FELICIDAD

FELICIDAD

Hacéis buena pareja, siempre se lo habían dicho. Desde el instituto donde se conocieron en primero de BUP, camino de los cuarenta años juntos (tenía pensado sorprenderla con un crucero por el Mediterráneo para celebrar la cercana efemérides). Él había sido el único hombre para ella y ella para él, si no contamos aquel desliz que no llegó a nada en la cena de navidad de la empresa. No había otros. Siempre juntos, ellos dos. No habían tenido hijos y tampoco se habían preguntado el motivo. Y nadie podría decir que fueran almas gemelas y eso era lo sorprendente. Amalia era una chica hogareña, dulce, delicada, reservada, un poco tímida, hija única había cuidado desde pequeña de sus padres muy mayores cuando la tuvieron. Acostumbrada al trabajo de la casa no puso impedimentos en aparcar su profesión (a trancas y barrancas llegó a terminar Farmacia) para acompañarlo en los mil y un destinos que el Banco le imponía. Así viajaron por media España, once mudanzas contaba, organizando todo para que nada faltara en la vida azarosa de Juan José, Apoderado, Subdirector, Director y finalmente Jefe de Zona en la entidad reconvertida una vez y absorbida otra en los últimos años.

Si ella ponía el orden y la estabilidad, él traía el entusiasmo y la sorpresa. A sus momentos de fatiga y stress ella respondía con el sosiego y la paz que le devolvía la calma. A sus crisis de melancolía él sacaba la chispa que le alegraba el día. El ánimo y energía de Juan José eran proporcionales a la reflexión de Amalia, a ese otro punto de vista siempre cuerdo y razonable que mitigaba el, a veces, demasiado impulsivo actuar de Juanjo. Él la admiraba y valoraba el saber estar de aquella mujer de apariencia débil. De alguna manera, Lita, como la llamaba, era mucho más que la persona que organizaba su agenda y había fraguado  un armazón que daba consistencia a la inestable estructura vital en la que se movía JJ. Ella lo quería como a su vida misma, respiraba por él y no veía más allá de sus ojos.

En cualquier encuesta de calidad ambos no habrían dudado en calificar como excelente su matrimonio, incluso en los momentos más difíciles, que también existieron, y ninguno haría mención de aquellos pequeños detalles que imputar al debe de la relación. Eran tan felices. Ella no solicitaría más abrazos y besos, ya acostumbrada a la poco afectividad de su esposo y a él no se le ocurriría  proponerle sexo oral aunque lo deseara tanto como para soñar con ello. Si alguna vez ella deseó que la abrazara al dormir nunca se lo dijo y él nunca buscó fuera de casa algo más de desatino y mordiente en su, digamos, conservadora vida marital.

 

El final de trimestre había sido muy intenso, los cierres contables, la consecución de los cada vez más difíciles objetivos y los reajustes en varias oficinas le habían tenido casi sin dormir esa semana. Amalia lo había organizado todo para un fin de semana de relax, él lo necesitaba, en la pequeña casa rural en la que solían perderse de vez en cuando. El sábado estuvieron paseando de la mano por el campo, casi sin hablar. Juan José respiraba intensamente como queriendo coger el aire que le había faltado y recuperar la energía entregada al Banco, cada vez más hastiado de su labor. Para cenar ella preparó una buena pierna de lechal al horno acompañada del tinto preferido de Juanjo. Brindaron por ellos y por la vida. Al terminar, Amalia lo cogió de la mano y lo llevó al dormitorio, un beso para decirle que callara y comenzó a desvestirlo, primero los zapatos, la camisa, el pantalón. Sus besos le acariciaron el cuerpo cansado y sus dedos bailaron por su piel masajeando desde el cuello para detenerse en su miembro que respondió instantáneamente a la llamada, unas suaves caricias primero, algo más de vigor después, antes de bajar  y ofrecerle una felación hermosa, generosa, delicada que estremeció a Juan José. Otro beso de no digas nada, vio sus ojos de sorpresa, y Amalia se entregó a su marido hasta que éste bramó rotundo rompiendo el silencio de la medianoche.

 

El informe forense no dejaba lugar a dudas, un desajuste en el termo de gas, una mala combustión. La pareja fue hallada en la cama del dormitorio principal, abrazados, acurrucados. El comisario Martínez, encargado de la investigación, todavía recuerda la sonrisa en la cara de ambos. Fue una muerte dulce, feliz. No sufrieron, aseguró.

DE CINE…..PERDIDA

Perdida…….la tarde. Dos horas y media para contar lo que debe caber en un tweet. Estos guionistas no se enteran o cobran por minutos: tonto de baba con cara de estreñido es sospechoso de tener algo que ver en la desaparición de su esposa, más mala que la quina.

 

Por favor, señor director, repase la definición de thriller.

En definitiva, peli de siesta de Antena 3 TV para competir con Grease, otra vez, en Telecinco. Perderá.PERDIDA

DE CINE…..LA ISLA MÍNIMA

He dejado pasar una semana para ver el poso que dejó LA ISLA MÍNIMA en mi memoria. Salí confundido. Me gustó (venga, total son siete euros) pero algo no encaja. Me pasa lo mismo con el entrenador del Sevilla, Unai Emery, es bueno, saca partido a lo que tiene, trabajador incansable pero no brilla y a veces se le funden los plomos.

Año 1980 y un par de policías que son enviados por castigo, a resolver la desaparición de dos adolescentes en un poblacho de las marismas del Guadalquivir. Por entonces Villafranco, hoy Isla Mayor. Lo mejor, la dirección y la fotografía. Alberto Rodríguez ya ha demostrado que tiene talento y ahora con esto de los drones le saca mucho partido al paisaje marismeño, esos caminos de albero (qué buenas rutas ciclistas hacemos por ahí, verdad amigos?) y arrozales donde se funde el Guadaira con el Guadalquivir.

Un problema. El guión. Le falta un repaso. Queda espeso, sin trabajar. La ambigüedad no es calculada sino fruto de cierta mezcla desordenada.

Otro problema. La interpretación. Raúl Arévalo da bien cuando va de chufla. Tiene gracia el tío y Javier Rodríguez es un buen profesional. Para una juerga ambos. Sin embargo, cuando les cae un papel serio, ponen caras de estreñidos (típico en los actores españoles) y ya no sabes si el uno está preocupado por su familia, por el destino o por la desconfianza en el compañero o el otro tiene esa cara porque le duele la vejiga o no ha superado su pasado en la brigada político social de Franco. Para colmo también aparece El Niño, Jesús Castro, que tiene una cara (muy guapo sí, muy guapo) pero que sólo tiene una y le da igual si está roneando con la muchachita que chuleando a la policía.

La peli está bien cuadrada, la cuestión técnica es notable, la ambientación buena pero yo estaba pensando en mi bicicleta y los caminos de La Puebla y no consiguió atraparme el drama de las niñas. En definitiva, aprobado por la Mínima.la isla mínima

 

 

MEMORIA MUSICAL

Aceptando el reto de mi Migue, Miguel A. Fernández (aquí no hay Ice bucket challenge, gracias a dios), rebusco en la memoria sentimental para ver qué notas musicales ha guardado y me sorprendo con el resultado. No encuentro nada más allá de mi temprana adolescencia. Pocas impresiones posteriores (y siempre más ligadas a revolcones sentimentales que a la partitura y el pentagrama). Ahí va.

 

  1. Jimi Hendrix 1968 Electric Ladyland. Mis vecinos dejaron de verme como un chico normal.
  2. Lou Reed. 1972. El concepto wild side me impregnó para siempre. Mis primeras drogas. Vicious y Perfect Day.
  3. The man who sold the world. David Bowie. El Glam, señores, el Glam. Brilla o muere.
  4. Thick as a brick. Jethro Tull. 1972. Me flipé con la flauta travesera de Ian Anderson. Mi madre, que por aquel entonces todavía pensaba que podía hacer carrera conmigo, me compró una flauta (Fa Alto). Años más tarde una guitarra, una armónica peruana y un acordeón. Juro que es verdad. Mi madre y sus regalos (prometo relato).
  5. Made in Japan. Deep Purple. Perdía la conciencia con el Lazy. Me los presentó mi primo Gael llegado de Marruecos, el mismo que con ocho años me había llevado a ver El Graduado.
  6. Janis Joplin. Recopilatorio. 1973. Me and Bobby McGee, quizás la canción que más he cantado, a grito pelado, en el coche con los cristales subidos.
  7. Rory Gallagher. 1973. Mi primer gran amigo cómplice, Antonio y su alter ego, Rory, bipolar maravilloso enamorado de la Tattoed Lady. Cuántas veces he estado a million miles away de todo.
  8. A por ellos que son pocos y cobardes. Loquillo y Trogloditas. 1989. Doble Directo. Se acabó la era de la inocencia. Aprendí a ser infiel. El rompeolas y La mataré. El yin y el yan.
  9. Eric Clapton. 1992. Vas conociendo el dolor y te haces persona.
  10. Green Day. 1994. Me define. Un niñato. Por siempre.