El Pijama

pijamaMi novia me ha regalado un pijama. Si, un pijama. No un pijama sexy ni con el motivo de un súper héroe, no. Un pijama acrílico, Pijamas Juanito es la marca. De la M, corto de mangas, de pantalón azul y cuello a la caja, de rayitas. Lo que yo de pequeño llamaba esquijama. De verdad, nunca imaginé que las cosas fueran tan mal entre nosotros. Tenía que llegar esto.

Para un espectador objetivo quizás todo estuviera muy claro pero yo nunca lo vi venir. Hasta que lo tuve encima. No aprecié las señales, que seguro que las hubo. No interpreté sus silencios ni leí entre líneas en sus argumentos. Y ahora me encuentro con el regalito, el pijama azul, frente al espejo preguntándome pero qué he hecho mal esta vez.

Como he dicho, todo era diferente en los últimos tiempos. No era cuestión de rutina, no era cansancio, al menos no creo que el mal residiera en la pareja. Más bien una cuestión individual, o mejor dicho, dos individualidades que no andábamos por nuestros mejores momentos, pero dios mío, un pijama, qué puede estar pasando por la cabeza de una mujer para comprarle un pijama a su novio. Nada bueno, es evidente.

Como soy de natural optimista, lo primero que pensé es que se trataría de una broma. Pero no, no era eso. Cuando me lo probé, con la esperanza interior de que propusiera cambiarlo por otra talla, simplemente me dijo, bueno, para estar en casa….es calentito. Dios santo, un pijama, corto y para estar en casa calentito. Dónde quedó la aventura, la pasión, el fuego, la espontaneidad, el aquí te pillo aquí te mato. Todo al garete. Ante mis ojos cayó la fachada del decorado que semejaba el pueblo del lejano oeste y se vio el desierto yermo de la realidad.

Luego intenté recordar cuándo empezó todo, el tropiezo con el iceberg, el inicio del naufragio. Como ella es muy regalona tiré de memoria para encontrar el momento exacto en que se produjo el cambio. Hace una semana unos calcetines, mal vamos, a primeros de mes dos perchas para el cuarto de baño (no le gusta y no le gusta que yo deje las toallas húmedas sobre la mampara de cristal) y un artilugio con ventosas para colgar el jabón y el gel de ducha. En fin, cuestiones prácticas y el mes del hogar, pensé. Ya lo tengo, fue al principio del otoño. Por entonces planeábamos un viaje. El verano había sido muy ajetreado y teníamos ganas de dedicarnos unos días para nosotros. Lo dejé en sus manos. Siempre me había sorprendido con una aventura, una experiencia, un lugar exótico, una escapada romántica. Estaba seguro de que acertaría y la verdad es que me sorprendió: Fin de semana en un monasterio Cartujo. Dos celdas individuales, programa ayuno asceta creo que se llamaba. Silencio obligado. Recuerdo que cuando el abad nos enseñaba los aposentos y nos recordaba los horarios y las normas de obligado cumplimiento del lugar, ella sólo me dijo: Piensa, Gabriel, te vendrá bien. Qué me iba a pensar yo lo que vendría después.

En fin, siempre adelante, suelo decir. Al menos calentito sí que es….para estar en casa.

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