TERAPIA

 

–          Me llamo Gabriel y no uso emoticonos –declaré, puesto en pie en medio de la sala.

–          Gracias G por tu sinceridad. Sabemos que te ha resultado difícil, dijo la terapeuta y pidió un aplauso que el grupo otorgó con emoción.

 

Unos meses antes……..

 

Me estaba reincorporando al mercado con ciertas dificultades. Los últimos tiempos habían sido complicados. A mis discapacidades innatas y a mi carácter reservado le había caído encima la llamada “brecha digital”. Ahora, solo en la calle, me encontré con una dificultad añadida: todos se comunicaban vía mensajería instantánea y yo era  neófito perdido entre el Blackberry y el Yahoo Messenger, el Line, y, el rey de todos, el Whatsapp. Era difícil volver a un mundo donde las herramientas habían cambiado. El mismo mensaje pero diferente código.

 

Los inicios fueron arduos, labor titánica. Ponte al día en el manejo del chat, hazte un perfil de Facebook, abre cuenta de twitter y pasa tu CV a Linkedin. Cambia tu viejo Nokia por un Smartphone (decide entre Android o Iphone) y acostumbra tus dedos a esa caricia sobre la pantalla, ese desempolvar musarañas, de la tecnología táctil.

 

Adáptate a los nuevos canales, se acabó el bar de copas o el gimnasio para entablar una conversación. Ahora la aldea global te ofrece Meetic en una sala grande sin la “madame”  y unos lazos invisibles e intangibles.

 

Manos a la obra……

 

Soy un profesional y estoy decidido- me dije- a superar todas las pruebas. Fueron cursos, horas, ponencias, preguntas, manuales de instrucciones, consultas, diagnósticos, formato acierto-error. Sangre, sudor y alguna lágrima pero la meta estaba cerca, la veía, casi la tocaba con las manos cuando aparecieron ellos. Sí, ellos, esos malditos japos amarillos, esas putas caritas sonrientes que desde el menú del móvil tenía que acompañar a cada mensaje. Dios, no los entiendo. Los miro y me parecen todos iguales. No acierto a distinguir si tienen más o menos abierta la boca, si sonríe o ríe abiertamente, si se sonroja o está estreñido, si lanza beso con amor o de despedida. No sé, me pierdo. No controlo si tienen los ojos cerrados o las cejas arqueadas. Dios, ayúdame.

 

Y esto me ha causado muchos problemas. Me han tachado de insensible, de falta de tacto, de grosero, maleducado y borde, qué se yo! Pero cómo saber si es una lágrima o una gota de sudor, si está rojo por exceso de sol o congestionado. Y qué decir de los guiños. Imposible comprender si denota  complicidad o quiere ligar. Y ese que enseña los dientes, y el otro que tiene la cabeza gris. He conseguido descifrar a quién te cuenta su tarde aburrida, jodida de lluvia, una mierda, en sólo tres muñecos pero confieso que me resulta imposible añadir a mi comunicación un maldito bicho amarillo que sustituya al lenguaje no verbal. Se acabó.

 

Me recomendaron la terapia. Ánimo, no eres el único. Ahora me siento arropado en este grupo de incapaces anónimos. Hago mis progresos. He dejado de tener pesadillas y ya no veo en sueños al moradito con orejas de gnomo. En las tardes de terapia he conocido a María. Me ha contado que ha sufrido mucho. Su marido la dejó con un whatsapp y el muñeco de sonrisa de media luna y la lengua fuera y en el trabajo el jefe de RRHH le puso en el sms del finiquito una mano con el pulgar hacia abajo. Definitivamente, son otros tiempos.

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