MI NOVIA LA DEL BANCO…..
Pasé la noche en el calabozo de la comisaría. De mañana temprano un policía servicial me llevó a la oficina, ofreció una taza de café y me preguntó qué coño hacía yo metido con aquellos antisistemas que habían prendido fuego a la sucursal bancaria. No olvidó prometerme que si colaboraba todo quedaría en una multa y sin antecedentes. Me acercó un kleenex y entre lágrimas firmé esta declaración…
…La descubrí una mañana de sábado que aproveché para solicitar un nuevo talonario de cheques. Allí estaba, tras la mampara de cristal blindado, protegida. Cuando me llegó el turno seguí embelesado los movimientos de sus dedos en el teclado, su manejo diestro de la caja, la firmeza al estampar el sello en el resguardo del reintegro y me sorprendió con su amable, desea alguna otra operación, señor. Titubeé y tartamudeando le pedí los últimos movimientos y la lista de transferencias periódicas de mis dos cuentas corrientes. Con presteza cumplimentó mi solicitud, aquí tiene, y tuve que urdir con rapidez una excusa para no marcharme y le pregunté por los productos de ahorro e inversión que el banco estaba ofreciendo a sus clientes en aquel momento. Con una sonrisa me indicó que lo mejor sería que me acercara el lunes, que ella no estaría en la ventanilla, y que con sumo gusto me asesoraría convenientemente.
Recuerdo que el fin de semana se me hizo eterno. Agitado y nervioso elaboré una lista de dudas para alargar la conversación que tendría lugar, repasé algunos diarios económicos para preparar las preguntas que le haría, al objeto no parecer un pardillo en temas financieros y sorprenderla con mi conocimiento del ibex, el mercado de futuros y los fondos de inversión. Sobre todo, me propuse que detectara en mí un perfil poco conservador y proclive a asumir riesgos en las inversiones de renta variable. Eso, sin duda, jugaría a mi favor y me ayudaría para el momento de proponerle una cita. A ellas les gustan los tipos aventureros y descarados, pensé.
En el momento de la verdad me vine abajo y no todo resultó como lo había planeado. Aquel fue un lunes negro para mi economía. De la sucursal salí con varios depósitos a plazo fijo, el seguro de la vivienda, del coche y el de una vespa vieja que tenía arrumbada desde el 75 con el motor gripado. Abrí cuentas infantiles a mis sobrinos y negocié las condiciones para un datafono TPV con el que facilitaría el pago de mis clientes (tuve que mentirle y le comenté que poseía varias tiendas de animales, lo primero que se me ocurrió). A cada una de mis firmas, con cada uno de los productos que me colocaba, ella acompañaba una sonrisa que me cautivaba. La veía feliz, se le notaba, y pensé que quizás no debería precipitarme y no me atreví a pedirle una cita.
Después del primero vinieron otros y cada lunes yo volvía al banco para sentarme frente a ella convencido de que ese sería el día en el que la invitaría al cine o a cenar y con la esperanza de que ella aceptaría. Y así se fraguó mi ruina. Al principio fueron los regalos en especie y allí estaba yo con el juego de sartenes, el edredón, la cubertería y un par de mantas zamoranas que sólo de verlas me da sarpullido. Siempre era un pequeño depósito y ella se encargaba, con la ayuda de mi docilidad, a moverme el dinero de un producto a otro. Un día me recomendó el seguro de deceso y otro me habló de algo muy interesante, sólo para ciertos clientes especiales, “preferentes”, o algo así, dijo. Yo me limitaba a firmar lo que me ponía por delante porque eso la hacía feliz y esperanzado de que algún día su corazón se abriría para mí. Y esperé y esperé sin atreverme a declararle mi amor.
Durante muchos meses me sentí afortunado. Al entrar al banco, ella dejaba lo que estuviera haciendo y me pedía que me sentara a su mesa. Siempre tenía algo que ofrecerme. Llegué a tener tres vehículos en renting y cuando me comentó las privilegiadas condiciones de la nueva hipoteca no dudé en solicitar dos, una para mi vivienda habitual y otra para la casa de la playa. A ella no le pareció extraño que me rehipotecara sin necesidad. Era tan profesional. Además convencí a mi madre para que solicitara otra hipoteca y avalé a mi empleada de hogar en la suya. Todo por ella. Todo por verla feliz.
Después vinieron las fusiones. Su banco fue absorbido por otro de mayor tamaño y llegaron los traslados. Casi me vuelvo loco. Ahora tenía que desplazarme hasta el pueblo dónde la destinaron y cada lunes hacía una pequeña peregrinación para encontrarme con ella. Ni que decir tiene que cambié todas mis cuentas y domiciliaciones a su nueva entidad porque estaba seguro de que valoraría mi fidelidad. Para entonces ella ya no me trataba de usted y aunque no había sido capaz ni de invitarla a un café, yo estaba seguro de que pronto llegaría el día soñado.
Pero el sueño tornó pesadilla y aquel lunes, cuando acudí a la sucursal, ella no estaba. Esperé pensando que habría salido a desayunar pero un compañero me comentó que todo había sucedido muy rápido, casi sin tiempo para avisar. Un ERE, una oferta de prejubilación anticipada, pocas horas para decidir y una buena oferta que le había puesto en la mano la cantidad necesaria para pasar unos años en alguna playa paradisíaca del Caribe. No había dejado dirección ni teléfono donde buscarla. Seguramente habría olvidado que yo vendría el lunes para verla. El compañero se ofreció a ayudarme, se lo agradecí y salí del banco con las piernas temblorosas. Cuando lancé el primer cóctel molotov contra la fachada de la central imaginé su cara risueña mientras yo firmaba con unas condiciones inmejorables y un Euribor tocando suelo. Lo demás, ya lo sabe usted, señor comisario…..
(Basado en una historia real y dedicado a todas la empleadas de banca en estos momentos duros que nos ha tocado vivir. Un beso sin intereses).

Dejar un comentario
¿Quieres unirte a la conversación?Siéntete libre de contribuir!