MUJERES DE MI VIDA (14) En construcción…
A la luz de estos nuevos tiempos podría entenderse como una incursión en un mercado global, incluso como un entendimiento entre diferentes culturas. Entonces sólo fue un ligue de estudiante. Yo buscaba un hueco, ella divertirse. Ambos aprendimos.
Años de facultad. Las americanas (ellos no me interesaban) llegaban en dos grupos, enero y julio, y era mucho más fácil enganchar con las primeras, que aterrizaban directamente en la universidad, que con el grupo estival que campeaba por la ciudad en verano y que ya en septiembre, sabían demasiado para dejarse embaucar.
Así llegó Julie, desde Cleveland, Ohio, ese estado decisivo del medio oeste en la región de los grandes lagos, con sus chanclas, botella de agua a todas horas (probablemente advertida de nunca tomar agua del grifo en el tercer mundo) y una bolsa con dos melocotones.
Al contrario que el resto, ella no disfrutaba de las caderas generosas y alegres pechos de nodrizas de sus compañeras, más bien de tipo parisino, desgarbado, canija y huesuda. Jovial, divertida, inteligente y curiosa, supo olvidarse rápidamente del diccionario y el cuaderno de notas donde iba reflejando las costumbres de estos indígenas para adentrarse conmigo en esa otra Sevilla de finales de los setenta que empezaba a abrirse al mundo y a intentar perder el olor a naftalina rancia. En los paseos por el Arenal y la Triana de siempre aprendimos que a veces no se necesitan los idiomas para tener grandes encuentros. En la corta de Chapina perdimos las vergüenzas y encontramos más similitudes de las que podríamos haber imaginado a primera vista. Entre juegos de palabras, nuestras manos supieron jugar su papel y junto a mis torpes acometidas, Julie me enseñó lo que años más tarde President Clinton no consideraba una relación sexual. Bendita sea.
Práctica, resolutiva, eficaz, directa, nunca me dejaba que le quitara la ropa (Mum taught me how to do this, bromeaba) e imponía su ritmo ejecutivo a nuestras tardes y fines de semana. De inmediato dejé de ser el cicerone que debía mostrarle el nuevo mundo al que venía por seis meses para dejarme llevar atónito por las infinitas historias sobre su país. Además, me aventajaba en el número de viajes que había hecho y me asombraba con narraciones detalladas de sus andanzas por media Europa. Creo que despertó en mí ese afán por volar lejos y aventó ese desaliento que siento por el espíritu cateto de esta ciudad que se cree el ombligo del mundo y jura que tiene un color especial. Cuando se fue, no recuerdo si de vuelta a su Ohio natal o a recorrer Sudamérica, me dejó sumido en un asco de olor a este pueblo cutre y campesino. Las novias posteriores me aburrían sobremanera y a más de una la largué en cuanto empezó a contarme historias de la feria, el traje de flamenca y la procesión de su barrio. Además, ninguna era tan virtuosa con la lengua como J.

Magnífico, recuerdos encontrados, de lo que valoramos y comparamos, con lo que nos ha tocado al nacer,,,,curiosamente lo que nos parecía cutre y nos deslumbraba, más tarde pierde esa identificación, y empezamos a valorar lo REAL.
Genial como siempre.E
Deja a mi ciudad trankila!!! A america te tenías k haber venido tu con la guiri!!!