20 DE ABRIL (GGM)
20 de abril.
Una lluvia sin argumentos aborta mi paseo en bici. Con el maillot a medias recalculo lo que será esta mi mañana de domingo. El Resucitado pone la excepción a la soleada Semana Santa y la Virgen de la Aurora se moja (inevitable pensar en CB, ya abuela, y en su Manolo que la dejó sin avisar. También inevitable el recuerdo del cine Alameda a escondidas). La Sevilla que siempre quiere ser se prepara para la tarde Maestranza deslucida de bravuconadas.
20April, 24 años desde el 90 (E) y los Celtas Cortos me siguen preguntando, te sorprende que te escriba, tanto tiempo es normal… Qué tal te va con el tío ese, espero sea divertido. Los periódicos biografían a GGM entre la crisis de Ucrania y la resaca del gol de Bale. Todos quieren a Gabo. Ya no tendremos que decidir entre el cielo y el infierno porque él se ha llevado consigo su universo mágico particular y por fin Dios ya tiene quien le escriba y haga honor a su gesta de los siete días con algo más meritorio que la biblia.
Subo a la buhardilla. Allí está, es un viejo ejemplar de obras completas de edición de kiosko. Como me enseñó el descreído detective Carvallo de Vázquez Montalbán (mis lecturas juveniles se dividen entre Montalbán y Delibes, más cercano del primero que del segundo), lo quemaré y, de alguna manera, tendré mis cenizas particulares del creador. Antes de prenderle fuego hojeo sus páginas amarillentas, el amor en los tiempos del cólera, y vuelvo a 1976. JMGB, fuera del programa oficial de lecturas (Shanty Andía, La Colmena, Pascual Duarte y Tiempo de Silencio) me habló de Cien Años de Soledad (léelo pero no digas que he sido yo quien te lo recomendó). Robé el ejemplar en la librería del pasaje de la Gran Plaza (éste y la obra poética de García Lorca han sido los dos únicos libros que me he atrevido a hurtar) y me perdí a mis diecisiete años entre los diecisiete Aurelianos. Nunca llegué a tener una novia que se llamara Amaranta, tampoco Úrsula. Me hubiera gustado.
Volví a leerlo el año de Liverpool, verano del 81. Atrancado entre las trampas de la literatura inglesa y norteamericana del ogro de Pilar Marín me llevé al Reino Unido el saco de obligaciones (Daniel Defoe y su Molls Flanders, Tristam Shandy, Harold Pinter, The Homecoming, Pynchon, Coleridge, Doris Lessing y su cuaderno dorado, el imposible Ulyses de Joyce y su Retrato del Artista Adolescente, entre otros). Entre pintas y partidos de fútbol con obreros que por entonces elogiaban a Margaret Thatcher y la boda de Lady Di, conocí a Simon Tollemache, un personaje de 15 años que me regaló las obras completas de Shakespeare, extrañado de que yo pudiera leer libros tan aburridos (To G. The one who reads boring books) sin conocer a fondo al maestro inglés. Me recitó su soneto preferido extraído de Romeo and Juliet (If I profane with my unworthiest hand this holy shrine…) y le descubrí a García Márquez con One hundred years of Solitude. La edición inglesa anexaba un árbol genealógico para facilitar no perderse entre las generaciones de los Buendía. Creo que Simon no llegó a usarlo y tardó menos de una semana en conocer al detalle a todos y cada uno de los personajes. Nunca lo he vuelto a ver, ni siquiera a saber de él. Cuando nos despedimos en Lime Street llevaba el libro en la mano, me volvió a dar las gracias por haberle descubierto the city of mirrors.
Años más tarde, me juraron que Bomarzo superaba el universo de García Márquez. Me impresionó, le di su tiempo pero no dejó el mismo poso. Tampoco Juan Rulfo. Quizás sea sólo el recuerdo del primer beso, del primer amor, de la primera vez que te han contado aquello como lo querías oír. Y ya no existe, lo has soñado. Cuando ahora me preguntan mi número favorito, siempre digo el 17 y desconfío de quien sólo sabe contar verdades.
20 de abril, hoy cumplo siete meses y lo voy a celebrar como se merece. I can´t take my eyes off you.

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