La playa y yo. PLAYING (léase, tal y como se escribe).

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1.

Busco una sombrilla en Decathlon y una silla en Carrefour (vive la France) y me voy para Chiclana. Veo la puesta de sol. Me dicen que en algunos lugares el personal se arremolina a esta hora y cuando el sol se pone la gente aplaude, como si asistiera a un truco espectacular o un milagro. Recuerdo El Rayo Verde ( Rohmer??). Hoy nadie aplaude. Me voy a dormir. En mis sueños cruza un Golf rojo.

2.

Es temprano. Comienzo el ritual. La sombrilla es simple pero el mecanismo no funciona. Meto el drill en la arena, la pequeña perforadora, e inserto el paraguas. La pinza está flácida y el parasol se encoge. No me deprimo. Abro la silla, espero el clac-clac pero no se produce. Parece que se acopla al cuerpo. Trae libro de instrucciones. Me encuentro bien, a pesar de todo.

Empieza el espectáculo. Mis miedos. No sé qué hacer frente al mar. Abro el libro Juan Belmonte matador de toros, de Chaves Nogales. El capítulo trata del miedo. Dice que el día de la corrida, al torero le crece más la barba. Me gusta. Paseo. Un paseo simétrico y corto. 50 metros a la izquierda de la sombrilla y vuelta. Otros 50 a la derecha. Así varias veces.

La playa se va llenando pero el mar no se incomoda. Va a lo suyo. La rutina de las olas parece ajena a los caminantes. Algunos corren.

Me levanto decidido y me voy camino de Conil. Me pierdo entre rotondas y con las indicaciones de varios gepeeses urbanos llego a la Fontanilla. El Francisco me recibe con bacalao y atún. Creo que estoy preparado para una nueva fase: dormir en la playa. En mi siesta vuelve a cruzarse el Golf rojo.

3.

Sábado tarde llego a Conil. Alojamiento cutre. El pueblo camina por sus calles y una erasmus de Bolonia desacredita a Adele. No obstante, tiene oficio y llena la talega. Viene acompañada de un payaso, literal, que araña la guitarra y pronostica gol de Balloteli en el 92′. Probablemente se lo trajo a España o se lo regalaron con los créditos. Será troncal. La chica se marcha y el payaso se cambia de esquina. Tiene su aquel. De camino al catre me entero que están desembarcando droga en La Fontanilla. Economía sumergida literal.

El domingo amanece limpio y lleno de nubes negras. La Cala del Aceite rebosa inquietud. No lo pienso. Me baño. Ya está y ahora 6 horas por delante. Creo que el de dónde venimos y adonde vamos surgió en una playa. Me impresiona un topless y me deleito en la suerte. En esto que a la bella semi se le cuelga su bebé y pierde todo el encanto: niño y teta, mala combinación. Creí que esto también lo había prohibido Zapatero pero se ve que no. Firmaré una petición online, que se lleva mucho. Nubes negras y es sólo la una de la tarde. Falta aceite en la Cala para tanta tostada.

4.
Era inevitable. En mi aproximación al fenómeno playa, tenía que ocurrir. Sin saber cómo ni por qué me fui el sábado a Conil, again. En plena operación salida, a eso de las 11 de la mañana, pillé mi sombrilla flácida, la silla y Claudia. Total, dos horas para llegar. Por el camino, las llamadas, oye, por dónde andas, yo en Zahora, oye y tú, no yo no he salido, y tú, mira yo estoy esperando que llegue Fulano, vente al camping, que están los niños…..
Sí, has leído bien, el camping. Y aquí que me veo rodeado de niños en el Tula de Conil donde el personal había decidido organizar el día de Sevilla, con feria de abril incluida, cántame, me dijiste cántame…y el puñal de tu mirada….todo muy pasado de decibelios. Y así me dieron las tres hasta que me pude deshacer de los niñatos e intentar buscar mesa en el chiringuito. Ja! sobre las 5 llegaron los boquerones.
Para mi máster en playa tengo que decir que aprendí lo que era el poniente. Espero que no se me olvide y me pase lo mismo que con los diptongos y los hiatos.

5.

Domingo 8 a las 8. Me voy a Cádiz. Esta vez es especial. Recojo a mi sobrino recién llegado de un botellón y a dos abuelas (no lo voy a explicar) y pongo rumbo a la tacita de plata. Es temprano. Suena música fácil. Las abuelas hablan entre ellas y no se escuchan. Yo escucho la radio y no me entero de lo que, ocasionalmente, me dicen las abuelas. El jovencito no se entera de nada. Dormita con sus cascos y de vez en cuando se desvela por la vibración de whatsapp. Moviliza los pulgares de forma eléctrica y vuelve al sueño.

Cádiz desayuna a nuestra llegada. Recuerdo que allá por el 80, en viaje prenupcial, me alojé en un hostal con ventanuco al cementerio. Ahora paso al lado y pienso que la mayoría de inquilinos seguirán siendo los mismos y descansarán de la estancia en su obligado cumplimiento.

El apartamento da vértigo. Un noveno con vistas directas al mar. Espléndido. No obstante, el personal insiste en bajar a la playa y yo no opongo resistencia. Estoy fácil. En la arena está Cádiz entero, por familia y clanes. Hay escenas de suegras gordas y tortillas y sandías. Alguna que otra carpa jaima y el paddle de los snobs se cambia por las paletas de playa de toda la vida. Tengo que reconocer que algunos lo hacen bien. Una pelirroja teñida babea con su hijo y fuma y fuma. Se le ve el divorcio entre las costuras y me pregunto si el marido la dejó por las babas, por el niño o fue el tabaco. Mira ansiosa que aparezca alguien en su vida pero sólo llega su hermana (inconfundible) a la que le espera el mismo destino. Se soplan varias bolsas de Lays. Las abuelas se hablan sin enterarse y el niñatillo duerme y protesta. Tiene su gracia, en una playa a rebosar insiste en que no hay nadie. Menos mal que el tuenti le engancha al mundo.

Mi brother me acompleja con su nueva hamaca. Es increíble, siempre me supera. No me relajo, hay demasiada gente y además, cada poco, tengo que volver al aparcamiento para renovar el ticket. Lo hago con agrado, siempre me gustó Teófila y la verdad, que tiene la ciudad de dulce. Un paseo al chiringuito y probamos el marmitako. Aprovechamos y pedimos mesa en La Marea, se vislumbra el éxito y se traduce en hora y media de espera. Al final, no fue para tanto. Cómo puede saber igual un arroz negro con calamar de potera que un típico marinero del señorito. Está claro, las prisas. Aquí no vale que todos somos iguales. No. Un arroz sin sabor es peor que la vida de la pelirroja de la sombrilla. Seguro.

Quisimos solucionar el postre con un gintonic pero tampoco le cogieron el punto. Además la rubia camarera no ejercía de rubia camarera, más bien podía ser exempleada de notaría tras un ERE y le sobraba algún año para ese puesto y las varices. Se veía a leguas que no era feliz.

Poco que decir del baño, un par de inmersiones rápidas por cumplir. Me gusta Cádiz. Me gusta mucho. Próximo destino: Carboneras.

Y 6.

La cabra tira al monte. Lo he intentado pero la carne es débil. Cuatro semanas yendo a la playa ha sido demasiado. A la primera de cambio he sucumbido. En fin, lo reconozco; me llamo Gabriel y soy alérgico a la sombrilla.

Que venía de Zaragoza y me digo, oye qué hago yo en Sevilla este fin de semana, que por qué no me bajo en Madrid y me doy una vuelta por la metrópolis y así aprovecho para unirme al 15M y protesto por los recortes y tiro unos huevos en la sede de Génova y…. dicho y hecho.

Fue llegar y todos con la pancartita que si ahora para la sede del PP, que si ahora para Ferraz, que si la Puerta del Sol, que allí no, que nos da caña la Cifuentes…( creo yo que los polis este año van a ganar más con las horas extras que lo que pierden en el sueldo recortado). A mí me gusta ver las cosas con perspectiva, que es como mejor se ven y me digo, pues mira, a la Torre de Telecomunicaciones, al bar de la sexta planta, todo pijo, monísimo. Glenfidich con hielo, música de los 80 y el helicóptero de la pasma sobrevolando Cibeles. Noche movidita.

El día amanece limpio, vámonos para Serrano, una vuelta por Prada, Óscar de la Renta y el Brunch en Mallorca. La terraza exclusiva, la camarera empaná. Justo a tiempo para llegar al Thyssen y ver la exposición de Hopper (gracias a Rocío que hizo de prescriptora en su FB). Me gusta, la luz es primorosa y me pregunto por qué la luz siempre entra por la derecha (curioso, en todos los cuadros, la ventana está en la derecha, salvo en uno donde una chica marcadamente alta centra una habitación de cama pequeña y ventana a la izquierda). La terraza del Thyssen me da buenas vistas. Aquí la camarera también va cortita.

La mañana está agradable. Tengo el tiempo justo para una ensalada antes de pillar el AVE de regreso. Me siento cool. Quizás me ha poseído el espíritu de la Baronesa Tita y me voy a la Moraleja. La otra opción era bocata de calamares. Ya está bien de recortes. La próxima semana, inevitablemente, playa.