Desayunos….
De un manotazo tiró la caja de cereales de la mesa. Por un momento el aire se llenó de copos de avena que sobre el suelo de pizarra de la cocina simularon una incipiente nevada.
– Hasta el coño me tienes, Fermín!
No había duda, era a él a quién se dirigía Rosa a voces. Tras observarla unos segundos y volver la vista a la nieve cereal, sólo acertó a decir.
– Queda soja?
Unos años antes…..
Al principio todo fue como todos los principios. Sin embargo, en esta ocasión no había notado los signos inequívocos del deterioro.
Rosa apareció en su vida a puerta fría, literalmente.
– Buenos días, estamos en plena campaña de promoción de nuestras pólizas de decesos.
– Perdón?
– Los muertos, el seguro de los muertos, no tiene usted asegurada esta contingencia? Sabe lo que cuesta un entierro?
Casi sin darse cuenta se encontró con una buena cobertura abonada semestralmente y con la agente de El Ocaso, viviendo en su casa, no sin antes haberle presentado a sus padres y haber pasado una semanita entre Ávila y Segovia, que ella siempre había tenido muchas ganas pero que por unas cosas y otras…
De Rosa le gustó su valentía vital. Nada la paraba. Si algo se proponía, adelante. Esto, para un carácter pusilánime como el suyo, era todo un mérito. También le gustaba mucho, a la par, como Rosa le comía la polla. No había que darles muchas vueltas al asunto. A ella le gustaba y eso se notaba. Cómo en todo, Rosa mandaba y, en el tema del sexo, él se dejaba hacer. Y ella hacía y hacía muy bien.
El primer año fue un no parar. No había tarde sin actividad ni fin de semana de descanso. Cuando no era el cine, pues una exposición, o los bailes de salón, las manifestaciones o las presentaciones de libros. Lo que decía, un no parar. Todo el día zascandileando cogiditos de la mano.
Pero, no sabría decir cómo ni cuándo, todo empezó a cambiar y ahora, de un día a otro, casi sin darse cuenta, ya estaba sentado a la mesa de la cocina, absorto en el móvil y enfrascado en el desayuno, su comida favorita. Y entre ellos, como un infranqueable muro de Berlín, la caja de cereales tamaño familiar, marca blanca del Mercadona.
En su mente reverberaban las palabras de Augusto, su terapeuta de cabecera, el que le ayudó a salir del pozo negro en que se hundió cuando Martina lo abandonó, “esa caja, Fermín, esa caja, no es más que la concertina que os separa, y eres tú quien la colocas justo ahí, para impedir que ella se acerque…”
Tenía razón Augusto. Se sentía responsable. Rosa se había marchado, una más. Y no quedaba soja. Y no tenía más cojones que bajar al súper por otra caja. Qué vida!!!

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