LOS TRAPOS SUCIOS….
Vaya por delante que soy un hombre casado y mi felicidad es infinita. Conste también que mi recién estrenada esposa ha tomado mando en plaza.
Antes de consumar, sin miramientos, mi amor ya había ejecutado, sin sutilezas, el firme propósito de acabar con la que había sido mi asistenta durante más de veinte años…..y cuando escribo ejecutado no estoy haciendo uso de una metáfora.
(Unos años antes)
No es este el momento ni el lugar de repetir cómo y cuándo nos conocimos, ni de dejar constancia de cuán enamorado estoy ni de lo enrevesada que fue nuestra historia de amor. Valgan estas letrillas sólo para relatar mi sorpresa y admiración por la determinación y animadversión que mi adorada esposa profesaba por, digamos X, la asistenta precitada.
Nuestro noviazgo público y privado ha estado lleno de lisonjas y parabienes, dulzuras y memeces bobaliconas, arrumacos y pellizcos, carantoñas y abracitos, todo un repertorio del más blandito Winnie the Poo y mi pequeño pony. Es por ello que no imaginé, es más ni se me pasó por la cabeza en momento alguno que los comentarios tipo, te está engañando, esta tía no limpia, o es una guarra impenitente, señalando los cristales del balcón, el polvo acumulado en las estanterías del vestido o la grasa de la campana extractora, estaban siendo dirigidos a minar mi sentida aceptación del mal hacer de aquella mujer que, para bien o para mal, llevaba desde hacía más de dos décadas cumpliendo con la ingrata tarea de mantener en perfecto orden de revista el apartamento donde habito.
En su descargo he de decir que nunca le pedí más que todo estuviera recogido. Jamás le comenté mi umbral de aceptación ni corregí su interpretación de lo que ha de entenderse por limpio. A las claras quedó que mi definición de limpio y ordenado estaba muy lejos de la que mi nueva esposa tiene.
En nuestra relación había quedado claro que no habría terceras personas desde el principio. La única excepción, por mi parte era la malograda asistenta, quien me había acompañado fiel en los dos matrimonios anteriores.
Ahora, mi recién estrenada y adorada esposa no esperó ni tan siquiera a despedirnos de los invitados a la salida del Registro Civil.
Que te devuelva las llaves, me dijo en tono cariñoso al oído. No acerté a entender a qué se refería cuando añadió con su tono más dulce
-Esa no vuelve a entrar en tu casa.
-Pero, cari…quise disculpar
-A la puta calle. Bastante tiempo te ha engañado ya, no me dejó terminar.
No me atreví a discutir. Lo había dejado muy claro. La idea de contravenir la nítida orden recibida me nubló la noche de boda que nos esperaba y amenazaba con amargarme el viaje de novios que con tanta ilusión habíamos preparado.
De camino al convite, saqué el móvil del bolsillo de la chaqueta y escribí un lacónico whatsapp, Buen día, mira que no vengas el lunes que no hace falta. Ya te avisaré a mi vuelta. Por favor déjame las llaves en el buzón.
Antes de pulsar enviar le enseñé el texto a mi cielito. Leyó con interés, me dio un cariñoso beso en la mejilla, me dijo, tequieroamormio, y sonrió como sólo las serpientes saben hacerlo. Misión cumplida, debió pensar.
