BLACK FRIDAY

No me creo que no te hayas enterado. ¿Pero tú en qué mundo vives? Anda, espabílate que en menos de 48 horas llega el Black Friday, así que llena la cartera, desempolva las tarjetas, carga la pistola y lánzate a la calle dispuesto a matar o morir por las mejores ofertas.

El blog me mandó un aviso….oye Gabe que hace más de tres meses que no escribes ni un post it, como no te pongas las pilas te borramos y para que no te puedas resistir, nuestra promoción del Black Friday te revisa el texto gratis y te corrige las faltas de ortografía y si eres cliente Premium te ponemos las tildes y si eres Gold te damos un tres por dos en punto y comas. Ante tamaña oportunidad no lo dudé. Aquí estoy, again, que no me untaba desde agosto.

Empecemos con un poquitín de cultura general: el Black Friday se celebra un Friday, obvio, después de Acción de Gracias (ese día que la familia yankee se reúne y cena junta tras volar  miles de kilómetros y se repite el holocausto de los pavos y se consumen toneladas de litros de salsa de arándanos) y es el anticipo de las compras navideñas. El Black Friday es el pistoletazo de salida para comprar, comprar que el mundo se va a acabar y nuestra sociedad basada en el consumo debe continuar. Así que tras la reunión familiar, todos los viernes posteriores al cuarto jueves del mes de noviembre nos vamos de Black Friday y ahora que tenemos un presidente black, pues más black todavía.

Como el Halloween, también el Black Friday se ha impuesto en nuestra colonizada economía europea. Si hace cinco años, esta iniciativa sólo era conocida entre esos modernitos autónomos que ahora se llaman emprendedores y que no montan empresas ni negocios sino startups, hoy celebra el Black Friday hasta Pepe el de la churrería de al lado de casa que si te llevas un euro de los largos te regala cien gramos de los de papa, para que los pruebes. Y el puticlú El Rey 2000, dos por uno, sólo en copas.

Yo me he estado pensando el tema, dándole vueltas, y me quiero sumar a la corriente general, no digan que soy más antiguo que Rufino, el muñeco de la lotería de este año. En lo profesional he hablado con los compañeros del despacho y estamos que lo tiramos: si te quieres divorciar aprovecha el viernes que te lo damos al 50 por ciento. Quién no manda a la parienta a donde picó el pollo con semejante ganga. Que lo que quieres es ahorrarte algo en el impuesto de sucesiones y todo el papeleo que conlleva la herencia, pues dale matarile a tu ascendiente el próximo viernes que te hacemos un 30% y si son los dos, un 70 sobre el precio marcado. A los empresarios le bonificamos los despidos con un -15% por trabajador y si despide a más de cinco lleva gratis tres más. Estamos barajando la idea de ofrecer un descuento en los desahucios así que si tienes pensado dejar de pagar la hipoteca, es el momento porque te asistiremos gratis y además te obsequiaremos con dos pancartas de la plataforma de afectados por la hipoteca, un pasamontañas y un curso online de cómo hacer un buen cóctel molotov. Vamos, que estamos que nos salimos con esto del Black Friday, que ya sabemos cómo se las gastan los americanos, que ellos sí que saben cómo vender y no nosotros, que llevamos un siglo con los ocho días de oro, la semana fantástica, las rebajas y la liquidación por traspaso, que somos más antiguos que el hilo negro.

En lo personal también estoy entregado al Black Friday aunque yo soy más del black is black ( I want my baby back…) de Los Bravos y del Friday I’m in love de The Cure. Por eso me he propuesto tirar la casa por la ventana. A los tontopolla y a los tontolculo les voy a brindar gratuitamente la oportunidad de que se lo piensen y cambien, que ya es hora (menudo regalo!). A mis amigos les daré llamadas gratuitas con un número 900 para que me digan cosas bonitas y que me echan de menos. Bonificaré el contacto directo pero también tendré abierto el Whatsapp y el Messenger todo el día para escucharos y sentiros. A mi novia, algo muy especial, que se aproveche, que me dejo, incluso cosquillas. Tarifa plana 24 horas. Además, ofrezco un abono de diez abrazos, con achuchones full equipe a mis hijas y regalo un beso gordo a todo aquel que lo quiera recibir y que sonará hasta más allá de las Américas, que a mí no me echa la pata un guiri en esto del marketing y la mercadotecnia. Semejante oferta no la podéis dejar pasar. Me río yo del Media Markt y el Amazon. Estoy seguro que este Friday va a ser todo un éxito y que vamos a pasar de los números rojos negativos del pesimismo general a los negros de un buen saldo y balance positivo.

Y eso el Black Friday, que ya hablaremos del Ciber Monday!!!

RECUERDOS

Llevo tiempo con alguna frase garabateada,  algunas ideas mal cocidas, dándole vueltas a la cabeza y todo gira en torno a una única pregunta. ¿Yo por qué recuerdo tantas tonterías? Los que me conocen me dicen que tengo buena memoria. Yo, que me conozco mejor, lo desmiento. Y me someto a la prueba. A ver, pregúntame algo realmente importante, lo habré olvidado. Confundo el nombre de mis abuelos maternos y paternos, no recuerdo la distinción entre diptongo e hiato y eso que me lo han explicado cien veces, y olvido las caras con suma facilidad.
Sin embargo, recuerdo las matrículas de los primeros vehículos de los vecinos de mis padres, el nombre de un síndrome raro que afecta a uno entre un millón y el apellido del ministro de educación de Indonesia.

Ahora casi no recuerdo a qué viene todo esto…. Bueno, sí. Ayer vi el corto de Amenábar sobre una cerveza. No recuerdo qué cerveza era pero el título era VALE (el protagonista se lleva a la chica a base de recuerdos) y sí te puedo decir varias estupideces ridículas que recuerdo sobre el director y los actores, especialmente sobre Dakota Johnson, su padre, y el negro que hacía de compañero en la serie Miami Vice, corrupción en Miami, y se parecía a Paquirri, dios le tenga en su gloria. Dios mío, ¿Por qué recuerdo todas esas tonterías?

Recuerdo un poema de Góngora que leí con 13 años y no me acuerdo de cuándo leí poesía por última vez. Recuerdo el nombre de mi primera novia y no recuerdo cuándo le dije te quiero a la actual por última vez. Recuerdo con luz vívida las mentiras que me repito y he olvidado tantas verdades sobre mí mismo. Recuerdo mis impertinencias y me cuesta recordar las veces que hablo alto y claro.

Recuerdo haber leído el Exonario de Jorge Mux, un glosario de términos nuevos que definen situaciones y objetos inventados o probables. Aprendí que la ALOMEMESIS, podría ser el nombre perfecto para describir la variación que sufren los recuerdos cada vez que son recordados y sufro de PISTENTIMIO, errónea creencia según la cual creo que recordaré esa idea que se me ocurre momentánea y espontáneamente y no apunto, para luego descubrir que ya la he olvidado. Me suele ocurrir en la madrugada y tengo la certeza de que no lo olvidaré. Con esa fuerte creencia me vuelvo a dormir sin haber anotado siquiera una pista de la idea.

También me ocurrió anoche y hoy me levanto en blanco. He pensado en poner un bloc de notas y un bolígrafo junto al cabecero pero eso me obligaría a dormir siempre en el mismo lugar y puestos a elegir prefiero olvidar donde he dormido.

 

 

LA VENTANITA DEL AMOR

Los que me sufren hace tiempo saben de mis manías, ventoleras y novelerías. A veces, muchas, pienso que el señor erró en su reparto de voluntades y raciocinio y sólo me otorgó un apéndice atrofiado de capricho. Y por él me muevo a favor y en contra del viento. Y así me va.

A principios de los noventa cayó por Sevilla un tipo que pregonaba como un charlatán las maravillas de los bailes de salón. Tras el reclamo de un anuncio en el Giraldillo nos congregamos un grupo, no más de veinte, de curiosos (2) y curiosas (el resto) para escuchar las bondades de la actividad. Yo por entonces andaba de paralítico sentado en mi silla de director y tragándome tochos de derecho administrativo y vi en el baile la oportunidad de evitar el síndrome del turista y que me explotaran las varices a base de horas de estudio, que yo quería ser registrador y terminaría flebítico arrastrando los miembros y desencajada la cara por algún ictus.

En fin, que me apunté a las primeras clases de bailes que se dieron en la ciudad y que poco a poco, más bien a ritmo agigantado, me convertí en un avezado estudiantillo de merengue, salsa y ritmos latinos a la vez que dominaba con elegancia algunos pasos de swing, y vals. Tengo que reconocer que con el pasodoble lo bordaba. Fueron cinco años, no más, de disloque bailongo. Lo que empezó como una terapia se convirtió en una secta que bailaba día y noche, pasaba los fines de semana de pista en pista y aquel grupito inicial que quedó resumido en seis o siete nos convertimos en los alumnos aventajados que rápidamente fuimos llamados por unos y otros para propagar la fiebre del sábado noche merengoso que se propagó por Sevilla. Y fue así como de aquella noche de miércoles de otoño en la que descubrí la diferencia entre cintura y caderas (todavía recuerdo al profesor señalando la diferencia y ayudándome a articular la pelvis) al lustro siguiente me lo pasé volando por los acordes del chachachá y los sudores del mambo.

Una noche de corridos conocí a una chica pizpireta que me sacó a la pista a bailar el merengue la ventanita de mi amor (…desde que me dejaste, la ventanita del amor se me cerró…desde que me dejaste, las azucenas han perdido su color….) y entre pisotones y movimientos espásticos (la pobre estaba poco dotada pero tenía una voluntad de acero) le declaré mi amor eterno que duró poco más que el éxito de la canción del verano. Durante un tiempo, siempre que sonaba aquella canción la memoria me traía a la cabeza su recuerdo. Estoy seguro que ya ha aprendido mucho más de lo que yo le pude enseñar.

 

Pasado los años esa ventanita se ha vuelto a abrir. Y no lo digo metafóricamente. Os voy a contar (lo he hecho ya a algunos y sin encontrar explicación). Mi novia vive en un piso, un quinto, orientado al suroeste, podemos decir que rectangular y cuya ventana del dormitorio principal, donde cohabitamos, es todo un misterio para mí. Seguro que estamos de acuerdo en que este verano está siendo especialmente caluroso. Bien pues por esa ventana entra una corriente de aire, frío, imposible de explicar y que mueve la lámpara y los colgantes del armario y que provoca que más de una de estas noches toledanas, fogosas, imposibles, tengamos que recurrir a una sábana para cubrirnos. Te lo crees? No le encuentro explicación pero ando con la sonrisa puesta cuando alguno me habla de la noche que ha pasado. Esto parece un misterio inexplicable y más cuando compruebas que en la calle no se mueve la hoja de un árbol mientras que por esa auténtica ventanita del amor la corriente fresca te alegra la noche. En fin, que por estas y otras razones, que no vienen al caso, he pensado que el mejor lugar para pasar este verano infernal es el dormitorio de mi novia y no quiero salir de allí. A ella le doy otras mil razones y excusas pero la verdad, la verdad, es que la ventanita ha vuelto a abrirse y es que el frío conserva, el calor destruye. Lo siento amigos pero por razones que entenderéis no os voy a invitar a pasar la noche conmigo. Arded en el infierno.

UNIVERSO DE ARTISTAS

Por motivos que no vienen al caso, hoy jueves, fiesta del Corpus en Sevilla y con una temperatura que jugueteaba con los cuarenta grados, he estado paseando por las calles entre las catorce y las dieciséis horas. Con dos cojones!

Primera parada para conocer La Alacena de Lola (enésimo proyecto, con muy buena pinta, de un tipo grande, muy grande, que se empeña en aburrir a la piedra de Sísifo. Dios no lo dotó para las ensaladas y en su creación el Señor se pasó con el aceite del genio creativo y se quedó corto con el vinagre de la gestión. El resultado es un artista que crea como los ángeles y gestiona como el mismo demonio). Bienaventurados los fogones con su presencia.

Tras la bendición nos encaminamos para La Alameda que siempre te sorprende con alguna novedad y paramos en La Gorda te da de comer. Un perroflautilla muy profesional nos atiende y nos aconseja que quizás estamos pidiendo demasiado, que las raciones son generosas. Se lo agradezco y me fijo en el logo de su camiseta…No me gustan las chicas. Me puedes enseñar las tetas tranquilamente, en plan amigo. Tiene gracia y oficio y me recuerda a Shaggy de Scooby Doo. La que parece la dueña le aconseja a una recién parida que le depile el entrecejo al bebé que está amamantando. Yo sigo con los tallarines y no quiero ni pensar en lo que se habrá hecho la tipa en el pubis.

Rechazamos el postre porque nos hemos quedado prendados de una pequeña tienda justo al lado que ofrece pan sano y pasteles artesanos. Sí, tal como lo lees, no es un slogan de manifestación alternativa sino la rima ocurrente de una puretona canija (me la imagino entre el yoga, las constelaciones y el rebirthing) que se ha decidido a pagar los doscientos euros de autónoma para montar el negocio de su vida y allí que ha encalado un zaguán, colocado dos vitrinas y elaborado cuatro panes y dos bizcochos (riquísimos). Con una dolce gusto me ofrece un café y agua fresquita y allá que me siento en una butaquita playera mientras que ella atiende a un proveedor en el mostrador.

El viajante es una especie de mezcla clon entre Gandhi y Pepe Viyuela. Le anda enseñando unas pulseras artesanas, por supuesto, que la pastelera vitorea efusivamente, qué monas. Ella le pregunta y las haces tú y el artista se descuelga con un, bueno, en realidad el universo, pero a través de mí, eso sí.

Cuando escucho la respuesta del místico estoy a punto de atorarme con el bizcocho vegano y miro a la panadera que deja caer las pestañas y entona un ligero suspiro como diciendo, a este me lo horneo yo esta tarde se ponga como se ponga la estrella polar. Yo aplaudo el arte de este charlatán, al que el universo no le ha lavado la camisa en varias glaciaciones, que con estas calores ha vendido lo que traía en el zurrón y se va a llevar una docena de besos dulces y algún que otro polvo de estrellas, del universo, eso sí.

La tarde se calienta. Al parecer ha habido un corte de luz por los excesos del aire acondicionado. Salgo a la calle, me llevo una cesta de pasteles artesanos y dejo a los tortolitos que se apresuran a echar el cierre. Al fin y al cabo es día de fiesta y no se debe trabajar.