LA JENNY (PANDEMIA, FÚTBOL Y NUEVA NORMALIDAD)

Con ganas de una cerveza (Leffe tostada) y el tráfico de influencias de mi amigo Manuel (que me consiguió una reserva en su Cervecería Europa un jueves de Corpus que volvía la Liga tras el Covid y con Derbi Sevilla-Betis, ahí es ná!) me las prometía felices aunque para mi el fútbol es algo íntimo, otro placer solitario como el que estás pensando y el fumar un habano.

Pues allí me fui, mesas separadas, distancia social y el público que iba entrando al local mostrando su acreditación con el orgullo de estar entre los elegidos para cubrir el mínimo aforo disponible en esta fase 3. Y en esto llegó el desfase; cercanos, en una mesa de cinco se aglutinaban tres de ellas y dos de ellos. Un varón casi narcotizado por los gintonics previos sólo farfullaba y eructaba para si. El otro congénere gritaba y bailaba sones e himnos birisevillistas e increpaba a cualquiera que pasaba por la puerta. Pero el verdadero «cuadro» estaba en ellas. Las tres tuneadas con indumentaria sevillona de distinto año, la kanija, de las que las mata callando, proponía cánticos, la rubia, hortera de carné, pibona de mercadillo y buscona de baja escuela, no paraba de gritar a la vez que tocaba unas palmas estridentes y gesticulaba con los brazos su sevillismo aún más marcado que el lápiz negro que pretendía resaltar sus ojos de perdiz. Y luego estaba la Jenny. Indescriptible, un engendro. No me quiero ensañar.
Me decía Manuel, y me mostraba orgulloso los vídeos, que cinco televisiones pasaron por su local para mostrar el ambiente de ese fútbol sin público que regresaba, TVE1 y Ana Rosa incluidas. Todas enfocaban a la Jenny. La televisión francesa entendió el espectáculo. No sé cómo lo presentarían a su audiencia pero no me extraña que los vecinos rompan relaciones diplomáticas con España o que cientos de miles de gabachos se apresuren a viajar al sur en cuanto las fronteras lo permitan en busca de la Jenny. Es para conocerla, sin duda.

Y esto viene a cuento del comentario que deslicé en mi facebook, deseando contra mi corazón y mi historia que perdiera el Sevilla frente al eterno rival por tal de joder la tarde a esa criatura infernal y sus compinches que atentaban contra el sevillismo, contra la educación y buenas costumbres, contra el saber estar, contra la misma vida que permite que se reproduzcan semejantes seres, contra el buen gusto y las buenas maneras.

Y en esto pensé en la pandemia y el Covid19 y en todos aquellos que predijeron que saldríamos diferentes. Evidentemente, se han equivocado como se equivocan los que pronostican los resultados electorales. Viendo el ambiente ayer, salimos igual pero con mascarillas (algunos). Es más, me atrevo a decir que la experiencia pandémica ha llevado a muchos a pensar que esto son cuatro días, que cuando menos te lo esperas viene un virus y te vas al carajo y que no merece la pena ni plantearse cambiar. Vamos a seguir poniéndonos de gintonics hasta las cejas, a burrear al personal ya sea con cánticos futboleros o con consignas políticas, a empujar al que está al lado y si además nos dan una paguita que «nos haga dignos» ya nos quitamos la preocupación de tener que buscarnos la vida. Pensar que hemos adquirido valores por lo que hemos pasado es una quimera. Nunca los tuvimos y seríamos ingenuos al pensar que nos han llegado como efectos secundarios del coronavirus. La nueva normalidad no tiene el poder de convertir en normales a quienes no lo son.

Al final ganó el Sevilla. Ni me quiero imaginar cómo terminó la noche la J y su banda. Yo me despedí antes de empezar el partido. Nunca he dormido una victoria de mi equipo con tan mal sabor de boca. Asco, era asco.

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