SEPTIEMBRE COMIENZA
Final de un verano que quedará marcado por la confusión y pasará a la historia (la corta historia de mi corta memoria a corto plazo) como una velada calima brumosa que confunde las fronteras, las líneas que delimitan la estación que termina. Afortunadamente no ha sido un verano de calor, veamos el lado positivo, sin embargo, siento que hiervo por dentro.
Las vacaciones fueron divididas, como de un hachazo, y resultaron en tres pedazos inconexos: Primero fue Oslo, más tarde Ibiza y, para terminar, los Pirineos. Tres en raya que siguen rayando, chirriando en mi cabeza. Ni el fiordo, ni el mar, ni la paz de la montaña consiguieron traerme la calma y el sosiego ((digamos que sólo en momentos contados)). Ni el impresionante Preikestolen, ni la Cala escondida, ni el agreste Aragón, mi preferido ((suelo llamar agreste al pirineo aragonés para diferenciarlo del educado y alpino catalán y el romántico navarro)) apaciguaron mi intranquilidad. Pero no voy a ponerlo en su debe. Soy yo y nadie más que yo el responsable de esta inquietud desazonadora.
Me siento incómodo. El cuerpo se queja y no está a la altura de lo que espero. Eso me importuna y me desestabiliza. O es al revés. El desequilibrio estresa los músculos que dejan de responder. Hoy ha aparecido una contractura inesperada, otra, y me impide girar el cuello hacia la derecha. Quieras que no, limita un cincuenta por ciento el ángulo de visión, pierdes perspectiva, dejas de ver las cosas desde otro punto de vista y el tortícolis te hace más bruto, menos objetivo, más tarugo. Aún más. Y lo peor es intentar responder al simple, qué te pasa? Y yo qué coño sé qué me pasa.
Ando por el Pirineo, tercera etapa de viaje de este verano descompuesto, espasmódico y ando cansado. El paisaje es agreste, arisco, como yo. Aunque siempre nos hemos entendido algo no ha funcionado esta vez. Me alojo en una recomendada casa casi perdida en el campo a diez kilómetros de una barra de pan. El lugar podría ser idílico, tanto para una boda civil como para encerrarse a preparar notarías. No estoy para lo uno ni lo otro ahora, ya volveré. Quién sabe. Albella, aldea de calle única y sin números. He subido a la ermita de San Úrbez, que me cuentan que fue un santo obligado a huir de un hogar burgués en Burdeos a causa de una persecución y que algo hizo con su bastón que se convirtió en puente y le facilitó cruzar el río. Me gustan las vidas de santos y me gustan los milagros. Y me gusta imaginar a ese pobre hombre corre, corre que te pillan, puto río, qué hago ahora, que no he venido hasta aquí para ahogarme sin remedio y no tiene más a mano que su bastón y su fe en dios, ayúdame Señor, y va que el bastón se convierte en puente y deja a los perseguidores con un palmo de narices y blasfemando en arameo (así nunca conseguirán un milagro estos infieles). La historia se merece una ermita. Si San Úrbez tuviera su facebook lograría miles de megusta. En mi caso, ni un milagro arregla esto. Me falta fe. Me sobra bastón.
En mi paseo me acompaña Leo, un viejo mastín sabio, acostumbrado a los huéspedes y que se convierte en mi mejor guía. Él me lleva al río, Leo, vamos al río, al paso por el camino y él me ha traído a la ermita, Leo, ermita, y allá que va. Leo no se impone, no molesta, no se sobresalta. A tu lado, nada te pide. No ladra. Espera que termines el baño o el rezo y te acompaña de vuelta. Su independencia me emociona. Se tumba a la sombra y no le presta atención a la avispa que pretende incomodarlo. Conoce su oficio. Me gusta Leo y envidio esa tranquilidad que desprende. Sabe que el partido está ganado y no habrá sorpresas. Estoy seguro que si algún idiota pretendiera jugar con él, o tirarle un palo, Leo lo miraría con displicencia y pensaría ((seguro que Leo piensa)) pero tú de qué vas, imbécil.
Entro en el pequeño cementerio junto a la ermita y me siento a leer sobre una de las tumbas. Sólo seis lápidas. Traigo conmigo La Ira de los Ángeles. Me gusta comprar libros en las tiendas de las estaciones y los aeropuertos. Hace unos años, en Delicias Zaragoza (quizás vuelva por última vez este septiembre), conocí a un librero que me recomendó a Connolly (John) cuando le dije que buscaba algo de novela negra. Leo a Connolly con pasión y me adentro en su universo tenebroso de espíritus y malvados hasta que me confundo con ellos. De nuevo, las fronteras pierden sus bordes delimitadores y todo queda turbio. Quizás sea yo el incapaz de separar los claros de las sombras. Recuerdo que lloré con el dolor de Charlie Parker, su detective, por la muerte de su esposa e hija a manos de El Viajante. También lloré por la muerte de la hija Michael, Mary en la tercera de El Padrino (ese grito en silencio de Al Pacino me acompaña desde que soy padre). Soy un padre llorón. ((Vivo en un disfraz de astronauta hecho de ironía, cosido con cinismo y revestido de extrañeza. Sólo salgo de él cuando bebo y cuando escribo. Últimamente, sólo cuando bebo)). Esto no es mío, pero me hubiera gustado.
Hace unos meses me pidieron una recomendación para la lectura. Equivoqué el nombre y le dije que un tal Michael Collins. Mi amigo le regaló un libro a su suegra que pasaba por un mal momento. Desde entonces ella se ha aficionado al tal Collins y ya no lee a otro autor. Ahora no es momento de hacerle salir de su confusión. Ella vive ilusionada en su engaño y quién soy yo para decirle que ni siquiera ese es su nombre verdadero sino uno de los muchos seudónimos que utilizó Dennis Lynds. En este caso el error ha hecho feliz a una pobre vieja sola. Bendita confusión. ¿No te has sentido nunca feliz al lado de la persona equivocada?
Leo rápido y no me detengo en los detalles. Rara vez recuerdo lo leído un par de semanas después. Vivo rápido y elimino recuerdos con facilidad. Si alguna vez intento recordar, mezclo y vuelvo a confundirme. Ahora me he quitado las gafas con la esperanza de que la mezcla de mi presbicia con la confusión de mi mente me devuelva un escenario sin distorsión, menos por menos, más. No ha funcionado, sin gafas las letras se emborronan y con ellas el pensamiento sigue opaco. El resultado es la mierda que estoy escribiendo. A lo lejos suena una tormenta. Pasan los minutos y ya no sé si está dentro o fuera de mí.
Me gusta leer y dejar de leer. Sigo la regla del diez por ciento: si el ejemplar tiene cien páginas debe engancharme en las diez primeras. Si no es así, lo dejaré. Pocos han tenido una segunda oportunidad ((El amor entre los peces es uno de los pocos)). Los que no pasaron la criba vivirán en el purgatorio de mi mesita de noche hasta que les llegue el infierno de mi chimenea (esto de quemar los libros me lo enseñó Carvallo, el detective de Vázquez Montalbán). Me gustaría recordar los títulos que no pasaron la prueba pero mi memoria es confusa y sólo está dotada para recordar tonterías. Con dificultad recuerdo los títulos que me han hecho reír este verano pero el autor era un tal Glattauer. No es idiota esto?
Me gusta leer en papel, no quiero ebook (rompí con la novia que me regaló uno. También terminé con la que me regaló un intercomunicador para el casco de la moto, qué manía con tener que hablar en todo momento). Quiero papel. Nada virtual. Realidad, algo tangible. No me fío de lo que no suena cuando se cae al suelo. El ebook sigue en la mesa esperando su irremisible destino (irá al contenedor, como la tele que le regalaron a María o el cortacésped que se me ocurrió comprar un sábado de lluvia).
Mi novia pegatina exprime la vida. Y a mí. Digamos que me llevo bien con ella. No diría lo mismo respecto a sus hormonas. Cuando se pone seria dice cosas rotundas, contundentes. Hace unas semanas me dijo algo así como, no sé si fue literal pero más o menos el titular quedó, eres mejor amigo que pareja. Terrible tesitura, le llevo la contraria o le doy la razón? Ahora quiere que lea a Isabel Allende y anda disgustada porque todavía no tiene planes por el tercer fin de semana del próximo abril. Yo sigo confuso y ella tiene las cosas claras: un beso lo cura todo, repite como un mantra.
(((qué sería de Facebook si le quitamos los gatos, las frases moñas, las fotos de playas y atardeceres, los vídeos de caídas y tanto wapo y wapa…..))) Pongo en el FB una encuesta de propósitos para el nuevo curso y recibo numerosas propuestas. Tiene truco. Está decidido, voy a organizar un grupo musical (sería pretencioso llamarlo banda de rock). De momento será un conjunto….vacío. El primer encuentro es ilusionante y, aunque no lo he consultado, Septiembre comienza, me parece un buen nombre. También se me ha ocurrido organizar un huerto. La próxima primavera verá nacer mis primeros tomates cherries. Unos me dirán novelero, otros me envidiarán. Yo no diré nada, como siempre. Música y hortalizas. Tiene cierto tufo monacal. Ora et labora, canta y trabaja, siembra y recoge. Del ensayo a la azada, de la partitura a la calabaza, del pentagrama a la lechuga.
Septiembre comienza, bendita rutina. Espero la llegada del colegio y las lentejas de los lunes. El despacho se llena con los divorcios veraniegos. Son muchas las parejas que mueren con el calor. De vuelta al gimnasio el PT me tira al suelo a machacar el core, la franja abdominal que equilibra el cuerpo. Mira por dónde, quizás encuentre el equilibrio arrastrado como una cucaracha. Cuando me deja respirar un rato recuerdo que él ha estado de vacaciones en Brasil. Qué tal, cómo fue, le pregunto. Uff, magnífico, me dice, sabes que allí el Opel no existe, son Chevrolet. Un Opel Corsa en Brasil es un Chevrolet Corsa!! No quise seguir preguntándole por su viaje. No sabía qué pensar. Otra vez la confusión. Hice flexiones hasta que perdí la conciencia. Cuando desperté la pesadilla seguía vívida en mi mente. El verano aún no había empezado.

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