Naranjas

Todos los días, a eso de las siete y cuarto, Manolo se levanta y antes de ducharse se prepara un zumo de naranjas. Todas las mañanas el mismo ritual: saca dos naranjas del frigorífico (las prefiere frescas), una pasada por el pequeño Braun sobre la encimera y el vaso de plástico. Empieza un nuevo día. Cuando Manolo duerme acompañado, que no es siempre, dobla la proporción y son cuatro las naranjas a exprimir.

Inés vive con sus tres hijos pequeños en la casa adosada colindante con la de Manolo. Desde hace años la despierta el ruido del exprimidor. No falla. Lo que supone una ventaja para el día laborable no deja de ser cierto incordio en el fin de semana cuando Inés dispone de más tiempo para descansar. Una, dos….tres, cuatro. Inés (a la que no se le conoce pareja desde que Juan desapareció del barrio) cuenta las naranjas y sin saber por qué se siente desdichada cuando descubre que su vecino no duerme solo. En el fondo, siempre le ha gustado Manolo e incluso alguna vez ha estado a punto de insinuarse pero el runrún del exprimidor le quita el ánimo. El tiempo pasa y a Inés se le va agriando el carácter. Ni que decir tiene que Inés aborrece las putas naranjas y todo ese rollo de mierda de la vitamina C.

Malditos japos…..

Lo he contado muchas veces. Viajo con con ropa vieja, no lavo, tiro. Es una especie de catarsis liberadora. Vuelvo nuevo, cambio la piel. Fuera calzoncillos y sudaderas usadas. Ligero Ligero de equipaje.
Pero esto es imposible en Japón. Mi costumbre es dejar la camisa en el camino, sobre un banco, en el hotel, junto a un monumento, pero esto aquí no es posible. En este maldito país de educación esmerada donde no existen las papeleras porque a nadie se le ocurre tirar algo al suelo, país servicial donde los haya, no puedes dejar nada nada en la calle porque vendrán detrás a decirte que has dejado olvidado.
Esto me pasó con el polar quechua que tras dos días dejé en en un banco del parque. En pocos minutos un aborigen se plantó ante mi y tras unas reverencias me devolvió el chaleco. Imposible Imposible explicarle mis costumbres. Lo intenté de nuevo pero pero de nuevo sucedió. No hay manera de desprenderse de la puta sudadera. Estoy cansado y jetlageado. He soñado que un ejército de nipones disciplinados corren tras de mi, me persiguen y me quieren devolver la prenda usada. Todo un país me hace reverencia y soy incapaz de explicarles que no la quiero coño pero que no hay papelera donde dejarla. Me pongo violento, ahora soy un piloto americano de la segunda guerra mundial. Mi avión avión se llama Enola Gay y deja caer una bomba nuclear pero no de neutrones sino de calcetines sudados, calzoncillos raidos y ropa vieja. Me río, los he vencido, malditos japos, peligro amarillo, grito, me río, me despierto sobresaltado, me abrazo a P que lo interpreta como una carantoña y me asesta un revolcón, me relajo, me vuelvo a dormir. Ahora mi sueño es plácido y silencioso como un vagón de metro en en la hora punta de Tokio.

Níkito Nipongo. Crónicas Desorientadas.

Trece horas horas de vuelo, vuelo más las esperas aeroportuarias inoportunas y ya aterrizo en el imperio del sol naciente pero es de de noche. Lo primero primero que me encuentro, ya estaba avisado, es la educación y el orden de estos militarcitos. Te sonríen desde detrás de la mascarilla anti contaminación. La chica de información en un plis plas me endosa cuatro planos, tres fotocopias y el el horario del tren. El abuelete de la gorra de plato me indica cómo he de sacar el ticket del metro. Puntualidad nipona. Todo perfecto. Pero algo ha debido ocurrir. Será el efecto mariposa….. Cualquier pequeño cambio…. El aleteo de una mariposa puede provocar un un tsunami. Sigo las instrucciones, giro a la derecha y cruzó el puente pero me he debido equivocar y no es es el el Wanda river. Total una hora caminando caminando en la dirección errónea, tres consultas a amables aborígenes que no tienen ni putada idea dónde está el hotel y cómo decírmelo pero sonríen. Estoy perdido. Me encuentro con dos gays de San Francisco, uno uno de de ellos con hermana hermana en el Ferrol y me aconsejan preguntar a Google. Dios, cómo he podido podido ser tan idiota. Yo y mis propósitos de desconectar del móvil. La niña del gps me lleva al hotel sin rechistar.
No es un hotel cápsula pero casi. Cuarto y y mitad. Al menos tiene hervidora de agua para el café soluble. Un calzador largo de madera, tipo fusta que asemeja un juguetito de esos esos de Grey. La cosa promete. Y el inodoro musical. Eso debía estar bien a antes del ipad pero ahora ya me parecen parecen demasiados botones para entretenerte mientras.
El Jet lag me lo paso viendo tele. Todo parece humor amarillo, colegialas lolitas y Doraemon. Mi novia quiere ir a ver la la subasta del atún a la lonja. Pero la convenzo fácil. Dime que japo va a Sevilla y se acerca con la nikon a Mercasevilla a las seis de la mañana. Argumento incontestable.
En unos minutos bajaré a desayunar. A ver qué me encuentro. Creo que esto no me va a gustar. Demasiada urbe.

Mis Deseos (2)

Aunque presumo de escéptico, me suelo esconder en el cinismo y practicar la boutade…Mi amor es para siempre pero suelo cambiar la pareja, deseo fervientemente ( ahí va otro de mis secretos) que alguien me diga aquello de… «he cruzado océanos de tiempo para encontrarte». Es lo único que recuerdo del Drácula de Coppola del 92. Ni tan siquiera con quién vi la película.

Por encima del lugar y del tiempo, intemporal, ubicuo, enamorado no temería a servir mi cuello a los colmillos del Conde, la Condesa, es decir.

Hoy febrero 14, San Valentín me lo paso en cama con una media gripe que no es gripe ni es nada, lo justo para joderte el día y recordarte, a mi que me creo tan grande y tan poderoso que una mierda de virus-, ¿se puede ser más pequeño que un virus?- te deja tirado, inservible, por los suelos. Solo, en la cama deshecha, con golpes de tos, miro por la ventana y adivino los océanos por cruzar. Quizás ya no queda tiempo. Y es que un hombre solo siempre está en mala compañía.

G.

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