LA PELUQUERA
Alba se llama. Morenaza de ojos verdes, un lunar en el labio que distrae de cualquier otro pensamiento y una sonrisa que es el cielo en la tierra. Del culo mejor no hablamos porque entonces pierdo el hilo de estas letras.
Me cayó como regalo del cielo. No andaba yo en mis mejores momentos, llamaba a la puerta el invierno y el primer catarro me tenía acobardado bajo la mesa de camilla. Obligado a salir a gestionar unas facturas erróneas en Endesa, pedí el turno en la cola y ella me dio la vez. Sin molestarse en bajar el tono y asegurándose de que todos la escucharían dijo:
-Llevo aquí media mañana y esto no se mueve y después dirán que es culpa del ordenador que va lento y yo no puedo perder el día esperando que ahora con las navidades tengo la peluquería de bote en bote.
-¿Eres estilista? – Me atreví a preguntar.
-¿Estiqué?- respondió con frescura- Peluquera, con local propio que el alquiler es tirar el dinero.
Y se me quedó mirando muy fija, que le he gustado, pensé, y en esto que me dice
-¿Y tú no te pones nada para fortalecer las raíces?, mira que antes de que te des cuenta se te ve el cartón.
Intenté disculparme explicándole que mis entradas son de siempre, de toda la vida, las leyes de la genética pero me cortó al instante
-Anda, vámonos de aquí y ya vendremos otro día que se nos va la mañana y deja ya de hablar de leyes que paso de política. ¿Has desayunado? Yo quiero un zumito y media con jamón.
-Camarero! un descafeinado, de sobre- pedí.
-Tú no serás maricón, no?
Quise decirle que estoy dejando la cafeína por un problema gástrico reciente pero no me dio lugar.
-Tú te miras mucho, como la Vane, mi compañera, que siempre se está tomando las pulsaciones y yendo al médico, hipocontraria, que es la tía.
-Hipocondríaca, la corregí.
-Mira que eres pedante, pero tienes algo que me gusta. Ponme un whatsapp y quedamos el viernes, bueno, mejor el sábado y me llevas a cenar por ahí, pero nada de sitios de esos con muchas tonterías, que yo me como las papas fritas con las manos.
Y así es como se metió en mi vida, de golpe. De vuelta a casa no podía parar de pensar en ella. Conociendo mi debilidad mental ya me veo sometido a toda clase de experimentos capilares sin poder decirle que no. Estoy nervioso ante la propuesta para este próximo sábado. Yo voy con claras intenciones de echar un polvo pero lo mismo salgo con un alisado japonés. Me lo temo.

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