LOS OKUPAS DEL VEGA SICILIA

-Marisa, ¿los calcetines de cashmere? – pregunta Joaquín, revisando si tienen algún agujero por el dedo gordo.
– Pon 10 euros, que están como nuevos y tienen un gran valor sentimental, que te los trajo la niña del crucero por el Báltico – dice ella, presta a controlar el incipiente ingreso.
-9 voy pedir, que es un precio más atractivo. Verás como me lo quitan de las manos – decide él con sus conocimientos de marketing y el mercado.

Dicho y hecho. Y allí estaban los calcetines, subidos al Wallapop, junto a un par de chándals, las zapatillas de felpa, una docena de pañuelos de bolsillo, tres bufandas y los chalecos de rombos con las coderas roídas. Marisa había aportado a la aplicación de compraventa varias blusas con hombreras, unos guantes largos, la estola imitación de visón y unos vaqueros que le regaló su hijo y a los que ella nunca se acostumbró (esa tela recia me araña las ingles solía decir). Y con esto acabaron con la sección textil de la pareja en liquidación. Con anterioridad se habían deshecho del menaje, decoración, mobiliario, herramientas y objetos y enseres personales acumulados en toda una vida. Uno a uno, pieza a pieza, la pareja de ancianos quedó en la vivienda desierta como un par de náufragos en un solar desvalijado, como unos okupas recién llegados, sentados en medio del salón. Leer más

LA JENNY (PANDEMIA, FÚTBOL Y NUEVA NORMALIDAD)

Con ganas de una cerveza (Leffe tostada) y el tráfico de influencias de mi amigo Manuel (que me consiguió una reserva en su Cervecería Europa un jueves de Corpus que volvía la Liga tras el Covid y con Derbi Sevilla-Betis, ahí es ná!) me las prometía felices aunque para mi el fútbol es algo íntimo, otro placer solitario como el que estás pensando y el fumar un habano.

Pues allí me fui, mesas separadas, distancia social y el público que iba entrando al local mostrando su acreditación con el orgullo de estar entre los elegidos para cubrir el mínimo aforo disponible en esta fase 3. Y en esto llegó el desfase; cercanos, en una mesa de cinco se aglutinaban tres de ellas y dos de ellos. Un varón casi narcotizado por los gintonics previos sólo farfullaba y eructaba para si. El otro congénere gritaba y bailaba sones e himnos birisevillistas e increpaba a cualquiera que pasaba por la puerta. Pero el verdadero «cuadro» estaba en ellas. Las tres tuneadas con indumentaria sevillona de distinto año, la kanija, de las que las mata callando, proponía cánticos, la rubia, hortera de carné, pibona de mercadillo y buscona de baja escuela, no paraba de gritar a la vez que tocaba unas palmas estridentes y gesticulaba con los brazos su sevillismo aún más marcado que el lápiz negro que pretendía resaltar sus ojos de perdiz. Y luego estaba la Jenny. Indescriptible, un engendro. No me quiero ensañar.
Me decía Manuel, y me mostraba orgulloso los vídeos, que cinco televisiones pasaron por su local para mostrar el ambiente de ese fútbol sin público que regresaba, TVE1 y Ana Rosa incluidas. Todas enfocaban a la Jenny. La televisión francesa entendió el espectáculo. No sé cómo lo presentarían a su audiencia pero no me extraña que los vecinos rompan relaciones diplomáticas con España o que cientos de miles de gabachos se apresuren a viajar al sur en cuanto las fronteras lo permitan en busca de la Jenny. Es para conocerla, sin duda. Leer más