MIEDOS
El curso se llamaba HACKER PARA PADRES y prometía enseñar algunas herramientas útiles a los progenitores para controlar a los hijos en las redes sociales. Sobre las 10 de la mañana el salón del hotel estaba repleto de padres y madres temerosos que intercambiábamos saludos corteses y frases cortas y en las miradas de todos se advertía la preocupación común que nos había reunido allí y pagar ciento cincuenta euros con la esperanza de aprender a descifrar ese lenguaje críptico y esotérico que nuestros hijos utilizaban y que hasta ahora era una especie de código secreto al que no teníamos acceso.
El programa, que se decía abierto, constaba de tres fases. En una primera los asistentes nos presentaríamos y expondríamos alguna cuestión particular concreta que sería objeto de exposición y discusión en la segunda parte, en la que el ponente analizaría las distintas redes sociales por las que se movían con suma facilidad los pre y adolescentes para, finalmente, debatir abiertamente tras un role play, cuál sería la mejor manera de actuar una vez identificados los posibles signos que alertaran de los peligros inciertos que se escondían en la internet.
Los primeros en presentarse fueron un tal Santiago y su esposa Carmen. Él se notaba arrastrado, casi avergonzado por estar allí. Comprendía la preocupación de ella pero consideraba que sus métodos, a veces, llegaban demasiado lejos. Se limitó a decir que de alguna manera entendía que todo aquello eran cosas de críos, que no habría que darle mucha importancia y que todos habíamos sido jóvenes. Entonces Carmen tomó la palabra. Dijo que ella tenía miedo, mucho miedo, que era miedosa desde pequeña y que quizás la influencia de su madre había sido determinante para su personalidad apocada y alejada del riesgo. Nos contó que cuando se fue a estudiar a la capital, ya cumplido sus dieciocho, su madre le recomendaba que nunca estuviera en la calle más tarde de las veinte horas, que siempre caminara por el centro del acerado y así evitaría que desde algún portal siniestro una mano la arrancara hacia las sombras y que, por supuesto, nunca se le ocurriera ir a comprar ropa ella sola, ya que había oído que en algunas tiendas los probadores se giraban con las chicas jóvenes dentro y las engullían quedando atrapadas y que eran cientos los desaparecidas que terminaban en las redes de las tratas de blancas. Con ese background personal Carmen detalló sus temores hacia las redes pedófilas que ennegrecían la internet y pidió al conferenciante que le explicara cómo funcionaba aquello del Tuenti y del Facebook y de qué manera se podría crear un perfil falso para, en un futuro, entrar en la cuenta de su hijo. Advirtió a los presentes de que pusieran cortafuegos y filtros a los ordenadores personales y comentó que ella había encontrado en La Tienda del Espía unas cámaras de vídeos tan imperceptibles que había colocado tres en la habitación de su Sergio. Su intención era que cuando llegaran los tocamientos íntimos, así los llamó, sería el momento de que el padre, esa labor sólo la podría hacer un padre, le explicara qué hacer y cómo. Terminó refiriéndose a la droga, dijo que ella todos los días le miraba los ojos para detectar el inicio del fumeteo y que le hacía orinar en un tubo mensualmente, con el pretexto de controlarle el azúcar, y así poder analizar los psicotrópicos. Se escucharon algunas risas durante la intervención de esta atribulada señora mientras que su marido, quien probablemente ya había escuchado la misma historia miles de veces, seguía el relato con los ojos bajos de vergüenza ajena. La audiencia estalló en carcajadas cuando, a pregunta del conferenciante, dijo que su Sergio tenía siete añitos recién cumplidos y que el año próximo año empezaba la catequesis.
Animado por esta primera intervención que rompió el hielo y desnudó ante la audiencia los miedos de los presentes, tomó la palabra Manolo, divorciado, quien explicó que no había podido convencer a su ex para que asistiera (eres más tonto de lo que te pertenece, confesó que le había dicho). Nos contó que le había comprado un móvil a su hija con la intención de que fuera adentrándose en la tecnología y, sobre todo, porque todas las compañeras de clase ya lo tenían. Con el telefonito la pequeña usaba el whatsapp y Manolo reconoció que espiaba sus mensajes, comprobaba las fotos y veía los vídeos que se cruzaban entre los integrantes de los grupos. Hasta ahora nada fuera de lo normal, sólo algún chiste verde o una palabra soez salida de tono.
La preocupación llegó la tarde que entre emoticonos y faltas de ortografía leyó que se concertaba una cita para el primer beso. Así era, entre decenas de te amo y te quiero, eres genial y tú muy dulce, su hija de once años, organizaba con el amor de su corta vida el momento más idóneo para ese primer beso que el resto del grupo de amigos jaleaban alborozados. Manolo no sabía cómo reaccionar. Contó que al leerlo dejó caer el teléfono de sus manos. Su pequeña, empezaba a besarse con un compañero de primaria. El miedo le pudo. Por supuesto nada le contaría a la madre, ya que de sobras conocía sus reacciones extemporáneas. Había leído el anuncio y allí estaba. No supo formular una pregunta ni una duda concreta. Tampoco creo que le importaran mucho las redes sociales. Era ese primer beso en la bandeja de salida de espera de su hija lo que en realidad le quitaba el sueño.
Agustín, que así se llamaba el ponente, aprovechó para insistir en que no debíamos oponernos a la tecnología sino enseñar a usarla y dio paso a Merche, una maestra que rondaba los cincuenta que relató que su hija de trece no sale a la calle, no lee ni ve la tele ni se reúne con las amigas y que está todo el día en su habitación con el ordenador y el chat dale que te dale. Desesperada reconoció que alguna vez perdía los nervios y que la gota que colmó el vaso cayó el pasado sábado cuando tras insistirle en que apagara la dichosa maquinita la niña se le revolvió y le soltó un y tú, que estás enganchada al meetic, y eso, además de descorazonarla (después de cinco años desde que la dejó Gonzalo era la primera vez que se atrevía a buscar una cita), la dejó sin argumentos. En sus peores pesadillas, Anita se escapaba de casa con algún gañán que la había seducido por internet y no la volvía a ver.
Aproveché el coffee break y abandoné la sala. Ya tengo yo bastante con mis miedos propios como para compartir los ajenos.
