Vamos a ser simples, estas elecciones se debaten entre lo nuevo y lo viejo. El Omega de oro contra el i-watch. Niñatos versus Carrozas. Lo nuevo es lo joven y con el atrevimiento de la ignorancia, la juventud se postula mejor, sólo por eso, por ser joven. Nadie quiere ser viejo, lo viejo no vende, huele. La arruga no es bella. El joven nada tiene que demostrar, su fuerza y su vitalidad le presumen el valor. El joven se cree eterno, el pene siempre erecto y las tetas turgentes y desafiantes, inmortal y desprecia aquello que no sabe si tendrá, la vida que ya ha vivido el viejo. Mira joven, yo he vivido, tú no (aún). El viejo tiene que demostrar, incluso, que está vivo. No le creen. El viejo nada tiene que decir, ya lo hizo todo y normalmente lo hizo mal y es preso de sus errores y sus memorias. La joven Dory de Buscando a Nemo no tiene memoria. El joven no quiere ataduras. Presume de libertad. En su ingenuidad se cree libre. Y lo es, a nada se ata porque nada tiene. La juventud es una enfermedad que se cura con los años.
Mariano es el viejo. Y a falta de más humo que vender, sus asesores le exigen que se confíe a la experiencia. Por eso su discurso, el que le escriben, machaca una y otra vez que sabe y ha sabido hacer las cosas, que nos ha evitado muchos disgustos con su expertise y que tengamos cuidado con ponernos en manos de los jóvenes becarios airados que desconocen el manejo y la gestión, que no son nada ni nadie y cuyo curriculum vitae no les alcanza ni para gestionar la paga semanal que todavía les asignan sus padres (muchos de ellos no se han podido independizar del nido familiar, ni tan siquiera). Bertín nos mostró a un Mariano abuelo sordeta campechano pero con la dentadura bien ajustada, capaz todavía de hincarle el diente a un buen solomillo si hay que, o no. Abuelete apuesto y en forma, hasta parecía que le quedaba mucha tela que cortar.
Pablo es joven, buen comunicador y hábil manejo de las redes sociales. ¡Hay que ver qué bien se manejan estos nativos digitales que se han hecho con el control de los facebooks y twitters y nos admiran con la habilidad de niños usando el mando a distancia y el Ipad!. En nada que te despistas un momento te han organizado un escrache viral que te dejan tieso. Niños traviesos arman tanto ruido que parecen más de lo que son. Alrededor del cabreo general Pablo ha construido una startup prodigiosa en el garaje de su departamento universitario, una empresa .com tipo Sillicon Valley que le va a generar grandes beneficios antes de que explote la burbuja, un partido de amiguetes que se habrán colocado antes de que le llegue el pinchazo. Pablo es nuevo, no tiene pasado que criticar. Así es más fácil, nada ha hecho mal. Nadie se atreve con la virgen. Algunos le reprochan sus amistades peligrosas y el vacío de su demagogia pero eso requiere argumentos y él no juega con argumentos sino con titulares. Su programa cabe en un tuit. Sabe muy bien que los de la ESO no leen más allá de un post-it. Descarado, invita a sonreír incluso con su dientes desalineados.
Alberto también es joven, no es airado, pinta de niño bien, combina la inocencia con cierto saber hacer y por eso se presenta como la mezcla perfecta, el cóctel ideal para esta hora de la fiesta. No vengo manchado con el pecado original pero tampoco me he caído de un guindo. Cuando yo nací ya el Papa había acabado con el limbo. Al contrario que a Pablo, a éste le quieren las madres para sus hijas (por eso el otro ha dejado caer que Albert se droga). Un chico formal (la próxima encuesta del CIS debiera preguntar con quién dejarías ir a tu hija a la fiesta de graduación, con Alberto o con Pablo. Los padres, más sabe el diablo por viejo que por diablo, votarían en masa por Alberto porque, aunque están convencidos que la hija regresará follada, un buen corte de pelo y una camisa aseada va a todas partes).
Los jóvenes muestran su fuerza, debaten de pie, no quieren sillones, se han criado con la tele por delante, como el niño de Sigue Soñando, y conocen el lenguaje. Pablo y Alberto se irían de copas juntos y no dudarían en llevarse con ellos a Felipe VI y a la Leti, ya puestos. Se tutean, la diferencia esencial es poco más que el atuendo disfraz con el que se presentan ante los suyos. Son listos, saben lo que quieren, llegar a viejos bien abrigados, y esconden la carta marcada bajo la manga. Ambos saben que hacen el truco ante un auditorio repleto de niños. Así es fácil.
Pedro no es joven ni viejo. Es un pureta que quiere ir de guay, viejuno. Al pobre le cae encima lo peor de la experiencia de un partido pringado que nunca hizo lo que prometió (ya ni presumen de aquello de 100 años de honradez y que alguna vez fueron alternativa de sociedad y no de poder) y le falta la convicción de que le dejarán hacerlo esta vez. Se le ve el cartón, va de prestado y por eso anda desenfocado. En los carteles tiene un rictus de cadáver de cera. Su intento de sonrisa guarda cierto encono, conocedor de que le ha tocado un mal momento no encuentra su sitio. Para él, ni lo peor ha pasado ni lo mejor está por venir. Too old to rock and roll, too Young to die. Se lo juega todo a una carta, todo o nada a un solo número de la ruleta electoral. Si tiene suerte, al pobre diablo le caerá el euromillón y con la cartera llena se comprará las putas y tocará pelo. Quien ha visto la muerte tan de cerca se alzará sobre sus enemigos y no tendrá piedad de los que no lo remataron. Miedo me da.