superación, pasaba del ego a los chakras en un santiamén. El más allá la había salvado, nada puede ser peor que lo que tenemos aquí, me argumentaba, y llegué a comprender su pueril esoterismo sin hacerme más preguntas. Nunca volví a salir de casa sin comprobar qué decía mi carta astral y nuestras tardes y fines de semana de llenaron de talleres de meditación y gestalt. Al principio, fui por curiosidad pero finalmente acudía convencido. Mi falta de personalidad no me ha supuesto nunca un problema insalvable.

 

Como dije, la vida con Jota era fácil, disponía y organizaba y quedaba poco espacio para la duda o la elección. Era cariñosa. En la cama te manipulaba como fuera de ella, ponte aquí, ponte allá, te giraba y movía como a sus pacientes ancianos, todo con una profesionalidad y saber hacer que no dejaba lugar a la improvisación. Con ella sabía cómo empezaba y terminaba el polvo. Como los masajes. A veces suspiraba y yo pensaba que recordaba al carnicero mientras me daba la vuelta, ven que te voy a estirar.

 

Una tarde volvió más tarde que de costumbre del encuentro mensual del grupo de aceptación y perdón. Yo tenía la mesa preparada y sobre el mantel yacían dos puerros helados en salsa de soja. Dos vasos de agua y una vela acompañaban el atrezzo de la cena. Mira Jota, yo no soy feliz, le dije. Echo de menos una copita de tinto a veces. Me sonrió, yo te bendigo, vete, me dijo. No se puede hacer carrera contigo.

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