CUENTO DE NAVIDAD
El vapor empezaba a empañar la cocina y el olor del asado iba llenando la casa que a esa hora esperaba nerviosa a los invitados para la cena. En la planta baja todo era un ir y venir, nada podía faltar. Las bandejas preparadas, la cubertería reflejaba los destellos de las luces del árbol como guiños entre el atrezzo. Las copas en formación, alineadas firmes, esperaban ansiosas su gran momento en el brindis. En el salón, el Belén presidía y San José y la Virgen miraban los preparativos mientras acunaban al Niño. La chimenea latía con llamas vivas y regalaba un ambiente cálido a la estancia. La voz de Bublé traía los clásicos navideños.
Con todo organizado subió a vestirse. Un último retoque de plancha le dejó la camisa impecable, esta vez se había decidido por una corbata roja y un blazer cruzado ligero para la ocasión. Descorchó el vino para oxigenarlo y sacó a la mesa las primeras bandejas con los entrantes y aperitivos. Sentado en el sofá prestó atención a las palabras del Rey en su mensaje de navidad. Se echó una copa de oloroso y esperó que sonara el timbre con los primeros en llegar. Poco a poco el piso se llenó de risas y abrazos. La alegría volvió a impregnar las paredes.
Era la primera vez que traía invitados desde entonces. Hasta ahora no se había atrevido, todo demasiado reciente. Los recuerdos, aunque seguían colgados en su alma como las bolas del árbol, ya quedaron inermes, sólo un decorado triste del pasado, y el tiempo había puesto una pátina en su alma que había sosegado el daño y ya ni eran visibles las cicatrices. El tiempo, como siempre, había hecho bien su trabajo. La Navidad había vuelto a su casa y su corazón. Brindó por la vida y se abrazó con fuerza a los que siempre estuvieron a su lado.

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