LOS OKUPAS DEL VEGA SICILIA

-Marisa, ¿los calcetines de cashmere? – pregunta Joaquín, revisando si tienen algún agujero por el dedo gordo.
– Pon 10 euros, que están como nuevos y tienen un gran valor sentimental, que te los trajo la niña del crucero por el Báltico – dice ella, presta a controlar el incipiente ingreso.
-9 voy pedir, que es un precio más atractivo. Verás como me lo quitan de las manos – decide él con sus conocimientos de marketing y el mercado.

Dicho y hecho. Y allí estaban los calcetines, subidos al Wallapop, junto a un par de chándals, las zapatillas de felpa, una docena de pañuelos de bolsillo, tres bufandas y los chalecos de rombos con las coderas roídas. Marisa había aportado a la aplicación de compraventa varias blusas con hombreras, unos guantes largos, la estola imitación de visón y unos vaqueros que le regaló su hijo y a los que ella nunca se acostumbró (esa tela recia me araña las ingles solía decir). Y con esto acabaron con la sección textil de la pareja en liquidación. Con anterioridad se habían deshecho del menaje, decoración, mobiliario, herramientas y objetos y enseres personales acumulados en toda una vida. Uno a uno, pieza a pieza, la pareja de ancianos quedó en la vivienda desierta como un par de náufragos en un solar desvalijado, como unos okupas recién llegados, sentados en medio del salón. Leer más

LOS TRAPOS SUCIOS….

Vaya por delante que soy un hombre casado y mi felicidad es infinita. Conste también que mi recién estrenada esposa ha tomado mando en plaza.

Antes de consumar, sin miramientos, mi amor ya había ejecutado, sin sutilezas, el firme propósito de acabar con la que había sido mi asistenta durante más de veinte años…..y cuando escribo ejecutado no estoy haciendo uso de una metáfora.

(Unos años antes)
No es este el momento ni el lugar de repetir cómo y cuándo nos conocimos, ni de dejar constancia de cuán enamorado estoy ni de lo enrevesada que fue nuestra historia de amor. Valgan estas letrillas sólo para relatar mi sorpresa y admiración por la determinación y animadversión que mi adorada esposa profesaba por, digamos X, la asistenta precitada.

Nuestro noviazgo público y privado ha estado lleno de lisonjas y parabienes, dulzuras y memeces bobaliconas, arrumacos y pellizcos, carantoñas y abracitos, todo un repertorio del más blandito Winnie the Poo y mi pequeño pony. Es por ello que no imaginé, es más ni se me pasó por la cabeza en momento alguno que los comentarios tipo, te está engañando, esta tía no limpia, o es una guarra impenitente, señalando los cristales del balcón, el polvo acumulado en las estanterías del vestido o la grasa de la campana extractora, estaban siendo dirigidos a minar mi sentida aceptación del mal hacer de aquella mujer que, para bien o para mal, llevaba desde hacía más de dos décadas cumpliendo con la ingrata tarea de mantener en perfecto orden de revista el apartamento donde habito.

En su descargo he de decir que nunca le pedí más que todo estuviera recogido. Jamás le comenté mi umbral de aceptación ni corregí su interpretación de lo que ha de entenderse por limpio. A las claras quedó que mi definición de limpio y ordenado estaba muy lejos de la que mi nueva esposa tiene.

En nuestra relación había quedado claro que no habría terceras personas desde el principio. La única excepción, por mi parte era la malograda asistenta, quien me había acompañado fiel en los dos matrimonios anteriores.
Ahora, mi recién estrenada y adorada esposa no esperó ni tan siquiera a despedirnos de los invitados a la salida del Registro Civil.
Que te devuelva las llaves, me dijo en tono cariñoso al oído. No acerté a entender a qué se refería cuando añadió con su tono más dulce
-Esa no vuelve a entrar en tu casa.
-Pero, cari…quise disculpar
-A la puta calle. Bastante tiempo te ha engañado ya, no me dejó terminar.
No me atreví a discutir. Lo había dejado muy claro. La idea de contravenir la nítida orden recibida me nubló la noche de boda que nos esperaba y amenazaba con amargarme el viaje de novios que con tanta ilusión habíamos preparado.
De camino al convite, saqué el móvil del bolsillo de la chaqueta y escribí un lacónico whatsapp, Buen día, mira que no vengas el lunes que no hace falta. Ya te avisaré a mi vuelta. Por favor déjame las llaves en el buzón.

Antes de pulsar enviar le enseñé el texto a mi cielito. Leyó con interés, me dio un cariñoso beso en la mejilla, me dijo, tequieroamormio, y sonrió como sólo las serpientes saben hacerlo. Misión cumplida, debió pensar.

TODO UN PROFESIONAL

Tenía que hacerlo y no le di más vueltas. La verdad es que con pocas ganas pero a las 8 estaba en la estación, qué me gusta comprar libros en las estaciones (esta vez, Candela, de Juan del Val, al que había leído antes con sus otras dos manos en Nuria Roca, y que me ha hecho sonreír en mi asiento: un primer guiño lo adiviné, el segundo me cogió por sorpresa) y en un pis-pas Córdoba, paseo hasta el Ayuntamiento en la ciudad que se despierta (me paré frente al IES Luis de Góngora y volví al verano del 83 cuando un tribunal me excluyó, con razón, por no haber entregado mis fotocopias compulsadas. Mi sentido de la justicia divina me hizo comprender la decisión ya que no había estudiado nada de nada y hubiera sido injusto aprobar… (mi amigo Ramón se cagó repetidamente en los muertos del Presidente del tribunal porque mi amigo Ramón, al parecer, no tenía el mismo concepto de la justicia divina que yo).

A lo que iba, y es que andaba obligado a preguntar en el Ayuntamiento Cordobés, que a ver cuándo coño, que ya está bien lo que bien está, van ustedes a devolver lo que le deben a mi cliente, que llevamos esperando casi un año y eso que para cobrar no se andan ustedes con remilgos….
Y es que, y esta feo que yo lo diga, aún conservo ese encanto especial para la funcionarias puretonas que me ven llegar y si al principio, es normal, les molesta que las saque de su ensimismamiento, cuando les hago una caída de pestañas y les pregunto con tono modosito, por favor, disculpe que la moleste pero quizás usted pueda ayudarme, mire, es la primera vez que vengo a esta departamento y es sólo por saber si…, si le fuera posible informarme o tener a bien indicarme quién pudiera hacerlo….. Fórmula infalible: esa señora, siente algo que creía olvidado, algo que no tiene nada que ver con los sofocos y el abanico, y se imagina a este pimpollo sumiso susurrándole al oído palabras dulces y una mirada entrecortada y lasciva y no duda en encender el ordenador y buscar el expediente desaparecido. Alguna incluso se levanta de su mesa y con la excusa de buscar en el archivo se contonea indisimuladamente entre las miradas de envidia cochina de sus compañeras (ni que decir tiene que doy repetidas gracias acompañadas de sonrisas dulces y le deseo los mejores parabienes, no sin antes destacar la suerte de haber encontrado a alguien tan eficiente y amable, todo un despliegue de encanto y devoción que acaba justo cuando me despido y le quedo eternamente agradecido. Yo me vuelvo a casa a facturar y ella, con toda seguridad, al lavabo.
No se ha dado mal la mañana. Paseo de vuelta, error al seleccionar la cafetería para el desayuno (qué poca clase la de esta dependienta con aire de tronista! cuatro veces me preguntó qué le va a poner a la tostada y me la sirve con una mano vendada hasta al codo en el que se adivina la cola de un dragón tatuado). Morirá mileurista la niñata. Sin remedio.
Son las 12 y empieza otro fin de semana.

20 de abril. Otra vez.

Otra vez 20 de abril. Mi día de la marmota. Siempre colgado del 20 de abril del 90 y nada tienen que ver los Celtas Cortos. Allí quedó una minifalda y un café. A partir de entonces mil historias con o sin nombres o nombres equivocados. Historias de luz o de invisible incógnito. Creo que no he logrado engañarme desde entonces.
El próximo 20 dejo mi casa y dejo la periferia de los últimos 20 años. Regreso libre, reinsertado. Otra vez 20. El 20 me tiene rodeado, ya es casi un tercio de mi vida y el 20 era el autobús que me llevaba y traía de niño al colegio. Y sin embargo, no me gustan los pares, ni el colegio.
Mi nueva casa está en el número 2. El 0 lo pondré yo, empezando. Otra vez, de nuevo, ilusionado y con la certeza de que empiezan los últimos 20. Ahora vivo en el 38 y me paso al 2. Eso hace 40 y si lo divido me quedo en 20 otra vez.
En esta mudanza encuentro aún cajas sin abrir de la última. Y fotos, muchas que dejaré detrás para mirar adelante. Los libros han ido a la chimenea y los que han escapado al fuego eterno reposarán en las mantas de algún senegalés que se busca la vida huyendo de la local. Practico la cultura del desapego y creo que me he pasado. Me cuesta encontrar apego y afección. Me llevo una butaca, algún cuadro y los vasos de plástico de Ikea en los que suelo tomar el café. También un reloj que siempre marca las 10:10. Otra vez 20.
La ropa la hereda el marido de Amparito, la asistenta. El resto se lo reparte mi pobre, Juan, que viene pidiéndome un euro para sus vicios hace años y otros que han acudido al reparto de esos pedazos parte de mi vida. No he tenido que organizar un garden sale ni subirlo a Wallapop. La tortuga se la rifan potenciales padres adoptivos y el ficus tendrá sol y mimos por igual. Al salir no miraré detrás para no convertirme en estatua de sal. Echaré de menos el silencio de sarcófago y los pájaros al amanecer. También la chimenea de tardes y noches tórridas.
En este viaje al centro espero estar más cerca de mi mismo. Como ahora me sobra el coche, ganaré minutos en desplazamientos y tendré que buscar en qué invertirlos. Ya di de baja los suministros y salgo sólo con la clave del netflix. Perdí el fijo que me acompañaba como una reliquia 954. También detrás quedan las horas de series compartidas, las obras realizadas y el recuerdo del limonero que tenía en el patio.
Ahora estoy como al principio de los tiempos, 20 de abril del 90. Un café y una minifalda. Cerrando el círculo. Jugando con los números diré que 2017 combina el 20 y el 17, mi siempre preferido. Me sobra ilusión para llegar a las bodas de plata. Esta mudanza pinta bien y llega con una sensación intensa de ser definitiva.