Naranjas
Todos los días, a eso de las siete y cuarto, Manolo se levanta y antes de ducharse se prepara un zumo de naranjas. Todas las mañanas el mismo ritual: saca dos naranjas del frigorífico (las prefiere frescas), una pasada por el pequeño Braun sobre la encimera y el vaso de plástico. Empieza un nuevo día. Cuando Manolo duerme acompañado, que no es siempre, dobla la proporción y son cuatro las naranjas a exprimir.
Inés vive con sus tres hijos pequeños en la casa adosada colindante con la de Manolo. Desde hace años la despierta el ruido del exprimidor. No falla. Lo que supone una ventaja para el día laborable no deja de ser cierto incordio en el fin de semana cuando Inés dispone de más tiempo para descansar. Una, dos….tres, cuatro. Inés (a la que no se le conoce pareja desde que Juan desapareció del barrio) cuenta las naranjas y sin saber por qué se siente desdichada cuando descubre que su vecino no duerme solo. En el fondo, siempre le ha gustado Manolo e incluso alguna vez ha estado a punto de insinuarse pero el runrún del exprimidor le quita el ánimo. El tiempo pasa y a Inés se le va agriando el carácter. Ni que decir tiene que Inés aborrece las putas naranjas y todo ese rollo de mierda de la vitamina C.

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