LOS OKUPAS DEL VEGA SICILIA

-Marisa, ¿los calcetines de cashmere? – pregunta Joaquín, revisando si tienen algún agujero por el dedo gordo.
– Pon 10 euros, que están como nuevos y tienen un gran valor sentimental, que te los trajo la niña del crucero por el Báltico – dice ella, presta a controlar el incipiente ingreso.
-9 voy pedir, que es un precio más atractivo. Verás como me lo quitan de las manos – decide él con sus conocimientos de marketing y el mercado.

Dicho y hecho. Y allí estaban los calcetines, subidos al Wallapop, junto a un par de chándals, las zapatillas de felpa, una docena de pañuelos de bolsillo, tres bufandas y los chalecos de rombos con las coderas roídas. Marisa había aportado a la aplicación de compraventa varias blusas con hombreras, unos guantes largos, la estola imitación de visón y unos vaqueros que le regaló su hijo y a los que ella nunca se acostumbró (esa tela recia me araña las ingles solía decir). Y con esto acabaron con la sección textil de la pareja en liquidación. Con anterioridad se habían deshecho del menaje, decoración, mobiliario, herramientas y objetos y enseres personales acumulados en toda una vida. Uno a uno, pieza a pieza, la pareja de ancianos quedó en la vivienda desierta como un par de náufragos en un solar desvalijado, como unos okupas recién llegados, sentados en medio del salón.

Desde que se decretó el Estado de Alarma, Marisa y Joaquín vivían atrincherados en la casa, un coqueto chalet de un barrio tranquilo sevillano que vivió mejores tiempos, con las ventanas cerradas y contraventanas abatidas. Ningún contacto con el exterior. Nada de televisión que aún no está claro si el bicho se transmite por las ondas. Incluso el teléfono, impropio para un posible contagio, lo habían restringido a una llamada diaria a los hijos. Únicamente, de lunes a sábado, sobre el mediodía pasaba el panadero que dejaba la bolsa con la baguette integral colgada de la puerta del jardín. Era entonces, sólo una vez al día cuando Joaquín se apresuraba a salir a hurtadillas (con mascarillas, guantes, y pertrechado con la ropa de pesca y botas altas) para, con unas pinzas de horno, extraer cuidadosamente la pieza de pan, sin tocar el plástico presumiblemente contaminado, y entrarlo en la vivienda. El ritual de desinfección posterior era exhaustivo. Toda la indumentaria iba directamente a la lavadora, programa de 90 grados, y secado con la vaporetta. Y así, el equipo de protección quedaba preparado para al día siguiente volver a recoger el pan.

Lo del Wallapop comenzó casi como una broma, una ocurrencia, un experimento, y se había convertido en una obsesión, una locura con el confinamiento. Una especie de síndrome de Diógenes revertido como le explicó el doctor Casas a Gonzalo, el hijo de la pareja.
-Es como si quisieran olvidarse de su propia historia, andan quemando las últimas naves, desprendiéndose de todo lo que han conservando durante años antes de que el coronavirus se los lleve por delante, con la clara intención de evitar los recuerdos. Una especie alzheimer provocado.

Fue al tercer día del obligado encierro. Joaquín jugueteaba con el móvil cuando le dijo a Marisa, con una sonrisa pícara, como la de aquella vez hace muchos años ya que le propuso atarla y ponerle esposas ¿qué te parece, probamos? Él le explicó que podrían ganar un dinero fácil (desde que se jubiló la merma de ingresos le había disparado su condición de burgués venido a menos y su carácter mostraba cada día un espíritu aún más miserable y ruin) y ella le siguió el juego (al fin y al cabo él siempre se había ocupado de la economía familiar) y unos minutos después la máquina de coser ya estaba en el Wallapop. Esa misma tarde traspasó la puerta del jardín (las instrucciones eran estrictas: recoger el material depositado a la entrada de jardín sin aproximarse a la vivienda y dejar el dinero de la transacción bajo la maceta del ficus) una boliviana chaparreta que les había regateado hasta llevarse la Singer por noventa euros.

El éxito de la primera transacción les apresuró a seguir con las ventas. Y así fue como en cuestión de dos meses, Marisa y Joaquín fueron deshilachando poco a poco los trazos de mil historias vividas juntos en soledad, deshaciéndose de los recuerdos que pendían en los objetos. Cuando vendieron la última botella vacía de Vega Sicilia ya no recordaban el día que la descorcharon ni qué celebraron con ella y sólo entonces, sin memoria, pudieron morir tranquilos porque habían olvidado lo infelices que habían sido.

La casa se puso en venta. Los nuevos propietarios aún no han encontrado el tesoro que guarda el ficus.

(Para Antonio y Sara. Seguimos…)

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