PLAYMOBIL (En construcción….)
Lo peor de las guardias no eran las incidencias sino todo el papeleo que generaban y últimamente parecía que los mandos estaban más preocupados por el protocolo administrativo y de calidad que por la eficiencia del servicio.
Antonio era de la vieja escuela y siempre le había costado adaptarse a los nuevos tiempos. Ahora, a las ocho de la mañana andaba enredado con el ordenador intentando dar carpetazo al archivo de la noche anterior: tres alcoholemias, una pelea entre vecinos por una derrama extraordinaria, una denuncia por malos tratos y las rutinarias sustracciones de vehículos. Nada fuera de lo normal. No obstante, el windows tardaba en arrancar y el programa de gestión del ministerio se atascaba. Se le hacía tarde para recoger al niño de la casa de la madre y llevarlo al colegio. Odiaba el lunes porque implicaba curso de formación, recogida del cole, extraescolar de taekwondo y refuerzo de inglés. También odiaba a su ex esposa y, a veces, se odiaba a si mismo. El día no había empezado muy bien y todo le hacía suponer que mal acabaría.
Una fina lluvia despertaba la ciudad y esto significaba un tráfico más lento de lo normal. A la puerta de la casa de Lourdes esperó que bajara Pablo –no entendía cómo podía ser tan poco puntual, igual que su madre, pensó. En el móvil el saludo de buenos días de Irene –que tengas un buen día, amor- le sacó una mueca de sonrisa que se reprimió. No sabía qué decir.
-Hola papi, le saludo Pablo, al tiempo que con un beso le dejó la cara manchada de petit suisse.
-Vamos tarde, se limitó a responder.
-Dice mami que no se te olvide que es día cinco.
-Dile a tu madre que hay muchas cosas que no se me olvidan. Demasiadas, contestó.
Como era de esperar en los días de lluvia se hizo imposible aparcar junto a la entrada del colegio y Antonio tiró de Pablo, la mochila y la bolsa con el trabajo de ciencias.
-Ya sabes, cómetelo todo. Que no me vuelvan a decir que tiras el pescado, le recordó al pequeño.
-Mamá me ha dicho que a ella tampoco le gustaba el pescado de pequeña, se quejó el chaval.
El comentario se le quedó atragantado como una espina de besugo en la garganta.
-Pues tú te lo comes y no se hable más. Ya hablaré yo con tu madre.


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