Noche de gatas, días de perros.
Tengo que decirte algo. Fueron tres segundos pero no sé todo lo que pasó por mi cabeza en ese tiempo antes de que me advirtiera: oye, la gata dormirá con nosotros.
No me pude negar. Así soy yo. No sé decir no a una mujer. Al fin y al cabo estaba en su casa, era nuestra primera vez y nunca pensé que la tarde terminara en ese trío de felinas. Dos horas antes habíamos paseado bajo la intimidad de un paraguas que recogió algunas dulces confidencias. Dos días antes compartimos una sobremesa de charlas y proyectos. Nada que hiciera presagiar lo que vendría después. Ahora, a la luz de una vela, ya desnudos, escuchaba maravillas sobre la sensibilidad minina y juramentos sobre la capacidad de hablar y pensar del bicho, una gata vieja que acompañó en dueto de maullidos y ronroneos a la dueña en unos acompasados acordes que me hicieron pensar que el grupo tenía acreditada experiencia y tablas.
Me costó olvidarme de esa gata voyeur que no perdía detalle de mi actuación y concentrarme en su felina dueña. En alguna vuelta mis ojos se encontraron con los suyos y tuve la impresión de que había cierta crítica y exigencia y alguna dosis de consejo. Ora movía la cabeza simulando un empuje, ora se recostaba aburrida lacerándome con esa actitud displicente de perdonavidas, de gata que anda ya por la séptima. Llegó a enseñarme sus uñas retráctiles que sentí como amenaza por si no estaba a la altura de lo que esperaba esta crítica muda que vigilaba mi perfomance.
En el momento que supo, no sé cómo, que habíamos alcanzado el clímax abandonó la habitación y se dirigió al cuarto de baño, indicándome qué venía a continuación y controló mi ducha. Sacudí mis calzoncillos llenos de pelo y di las gracias por no ser alérgico ni al polvo ni a los gatos.
Creo que debí contar con su aprobación porque a partir de ese día, ascendí un peldaño en la consideración que E tenía de mí y dio un paso adelante en la que podría ser nuestra vida juntos. Era como si me hubiera presentado a sus padres. Ya, uno de los suyos, a este primer encuentro siguió toda una serie de actividades animales (y no me refiero a lo que estáis pensando) sino a una apretada agenda de actos relacionados con el mundo animal que colapsaron mi agenda y dinamitaron mi tiempo libre: recogida de firmas para garantizar la protección de las especies en extinción, el salvamento de las ballenas, los derechos de los grandes simios y la prohibición de cobayas para la industria farmacéutica. En un abrir y cerrar de ojos me encontré asociado a Greenpeace y la asociación pro defensa del oso pardo. Los fines de semana se llenaron de manifestaciones frente a peleterías de reconocido prestigio y sentadas ante la sede de empresas sospechosas de utilizar pesticidas. Qué decir de las horas de asistencia obligatoria a la cuidadora de gatos abandonados. Nunca me atreví a decirle que yo era aficionado a los toros y que cedí la entrada cuando me vi obligado a participar en aquella acción reivindicativa frente la maestranza con el movimiento antitaurino en la tarde gloriosa que Manzanares indultó un toro. Sin saber cómo me convertí en un afamado activista y como se enteraron que me gustaba escribir y no se me daba mal leer, poniéndole el énfasis preciso y una entonación medida, terminé proclamado por aclamación el escritor de soflamas contra la maldad humana con los animales, redactor de pregones pro la equiparación de derechos y autor del borrador que se presentó ante el congreso de los diputados para la modificación del tipo penal del maltrato animal.
Mis citas con ella cada vez fueron menos románticas y más activas. Digamos que toda la pasión se ponía en los vertebrados y poco quedaba para nosotros. Además, cualquiera de mis propuestas era rechazada por considerarse ya una afrenta a la naturaleza en si misma, un acto contaminante o un gasto innecesario de energía. Cansado de su beligerancia fui fingiendo viajes de trabajo para no acompañarla. Había aceptado cambiar mi dieta mediterránea por algo más macrobiótico, los hoteles por el camping nudista y mi pedazo de carro por la bici. Dejé mi pelo rapado por un look más grunge sin llegar a las raftas, y cambié los buenos restaurantes por los cubos de botellines en la Alameda. Todo por E. Sin embargo, cada vez temía más que un día nos iban a romper la cabeza. Ella estaba encendida y todo su mundo giraba alrededor los animales. Pareciera como si el raciocinio no fuera con ella. Puro instinto. El día que le dije que no participaría en la liberación de visones de unas jaulas de criadero me miró triste y me dijo, ya te veía yo más frío últimamente. Me besó y se fue corriendo porque llegaba tarde a una mesa redonda donde se iba a defender con argumentos científicos irrefutables, me aseguró, que los loros hablan y que algunos hasta piensan lo que dicen.
La echo de menos. Hoy me vino a la memoria, a million miles away. Primero la frase, más tarde el tono, era una canción. Me costó recordar quién la cantaba. A million miles away. Eran los 70. La guitarra sucia y la voz ronca del irlandés Rory Gallagher. Aquí estoy E, como entonces, a un millón de millas de ti. Eras, lo que se dice, un bicho.
……..http://youtu.be/Qiw1RoTySIc