#LAZOS INVISIBLES

 

Para mi primer trabajo me exigieron llevar traje. Recuerdo que me compré uno gris, de corte clásico, y un blazer para combinar. Mi poco manejo y la mala suerte hicieron que a los pocos días un enganche inesperado me dejara un siete desgajado junto al bolsillo de la chaqueta. Sin efectivo, había gastado en la indumentaria el primer sueldo no cobrado, el agujero caló en mi ánimo y mi corazón.

Un compañero me propuso la solución. ¿Un remiendo?, dije. Ni me podía permitir otro traje ni podría acudir a la escuela con el estigma cosido. No, repuso, ven. Y me llevó a un convento de monjitas expertas en lo que me explicaron “zurcidos invisibles”. La paciencia de estas santas clausuradas descosía hilo a hilo el trozo rasgado y lo reponía a su estado original, de manera que a la vista se hacía imperceptible el arreglo. Cuando a los pocos días fui a recoger la prenda, el resultado era como si nada hubiera pasado. Ni rastro, ni seña del desgarro.

Llevo días dándole vueltas a la idea de los lazos invisibles, esos que ayudan a restañar heridas, esos hilos de sutura imperceptibles que cierran, y no en falso, las oquedades que dejan en el corazón los tiros de tantas batallas. Sea éste un canto de alabanzas a la denostada virtualidad. Sean estas palabras confusas e imprecisas un agradecimiento a esa nube clara que más que cubrir el cielo, deja hueco para que el sol vuelva a lucir de nuevo.

Vayan estas líneas de agradecimiento a los whatsapps, chats, lines, skypes, foros y mails, que no han de sustituir el contacto real, el de verdad, pero que lo retroalimentan y mantienen.   Un brindis por Facebook y Twitter. Un viva por esos lazos que no atan como cuerdas (PA).

Este blog es un lazo invisible contigo que estás ahí. Escribo para ti. Escribo para mí. Escribo porque te necesito.

En na’ que me aclare seguiré con este tema…..Ando espeso y no le pillo la punta.

DE CINE….. EL ÚLTIMO CONCIERTO (A LATE QUARTET)

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Me la encontré por esa casualidad que dicen que no existe. Tarde rota y ese Avenida VO que me salvado en tantas ocasiones. Dudé un par de segundos, allí estaba también Una Casa en Córcega (MGM recomendó pero los escritores franceses me tienen un poco hartos últimamente) así que A Late Quartet (El ùltimo concierto) fue la elegida. 

 

Ver en la cartelera los nombres de Christopher Walken y Philip Seymour Hoffman fue definitivo.

 

La sala casi abarrotada de señoras de esas que te encuentras en el Maestranza pronosticaba tardenoche de calidad. Olor a cardado y conservatorio. Consortes hiperplàsicos.

 

 

 

Mi acompañanta se entretiene en el servicio y se pierde los compases de obertura. Afortunadamente nos dejan entrar ya comenzado el concierto.

 

 

 

El guión? Cuarteto de cuerda (nombre precioso, The Fugue) que va a celebrar su 25 aniversario. El chelista (Walken) anuncia que ha sido diagnosticado de Parkinson. Lo que presumiblemente debe derrumbarle es la gota que rompe el equilibrio inestable del cuarteto. Los celos, envidias y algùn desliz amoroso amenazan con mandar al carajo tantos años de èxito.

 

 

 

No es una película redonda. Quizás le falte algo de humor y le sobre la relación de la Lolita con el primer violinista (un tipo con cara de albano kosovar al que le pega màs un Kalashnikov que un Stradivarius). Beethoven genial. El resultado más que aceptable. Bello. 

 

 

 

A la salida, el grupo de señoras conservadas se arremolinan en las toilets para cambiarse la Tena Lady. Yo vuelvo a casa silbando la Novena. Mi acompañanta promete llamarme otro día. 

 

TERAPIA

 

–          Me llamo Gabriel y no uso emoticonos –declaré, puesto en pie en medio de la sala.

–          Gracias G por tu sinceridad. Sabemos que te ha resultado difícil, dijo la terapeuta y pidió un aplauso que el grupo otorgó con emoción.

 

Unos meses antes……..

 

Me estaba reincorporando al mercado con ciertas dificultades. Los últimos tiempos habían sido complicados. A mis discapacidades innatas y a mi carácter reservado le había caído encima la llamada “brecha digital”. Ahora, solo en la calle, me encontré con una dificultad añadida: todos se comunicaban vía mensajería instantánea y yo era  neófito perdido entre el Blackberry y el Yahoo Messenger, el Line, y, el rey de todos, el Whatsapp. Era difícil volver a un mundo donde las herramientas habían cambiado. El mismo mensaje pero diferente código.

 

Los inicios fueron arduos, labor titánica. Ponte al día en el manejo del chat, hazte un perfil de Facebook, abre cuenta de twitter y pasa tu CV a Linkedin. Cambia tu viejo Nokia por un Smartphone (decide entre Android o Iphone) y acostumbra tus dedos a esa caricia sobre la pantalla, ese desempolvar musarañas, de la tecnología táctil.

 

Adáptate a los nuevos canales, se acabó el bar de copas o el gimnasio para entablar una conversación. Ahora la aldea global te ofrece Meetic en una sala grande sin la “madame”  y unos lazos invisibles e intangibles.

 

Manos a la obra……

 

Soy un profesional y estoy decidido- me dije- a superar todas las pruebas. Fueron cursos, horas, ponencias, preguntas, manuales de instrucciones, consultas, diagnósticos, formato acierto-error. Sangre, sudor y alguna lágrima pero la meta estaba cerca, la veía, casi la tocaba con las manos cuando aparecieron ellos. Sí, ellos, esos malditos japos amarillos, esas putas caritas sonrientes que desde el menú del móvil tenía que acompañar a cada mensaje. Dios, no los entiendo. Los miro y me parecen todos iguales. No acierto a distinguir si tienen más o menos abierta la boca, si sonríe o ríe abiertamente, si se sonroja o está estreñido, si lanza beso con amor o de despedida. No sé, me pierdo. No controlo si tienen los ojos cerrados o las cejas arqueadas. Dios, ayúdame.

 

Y esto me ha causado muchos problemas. Me han tachado de insensible, de falta de tacto, de grosero, maleducado y borde, qué se yo! Pero cómo saber si es una lágrima o una gota de sudor, si está rojo por exceso de sol o congestionado. Y qué decir de los guiños. Imposible comprender si denota  complicidad o quiere ligar. Y ese que enseña los dientes, y el otro que tiene la cabeza gris. He conseguido descifrar a quién te cuenta su tarde aburrida, jodida de lluvia, una mierda, en sólo tres muñecos pero confieso que me resulta imposible añadir a mi comunicación un maldito bicho amarillo que sustituya al lenguaje no verbal. Se acabó.

 

Me recomendaron la terapia. Ánimo, no eres el único. Ahora me siento arropado en este grupo de incapaces anónimos. Hago mis progresos. He dejado de tener pesadillas y ya no veo en sueños al moradito con orejas de gnomo. En las tardes de terapia he conocido a María. Me ha contado que ha sufrido mucho. Su marido la dejó con un whatsapp y el muñeco de sonrisa de media luna y la lengua fuera y en el trabajo el jefe de RRHH le puso en el sms del finiquito una mano con el pulgar hacia abajo. Definitivamente, son otros tiempos.

Crónicas del revés (Epílogo)

Domingo 1 de septiembre. Día del Padre en NZ. Las chicas me dan un buenos días especial y me repiten que soy su papi favorito. San José nos acompaña en nuestro viaje en tren. Hoy haremos un costa-costa de Christchurch a Greymouth a través del Arthur’s pass.

Nos levantamos muy temprano y nos ponemos nuestros disfraces de viajeros del siglo 19 para tomar el Tranzalpine Coastal Pacific, una especie de Orient Express de vía estrecha que se toma sus más de cuatro horas para poco màs de 200 kms. El tiempo no cuenta entre estos valles de la edad de hielo. De nuevo todo parece un decorado recién estrenado. Esta vez una gran maqueta de tren de los clicks de Famobil donde no falta un detalle.

Frente a nosotros se sienta Amanda. Es bordeline. Lleva un bastón de ciego y a su hermana de lazarillo además del adn amable de estas tierras. Es dejar la estación y ya nos está contando el porqué de su viaje y preguntando nuestra opinión del país. De verdad que se alegra de que lo disfrutemos y nos dedica sonrisas de inocencia de muñeca rota. Las hermanas van cargadas de una gran mochila para la excursión. No ha pasado una hora y ya han dado cuenta de un helado, varios paquetes de patatas fritas, dos litros de zumo y un paquetón de marshmellows que habíamos apostado que no serían capaz de zamparse. Sus cuerpos nos dicen que lo de hoy no es excepcional.

El trenecito dibuja círculos de colores en el paisaje. Al pasar por las aldeas nos saludan. Para muchos el tren será lo ùnico que pase hoy. En los campos nacen los terneros y las ovejas.

Después de cuatro horas de viaje, a punto de llegar a nuestro destino, después de pasar por escenarios magníficos, la hermana de Amanda ( se supone que la lista de la familia) ha elaborado un pensamiento, lo ha madurado y lo verbaliza. Le sale muy de dentro, con dificultad: the grass is green, dice Ahí queda. Y se abren otro paquete, el quinto, de cheetos.

Llegamos de noche a casa. Preparados para el ùltimo día. Preparados para la ùltima excursión.

Este país siempre te sorprende. Siempre hay un rincón que llama tu atención. Hoy lo hemos encontrado junto a Hanmer Springs en nuestro picnic de carretera. Con nuestro bocata de atún en pan de pita nos hemos embelesado frente a las montañas. NZ te echaremos de menos.