EN EL RESTAURANTE….
Almuerzo con una chica del Meetic. Primera cita, como suelo, me dejo llevar por sus sugerencias y quedamos en uno de esos “gastrobar” de pizarra negra para la lista de tapas. Ella se encarga de pedir, “para compartir” recalca, unos chipirones rellenos, mousaka y un crujiente de cola de toro con salsa de puerros (acierta, dos de tres, no está mal). Me ruega que me encargue del vino y me arriesgo con un blanco de Valdeorras. La camarera se lo toma con oficio y apenas se le nota que aquello no es lo suyo. Lleva un piercing en la lengua y se da aire a la Rosanna Arquette de Pulp Fiction (“mejora la felatio”). Antes de que aparezca con las bebidas, mi acompañanta ya ha descargado la mochila. Sin consideración: pseudo soltera, el maromo desapareció al enterarse de que follar sin condón podría traer consecuencias (Manuela, siete años), un desengaño con quien resultó estar casado con la clara intención de ocultarlo y la más clara después de seguir con su mujercita. Tres años de desierto para cuando llegó Alberto, en paro, buen hombre y viudo con tres hijos, uno suyo, dos que aportó la difunta, y un intento de familia de seis que ocuparon su casa y su despensa, acabaron con los exiguos ahorros de su cuenta corriente y lo peor de todo, la gota que colmó el vaso, dos adolescentes en casa que se pajeaban en el sofá del salón mientras ella preparaba el desayuno, la merienda o la cena y le dejaban la alfombra llena de kleenex que, siempre ella, tenía que recoger antes de salir corriendo para la oficina donde pasaba diez horas de lunes a viernes y un sábado de cada dos.
– Alberto, debes decir algo a los niños. Estoy más que harta de limpiar el sofá, me dijo que se quejaba al novio en los pocos momentos de intimidad que la troupe les dejaba.
– Cosas de críos, respondía él, ¿Qué hay de postre?
Tras este currículum que me soltó de corrido casi sin respirar sólo acerté a decir, ¡vaya!, serví la segunda copa y cuando empezó a relatarme la ruptura desconecté, me puse en off, piloto automático, playback y la dejé oyéndose a sí misma mientras que mi cabeza se iba a la mesa trasera donde dos treintañeras (una con un culo estupendo, que yo me había fijado en ella cuando entraron) compartían cuitas. Tengo una predisposición especial para recordar tonterías y en esto que se me vino algo que hace muchos años alguien me comentó sobre los requisitos para ser diplomático de carrera y que tenía que ver con la capacidad de poder escuchar una conversación a varios metros de distancia. Agucé el oído y presté atención a lo que una (la más alta) le contaba a la otra (la del buen culo).
TRANSCRIBO:
“Aún nada, bueno, digamos que técnicamente no soy virgen, si incluimos el sexo oral en la definición pero lo que se dice lo otro, ya sabes, nada, imposible. Y ocasiones ha habido, y varias, pero es llegar la ocasión, y me descompongo, son los nervios, no sé qué pero que no puedo y no puedo. Chema es comprensivo, en fin, la primera vez se quedó un poco cortado, estaba ya burraco, yo dije que no podía ser, me dio una pena, lo tuve que terminar a mano. La vez siguiente se lo curró más, debió pensar que era cosa suya y me organizó la típica velada romántica, un regalo, empezó a trabajarme desde abajo pero hija, cuando llegó el momento, otra vez que no y que no. Esta vez me sentí tan mal que aunque no se puede decir que sea mi afición número uno le hice un trabajito con la boca que le dejé una sonrisa en los labios toda la mañana. Y mira, lo que te quería contar, yo sé que vas a decir que es una tontería, una paranoia mía pero es que creo que esto ya es una cuestión divina, o una maldición, un mal de ojo, me explico. Tú sabes que yo soy creyente, últimamente no practico mucho pero mi familia, mi educación, no sé, creo que hay algo más, un dios o así. Cuando éramos pequeñas, mi madre nos dejaba, a mi hermana y a mí con mi abuela, la madre de mi padre, la de Santander. Ellos se iban a tocar durante el verano, sabías que mis padres tenían un grupo, ¿no? Mamá era la vocalista y mi padre tocaba el bajo y se hacían bolos por las ferias y sacaban unos extras para el invierno, entonces, que me disperso… que nos dejaban con mi abuela y a mí, que por aquel entonces no debía tener más de diez años, me encantaba la casa, el campo, …bueno, a lo que iba, mi abuela era muy estricta, severa decía ella y acostumbraba a bendecir la mesa cada vez que nos sentábamos, a Lola y a mí nos daba la risa pero procurábamos que no se nos notara porque, uf, no veas, y en aquellos rezos mi abuela siempre decía, bendice señor estos alimentos que nos ofreces, da hambre de ti a quien no te conoces y vela siempre por la virginidad de estas niñas. Yo al principio no entendía pero una vez Lola, ya mayor, le dijo, Abuela, ya está bien, hija, con la de negritos que hay en África por los que rezar y tú pidiéndole a dios por estas cosas. ……No se lo he contado a Chema porque se va a reír de mi, ¿tú qué opinas?”
Tentado estuve de cambiarme de mesa y dar mi opinión. Por entonces, mi acompañanta me pedía consejo sobre si demandar al padre huido para que le subiera los alimentos a Manuela, que se cree ese cabrón que con ciento cincuenta euros vive una niña…..
Me disculpé para ir al servicio, puse un whatsapp a mi secretaria y esta, eficaz, me hizo una llamada de emergencia que mira, disculpa, me tengo que ir, es un asunto importante, de última hora, perdona, quedamos en otra ocasión, me ha encantado conocerte, los chipirones buenísimos, ya me das un toque…..
Al salir no pude resistirme a mirar. De camino a casa me llevé la imagen de aquella criatura bendecida. Me hubiera gustado contarle a la abuela que sus plegarias fueron escuchadas. Cuestión de fe.


