MUJERES DE MI VIDA (4) En construcción….

Las tres Pes.

Pr era rubia, muy rubia, de pelo largo, muy largo. Cejas finas y enarcadas. Inaccesible. Caminaba erguida, sin girar el cuello y nunca te dirigía la mirada. Se comunicaba a través de una especie de ayudante de cámara que la acompañaba a todas horas y era su conexión con el mundo real. Su altivez de diva no le permitía otro método. Yo soñaba con ser su caballero medieval y ofrecer mis respetos a la dama.

A fuerza de insistir a la asistenta le saqué dos citas. En la primera comprendí porqué ese alejamiento: le costaba hablar y cuando lo hacía manchaba esa imagen de diosa infinita con un marcado acento de la sierra onubense del que se avergonzaba. Era entonces cuando la más refinada de las poesías sonaba a trova cazurra. Ella me enseñó que los ideales, en este caso las ideales, también tienen su talón de Aquiles. Ya no volví a soñar con ella. El sueño siempre se interrumpía con esa especie de ronquido grave del tono de su voz y la bella Pr pasó a ser un bellezón cateto exento de divinidad. Aprendido esto aproveché la segunda cita para desarmarla, una vez en la tierra, ya rendida, campeé por donde otrora los dioses tenían su morada y disfruté como sólo disfruta el pueblo llano.

Pb era delgada, muy delgada, de cara fina y angulosa simulaba un pez. La imaginaba como esa línea que avanza de frente en los acuarios y que al girar se convierte en una fina especie tropical. Me enamoré de esas piernas de palillo, algo arqueadas. Aprendí que los tacones son los tacones y que dios los ha puesto donde se deben poner y por algo será, que dios no se equivoca. Me enseñó a fumar, a robar libros y a copiar como ella sólo sabía hacerlo. Con ella olvidé qué autobús llevaba a la universidad. Era anárquica y estaba buena a rabiar. Con ella nunca tuve que pensar ni decidir. Simplemente se hacía lo que le venía en gana y yo debí caerle en gracia.

Un día desapareció sin decir nada y cuando, pasado mucho tiempo, me la encontré me dijo que había seguido los consejos de su abuela. Tú para qué quieres estudiar tanto con lo guapa que eres. Volvimos al bar de la absenta y pasamos después por su apartamento. Lo último que recuerdo es que me dijo, ven aquí, pasmao, tenía ganas de verte, idiota.

Pg lo tenía todo: la belleza de Pr, el desparpajo de Pb, las curvas que le faltaban a las dos y la comunicación verbal y no verbal de ambas. Ya por entonces y con el aprendizaje de las anteriores yo creía que me comería el mundo. Pero qué equivocado que estaba. Me acerqué a ella con cierta chulería y me recibió torera, templando, con las manos bajas. Me aguantó el envite y me dio una tanda de capotazos que me calmaron el ímpetu. Se dejó querer y al arrimarme me dijo dónde vas, qué te crees, que esta plaza es de primera y tú no le has empatado a nadie para llevarte de aquí los trofeos.

Me enseñó que las mujeres son algo más que unos ojos lindos, una sonrisa y la simpatía de la conversación. Esas tetas tan bien puestas y la marca de ese culo bien dibujado eran las características de la divisa de esta hembra de trapío. Se acabó el cine de autor y los interminables cinefórum. Se terminó la dialéctica y la lucha de clases. Game over a las expectativas políticas e ideales de la transición. Bye a la metafísica y la existencia de dios. Con ella perdí los papeles y algún que otro par de pantalones (creo que era fetichista o coleccionista). Pg me puso al día en las cuestiones más terrenales y se llevó para siempre mi necesidad de trascendencia. Que Satanás se lo pague con un infierno acogedor.

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