Nunca he sido padrino, ni de bodas, ni de bautizo ni de comuniones. Tampoco he ido a una despedida de solteros. ¿El motivo? No lo sé. No me lo han propuesto. Nunca me han invitado. Bueno, esto último cambió cuando el amigo de un amigo, conocedor de esta carencia mía, accedió a invitarme a la suya. Quería algo especial, era su tercer matrimonio y reunió a un grupo de allegados con el fin de festejar su nueva, y al parecer, definitiva atadura.
La tarde de un jueves se reunió el comité organizador (teníamos por delante un reto difícil) y se me nombró encargado de localizar y comprar todo el merchandising para la ocasión. Desconocedor del tema, pregunté a google el sitio más adecuado para las compras: Picardía (voy a tener suerte, me dijo el buscador)
Con cierto sonrojo y no falto de algo de vergüenza entré al establecimiento y allí estaba ella. Pelo corto a lo garzón, estilizada, un lunar sugerente en el labio superior y un tatuaje de una serpiente que le recorría un tríceps musculado y que se le escondía bajo la axila. En pocas palabras le expliqué qué buscaba, sin tenerlo del todo claro y ella, muy dispuesta, me pidió que la acompañara por las estanterías para aconsejarme. Su roce y su olor despertaron ciertas células que creía ha tiempo dormidas, quizás el ambiente hizo el resto, y allí entre grandes falos de látex, prótesis mamarias y artilugios varios me acerqué a ella con ganas de guerra apretando mi pantalón. Debió intuirlo y antes de que intentara un primer conato de ataque me miró fijamente, con esa mirada suya imposible de olvidar, y me disparó ¿un polvo?, que me dejó frío. Tengo que decir que su propuesta fue acompañada por un enérgico y convincente agarrón de mi entrepierna. Así, con su mano prieta y su aliento en mi cara, no pude, ni quise decir no. Sin tiempo a darme cuenta ya había colocado el cartel de vuelvo en quince minutos en la entrada, desabrochado mi bragueta y metido su lengua hasta mi esófago. No me voy a extender y lo diré sin rodeos: me folló como nunca antes me habían follado.
Salí aturdido pero contento. Ni que decir tiene que la despedida de solteros se me había olvidado. En una discreta bolsa morada me incluyó lo que ella llamaba juguetitos, su número de móvil apuntado en una tarjeta, y un llámame el martes, digamos que es mi día de descanso, como una orden que no me atrevería a desobedecer. Y así comenzó todo. Durante meses convertimos sus martes de asueto en la antesala de Sodoma y Gomorra. Quedábamos temprano, yo dejé de aparecer por la oficina con pretextos inexcusables, y en su apartamento nos dedicábamos a saciar nuestros deseos más íntimos. Tengo que decir que lo que empezó como días de gloria pronto se convirtió en un martirio. No tardó en descubrir mis incapacidades y reírse de mi poca maestría. Poco tardó en asumir el role de Ama Dominatrix y a subyugarme. Mi desconocimiento del material usado le provocaba la risa y me llamaba antiguo y abuelo de manera descarnada. Cada día me sorprendía con un nuevo juego. Le gustaba aparecer con un envoltorio sugerente para esconder la sorpresa y ver mi cara de estupor al encontrarme con el nuevo invento. Confieso que en muchas ocasiones dudaba de qué o cómo debía usarlo. Si era para mí o para ella y lo que es más duro aún, incluso por dónde. Mi limitada experiencia no iba más allá de las esposas para el cabecero de la cama o los preservativos de sabores. Sin embargo, ella me puso al día en la ropa interior comestible (sin gluten), el plumerito para las cosquillas, las vaselinas hipoalergénicas, los estimuladores prostáticos y todo un arsenal de gadgets que guarda bajo la cama en una caja y que en un cálculo muy por encima debe sobrepasar los cinco mil euros. En nuestros encuentros la dichosa cajita se ha convertido en indispensable y he llegado a temer la llegada del cartero a mi oficina, dirección que ella, desahogada, ha facilitado para que me lleguen las compras a las que tanta afición tiene. Yo me temo que la secretaria ha empezado a sospechar de tanto envío de remitente desconocido y cajas discretas sin rótulos exteriores.
Pero si lo de los artilugios puede tener un pase, ya lo de los disfraces está llegando a un límite insoportable. No contenta con la enfermerita cachonda y el doctor salido, pasó a los cuerpos de seguridad del estado y ahí me ves de poli, de guardia civil y hasta de segurata de parque comercial. Después vinieron los súper héroes (batman, superman y spiderman) y ahora está enganchada con el de carcelero corrupto y reclusa fogosa. Confieso que al principio me gustaba y tenía su ángel pero cuando me propuso salir a la calle disfrazado me tuve que negar. Y es que ahora le ha dado por la calle. Insiste en manifestarse públicamente en todo lugar, me monta números en el cine, museos y restaurantes. Dice que lo que más cachonda le pone es tocarme por debajo de la mesa y lo intenta siempre que el camarero acude. Hace unos días tuve que fingir que me atoraba y empecé a toser como un loco cuando, ni corta ni perezosa, se coló entre mis piernas bajo la mesa en un restaurante muy concurrido. Nos han echado de un par de salas de cine y nos han llegado a llamar la atención en varios servicios porque me persigue, entra detrás de mí y cierra con el pestillo. Reconozco que pierdo los nervios cuando comienza con su vamos a hacerlo aquí, vamos a hacerlo, vamos a hacerlo, cariño.
Ni que decir tiene que añoro mis días del misionero y ese sexo familiar y rutinario de mirar las cortinas y la pintura de la habitación y es que uno ya no está para tanta contorsión. Me parece que el dolor inguinal que me acompaña hace más de un mes tiene que ver con el maldito helicóptero y hace un par de semanas estuve a punto de desnucarme al tratar de cumplir otra de sus solicitudes.
La semana pasada dejó caer un inocente ¿no crees que nos aburrimos nosotros solos? ¿no crees, cariño, que deberíamos invitar a alguien más a unirse? Y añadió….sería divertido. Eso es lo peor. Cuando algo le parece divertido no hay marcha atrás. O freno esto o no tardará en que mi cama se pueble de desconocidos. Mi mayor pesadilla es encontrarme a un señor en calzoncillos junto a mi mesita de noche y un bigote en mi cogote.
Tengo que acabar con esta relación y no sé cómo hacerlo sin herirla. Aunque soy la envidia de mis colegas, la procesión va por dentro. He pensado fingir un traslado en la empresa. No sé, algo se me ocurrirá. Ahora sólo pienso en este próximo sábado. En nuestro aniversario y me ha amenazado con una sorpresa muy especial.