Crónicas del revés (7)
El viaje a Queenstown es asombroso. Nos vemos obligados a parar una y otra vez a hacer fotos. Cuando llegamos a Wanaka aparcamos junto al i-site en el lago y decimos guauuu! Joder, qué sitio. Damos un paseo y aprovechamos para llenar la despensa. A la entrada del New World (supermercado) unos jóvenes mùsicos se buscan la vida. En la funda del violín reùnen monedas y manzanas. Intento explicar a Clau, y a mi mismo, la diferencia entre busker, clochard y perroflauta.
Tenemos tiempo hoy y las hermanas me dan un respiro y se largan las dos a un mega laberinto en un parque de atracciones temàtico de los puzzles y juegos de estrategias. Aprovecho para revisar el correo y compruebo que no me echan de menos en el despacho. El sentimiento es mutuo.
La llegada a Queenstown es vía Crown Range y me imagino al grupo bicicletero intentando subir este puerto de montaña. De infarto. La ciudad es una mezcla de Pradollano, Puerto Banùs y St. Moritz pero rociada con Red Bull. De unos años a esta parte se ha convertido en la meca de los deportes de aventura extremos y aquí peregrinan en busca de la droga adrenalina los adictos màs exclusivos.
El camping donde pararemos estos días es màs que excelente y lo estreno equivocàndome de toilet y entrando en la de señoras, lo que no provoca gritos de pavor, sólo mi rubor al darme cuenta. Reparto sorrys y me vuelvo cabizbajo a la caravana. Estoy abuelo.
La tarde la pasamos paseando. El atardecer nos llega en el lago y las montañas nevadas que rodean la ciudad parecen un decorado perfecto de cartón piedra. Toda una escena. En el parque un máquina hace doce mil flexiones a pies levantados y Clau hace cuatro amigos neocelandeses. María hace otras mil fotos y yo hago mi papel de padre feliz. Me sale perfecto. Soy actor de mètodo.
Amanecemos muy temprano, sobre las 6, porque hemos contratado una excursión al Parque Nacional de Fiorland que incluye crucero por el Milford Sound (técnicamente un fiordo es originado por un glaciar que se adentraba en el mar y en este caso fue un río).
El conductor es peculiar. Tiene una media sonrisa irónica de chico listo y unos ojos azules penetrantes con un aire a Yul Brinner. Creo que no le ha gustado quedarse calvo prematuramente y deja la sombra de su tonsura como recuerdo del pelo que fue, lo que le da un aire de seminarista golfo. Domina su oficio y no para de contarnos historias durante el viaje. Tiene su gracia porque se recrea en detalles sin importancia (ven ese arroyo, pues a la izquierda el mismo agua que a la derecha…aquel lago tiene un 99 por ciento de agua y el resto son truchas, salmones y unas anguilas grandes y asquerosas que aquí son much appreciated). Lo hace con gracia y con cierto despego. No suena a guía listo. Siempre tiene una historia a mano y pone el mismo ènfasis en el relato de la construcción de un tùnel que en el campo sembrado de ovejas preñadas.
A mitad de camino (son 4 horas) paramos en Te Anau. Nos recomienda comprar un chubasquero y nos advierte de que a partir de ahora volveremos a estar sin cobertura. Hace un chiste sobre las toilets pero no lo entiendo.
El grupo del autobùs es dispar y ganan los chinos por mayoría. Perdonad el tópico pero me parecen todos iguales. Yo no les cojo el punto y no sè quién va de boda o de funeral. La prueba definitiva del parecido en el fenotipo es que nos equivocamos dos veces, una al cambiar de autobùs y otra en el barco, por seguir al grupo de chinos incorrecto.
Una pareja de americanos muy guapos, ella està que se rompe de buena (me acuerdo de mi amigo I. Cuando una tía de estas hechuras pasaba a nuestro lado me decía, ahí hago yo el ridIculo, compadre) otra de australianos brutotes en chanclas y dos gemelas a las que bautizo como las hermanas Murray. En este paIs de lagos cristalinos, decir que son como dos gotas de agua puede resultar ofensivo. En todo caso, de aguarràs. Las gemelas son feas, muy feas.
No deben llegar a los 40 pero entre las dos parecen sumar siglo y medio. Provienen de Idaho, el estado que presume de sus patatas. Debieron crecer entre tractores y cosechadoras y el perfume del aceite lubricante 15/40. Sus manos, delicadas, han debido de ajustar màs de una biela, desatrancar un amortiguador y traer al mundo docenas de terneros.
Visten igual salvo el color del abrigo, una marrón, la otra verde. Ambos con una tira de pelo sintético al cuello màs parecido a una moqueta desgastada que al pelaje de cualquier felino. El peto tejano les confiere un aspecto varonil y el chaleco de rayas unisex de talla única deben haberlo conseguido a base de cupones de paquetes de bacon. No debieron ser muy populares en su high school. Es màs, dudo que consiguieran acompañantes para el baile de graduación. Sus caras están excavadas de surcos más que arrugas y si se decidieran acabarían por una temporada con el excedente de botox. La barbilla puntiaguda hacia arriba parece pugnar por tocar la punta de la nariz aguileña formando un perfil en C mayùscula que haría muy complicado llegar a los labios a aquel que se atreviera a besarlas. Los ojos pequeños y vivos les rematan el look de àguilas perdiceras. Las gemelas Murray son asexuadas. Intento encontrar un rasgo de femineidad que active mi lado masculino pero no lo encuentro. Intento imaginar lo que esconden pero desisto inmediatamente de la idea.
Ambas llevan càmara fotogràfica y cada una dispara a un lado y así se cubren la retaguardia y complementan en una visiòn de 360 grados. Una de ellas lleva un reloj (no es necesario que las dos tengan reloj, al parecer ). Es un reloj con correa extensible. Debió ser dorado en su dIa pero el roce ha desgastado el pobre baño de color. Creo que vi uno igual en una película de James Cagney o Edward G. Robinson. Le devolvían las pertenencias a los familiares de un ejecutado. En una bolsa de plàstico el policia entregó un reloj como este y dos billetes de dólar arrugados.
Las gemelas son enjutas y tienen el pelo de un rubio estropajoso y desmadejado. Cualquier escuela de peluquería pagarIa por tener esas melenas donde practicar con la confianza de que nada que hicieran las aprendizas empeoraría el estado inicial. No hablan, escrutan desconfiadas el paisaje. Viajan separadas, una en cada fila de asientos.
El día está de perros y de la lluvia pasa a la nieve. Cruzamos el tùnel de Homer (18 años para pellizcar la roca poco más de un kilómetro) y me vuelvo a alegrar de haber optado por la excursión y no venir con la autocaravana. Una rapaz nos espera a la puerta del bus para comer. Ha descubierto que esto es màs fácil que andar cazando. El crucero por el fiordo es chulo pero no està el dIa para pasear por cubierta. Admiramos una miriada de cataratas que vuelcan sus aguas al mar y buscamos los pingüinos pero no aparecen. En el barco los chinos se acobardan con la tempestad. El guapo tontea con la camarera y a la guapa se le descuelga la cara. Tambièn me percato de una chica (magrebí o tunecina) que viaja sola y lleva en su cara toda la tristeza del mundo.
La vuelta es rápida. Ya no hay comentarios del conductor y el grupo sestea cansado por el madrugón. Mañana será otro día.

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