EL CONGELADOR
La invité a cenar a casa y la sorprendí con una de esas recetas resultonas que utilizo en mis primeras citas (quizás se dejó sorprender, fingió con naturalidad y alabó mi saber hacer). A los postres me confesó su incapacidad para la cocina pero destacó que nunca le había faltado el interés por aprender y que, voluntariosa, compraba todo aquello que imaginaba en el plato, pero que una vez ante los fogones, se rendía, lo colocaba en el congelador y allí lo dejaba. No tengo mano para esto, me dijo.
Me contó la de veces que había repetido la operación y despertó mi curiosidad por conocer cuántos intentos gastronómicos tenía congelados. No tardé mucho en averiguarlo. A la semana siguiente me devolvió la invitación y me llevó a su casa a tomar café. Aproveché ese momento que toda chica necesita para retocarse y decidido me fui a la cocina, abrí el congelador y allí junto a las comidas nonatas encontré sus intenciones dormidas. Mezclados con los ingredientes más dispares dormían los pensamientos no expresados, cientos de conversaciones por mantener y todo lo que en algún momento quiso decir y no pudo. También había sitio para las frases que alguna vez había deseado escuchar y para aquello que siempre le pareció imposible. En el segundo cajón estaban los viajes por realizar y los lugares por descubrir. Junto a las ilusiones perdidas, algunos amigos a los que quería volver a llamar, los recuerdos no olvidados y algún que otro desliz no explicado.
En el limbo frío del congelador guardaba los propósitos para mejor momento, las caricias que nunca quería olvidar y el pensamiento recurrente de aquello que no pudo ser. Entre los recuerdos de todo lo que ya no puede hacer daño se mezclaba lo que alguna vez se creyó importante. Nervioso ante la posibilidad de ser descubierto, me apresuré a dejar mis besos no dados junto a sus intenciones próximas, con la esperanza de que se encontraran.

Entre todos (y sabes que muchos me gustan)…. Me quedo con este.
Increíble!!!!
Eres un gran escritor!!!