VIERNES DE FERIA
Mis padres eran feriantes, bueno, mis padres, mis abuelos, los padres de mis abuelos y así siete generaciones que tengo datadas hasta que me pierdo en los antecesores de Alfredo y Ascensión, los pioneros nómadas que recorrían la Andalucía y Extremadura de 1800 para participar en las primeras ferias de ganado y pastoreo. De ahí a los mercados, al trueque, al cambalache, del mira qué dientes tiene mi caballo, al por aquí te la enseño, por aquí te la quito, del trile. De las ventas de verduras y legumbres al contrabando nocturno de tabaco y café por la frontera portuguesa. De los tratos de hombres, en los tiempos que estrechar una mano no necesitaba escrituras, a las primeras atracciones de feria. Y además, todo aquello que la feria conlleva, de aguadores a porteros de caseta, de camareros a vender claveles y regalar romero. Así nos hemos criado, con los pies llenos de albero. Y así de generación en generación y así me lo contaba mi bisabuela, mi primera canguro sin ella saberlo, en tanto mis padres pregonaban turrones y sorteaban bagatelas unas veces y otras ayudaban a izar las carpas del circo echando una mano esforzada a sus compañeros de ruta. Éramos una familia. Algo más, una tribu: todos a una. Así, me contaron que una vez un tío abuelo no dudó en disfrazar a su segunda esposa para que sustituyera a la partenaire del lanzador de cuchillos con tal mala suerte que no hubo lugar para una segunda actuación y que él mismo hacía las veces de acople del trapecista cuando éste no podía actuar por sufrir alguna lesión o por estar en los calabozos por estupro que, al parecer, era más frecuente de lo que se podía imaginar.
Del circo, a las atracciones, a las comparsas de feria, la vida de mi familia siempre estuvo al albur del tiempo y sus inclemencias y rodeada de fiestas, patronas y santos en homenaje. Ni que decir tiene que ninguno de ellos tuvo más formación reglada que la que da la calle y el carromato pero tampoco se echó en falta porque la vida enseña más que la escuela, que era siempre el lema de mi abuelo paterno, o como él decía, “ pa’ universidad, la calle”.
Y así de pueblo en pueblo, día tras día. En las fiestas hay de todo, desde el día feriado, a la noche de celebración. Del fin de semana de jolgorio a la semana de feria propia de las grandes ciudades. Recuerdo, de pequeño, que esto era lo que más me gustaba, porque el menos podía estar en el mismo lugar durante algunos días sin tener que recoger los bártulos al amanecer.
Era en estas ferias, las semanales, cuando el grupo se reunía en la noche del jueves, justo pasado el ecuador, para analizar cómo se estaba dando el negocio y valorar si debían variar alguna circunstancia o, en otros casos, para salir corriendo antes de que el guindilla del ayuntamiento de turno pasara a cobrar la tasa o el impuesto. Y era en estas noches de jueves en las que “cada uno cuenta la feria como le va..” cuando la troupe celebraba el previsible éxito económico si la cosa iba bien. Tras contar los cuartos y comprobar que había bastante para los gastos, se discutía sobre el tiempo. Si el sol iba a acompañar el resto de la semana, era para tirar cohetes y entonces la fiesta no tenía igual. Allí se bebía, cantaba y bailaba a discreción y se daban gracias a dios y a la virgen y a todos los santos. Normalmente la juerga seguía hasta la madrugada y al amanecer, ya todos borrachos, volvían a las roulottes donde hacían el amor frenéticamente hasta caer extenuados. Esto era así y así debía seguir siendo por algún sentimiento de superstición o como contaba la abuela que decía el tío Adolfo “quien en la feria no folla, algo le pasa en la olla”.
Si por el contrario, las cuentas no salían y las nubes amenazaban negras, el grupo se despedía hasta el día siguiente sin ganas de celebración pero ya en la intimidad de las alcobas rodantes, la costumbre obligaba a follar hasta caer rendidos que era lo único que le quedaba al pobre. Y así pasaban los jueves y así amanecía el viernes.
Y así se lo he contado esta mañana a mi chica cuando me despertó la luz del alba. Ella me ha hecho creer que se lo ha creído y hemos seguido la tradición. Al fin y al cabo, es viernes de feria.

