El COVID19 y el SKYLAB (Batallitas de abuelo)

Este va de batallitas de abuelo…..Estaba yo haciendo la mili (algún día contaré algunas de estas porque tienen migas…), era verano (el 79) y a falta de noticias potentes, el personal empezó a enredar con el asunto del SKYLAB

https://es.wikipedia.org/wiki/Skylab

aquella primera estación espacial estadounidense que sufrió problemas en su lanzamiento y que amenazaba con caer, dios sabe dónde, y joder a todo el que estuviera debajo (finalmente cayó en Australia el 11 de julio).

La cosa es que en el cuartel había un Brigada que estaba especialmente preocupado por el tema. No recuerdo su nombre pero sí que era un señor campechano, Brigada Músico, con mínimo espíritu militar, el pobre hombre lo más parecido a un arma que había tenido en sus manos era una trompeta, y que andaba de acá para allá preguntándonos a todos sobre nuestra opinión sobre el puto Skylab y haciendo pronósticos sobre dónde iba a caer.

Ni que decir tiene que la mala baba de alguno, el aburrimiento cuartelero y las ganas de cachondeo convirtieron al pobre Brigada asustadizo en la diana de las bromas y chanzas, no ya sólo del cuerpo de oficiales y suboficiales sino de la tropa en general. Recuerdo al cabrón del teniente Checa que simulando leer en voz alta el periódico le decía al músico acojonado
– Escucha lo que dice aquí. Hay muchas probabilidades de que el Skylab caiga este fin de semana en el hemisferio norte y dicen que con casi toda seguridad en terreno llano y cerca de un río. ¿Tú no vives en la calle Torneo al lado de la Alameda? Pues si no cae ahí, no debe andar lejos.

Fue escuchar la falsa noticia (por entonces no se sabía lo que era un fake) y el Brigada dejó hasta la media con Tulipán que se estaba comiendo. Se bebió de un sorbo el descafeinado de sobre y se disculpó saliendo con prisas.
– Bueno, me voy que estoy un poquito indispuesto. Muchachos, a ver si dios quiere que nos veamos el lunes, nos dijo al Cabo primero y a mi, que estábamos en la cafetería.
– Se ha cagao, se ha cagao- repetía el hijoputa del Teniente con sorna.

Era viernes, como hoy, y el militar decidió quedarse en su casa todo el fin de semana (entonces no se conocía el hashtag #quedateencasa). El lunes cuando apareció por el cuartel venía con una cara de satisfacción, esa de cuando has terminado con el problema crónico del estreñimiento. Sus buenos días respiraban felicidad.

Pues no sé yo qué miedo era más real, si el del Brigada que temía que miles de toneladas de chatarra espacial le cayeran en su no muy amueblada cabeza o el de los histéricos que están acabando con el papel higiénico del Mercadona.

Lo que es verdad es que los humanos hemos cambiado muy poco en algunas cosas y que el miedo (decía no sé quién, que es el único sentimiento puro, que no se puede fingir) vive en nuestras cabezas y condiciona nuestra vida. Yo soy yo y mis miedos, podríamos decir versionando la célebre frase de Ortega.
Total, si sólo es un virus.
– Gabriel, eres más corto que la picha un virus. Me decía mi profesor de matemáticas para explicar mi torpeza con las ecuaciones (en aquellos tiempos tampoco existían ni el bullying ni la autoestima.
Yo, como soy de naturaleza curioso, estoy expectante. Al fin y al cabo, a mis sesenta es la primera pandemia que vivo y tendré algo que contar a mis nietos si sobrevivo.
Estad tranquilos, al final todo saldrá bien y si no sale, es que no es el final.
Buen fin de semana.

EL NEGOCIO (1)

Cuando Pura enviudó, el pobre Marcelo no pudo superar el tercer infarto, se abrió para ella una puerta que llevaba tiempo esperando. Nunca le inquietó el paso del tiempo ni se dejó llevar por la impaciencia. Sabía, desde siempre, que llegaría su momento, primero que sus hijos harían sus vidas y dejarían el nido vacío y que después su marido, tarde o temprano, pero siempre antes que ella, pasaría a mejor vida, aunque eso estaba por ver.
Lo primero que hizo fue retomar los estudios: Nunca es tarde, se pensó. Entre las opciones que le brindaba la enseñanza no reglada y sus gustos, buscó en la universidad de la experiencia. Aunque el título le resultaba un poco confuso, aquello de la sociedad digital le atrajo y se empeñó en entender qué había detrás de esas pantallas a las que sus nietos dedicaban tantas horas. Agustina, la profesora de emprendimiento, se convirtió en su tutora y con paciencia y mucho cariño le fue explicando las materias que componían el curso. Pura, de natural inquieto y muy curiosa, no paraba de preguntar y rápidamente se dio cuenta que había sido todo un acierto el matricularse en aquel grado. Cuando Gustavo, el profesor de Gestión, pidió a los alumnos que debían crear su idea de negocio y su proyecto de empresa como trabajo del trimestre, Pura ya tenía muy claro por dónde iban a ir los tiros. A sus 73 años tenía las ideas muy claras, y toda la vida por delante….

LOS TRAPOS SUCIOS….

Vaya por delante que soy un hombre casado y mi felicidad es infinita. Conste también que mi recién estrenada esposa ha tomado mando en plaza.

Antes de consumar, sin miramientos, mi amor ya había ejecutado, sin sutilezas, el firme propósito de acabar con la que había sido mi asistenta durante más de veinte años…..y cuando escribo ejecutado no estoy haciendo uso de una metáfora.

(Unos años antes)
No es este el momento ni el lugar de repetir cómo y cuándo nos conocimos, ni de dejar constancia de cuán enamorado estoy ni de lo enrevesada que fue nuestra historia de amor. Valgan estas letrillas sólo para relatar mi sorpresa y admiración por la determinación y animadversión que mi adorada esposa profesaba por, digamos X, la asistenta precitada.

Nuestro noviazgo público y privado ha estado lleno de lisonjas y parabienes, dulzuras y memeces bobaliconas, arrumacos y pellizcos, carantoñas y abracitos, todo un repertorio del más blandito Winnie the Poo y mi pequeño pony. Es por ello que no imaginé, es más ni se me pasó por la cabeza en momento alguno que los comentarios tipo, te está engañando, esta tía no limpia, o es una guarra impenitente, señalando los cristales del balcón, el polvo acumulado en las estanterías del vestido o la grasa de la campana extractora, estaban siendo dirigidos a minar mi sentida aceptación del mal hacer de aquella mujer que, para bien o para mal, llevaba desde hacía más de dos décadas cumpliendo con la ingrata tarea de mantener en perfecto orden de revista el apartamento donde habito.

En su descargo he de decir que nunca le pedí más que todo estuviera recogido. Jamás le comenté mi umbral de aceptación ni corregí su interpretación de lo que ha de entenderse por limpio. A las claras quedó que mi definición de limpio y ordenado estaba muy lejos de la que mi nueva esposa tiene.

En nuestra relación había quedado claro que no habría terceras personas desde el principio. La única excepción, por mi parte era la malograda asistenta, quien me había acompañado fiel en los dos matrimonios anteriores.
Ahora, mi recién estrenada y adorada esposa no esperó ni tan siquiera a despedirnos de los invitados a la salida del Registro Civil.
Que te devuelva las llaves, me dijo en tono cariñoso al oído. No acerté a entender a qué se refería cuando añadió con su tono más dulce
-Esa no vuelve a entrar en tu casa.
-Pero, cari…quise disculpar
-A la puta calle. Bastante tiempo te ha engañado ya, no me dejó terminar.
No me atreví a discutir. Lo había dejado muy claro. La idea de contravenir la nítida orden recibida me nubló la noche de boda que nos esperaba y amenazaba con amargarme el viaje de novios que con tanta ilusión habíamos preparado.
De camino al convite, saqué el móvil del bolsillo de la chaqueta y escribí un lacónico whatsapp, Buen día, mira que no vengas el lunes que no hace falta. Ya te avisaré a mi vuelta. Por favor déjame las llaves en el buzón.

Antes de pulsar enviar le enseñé el texto a mi cielito. Leyó con interés, me dio un cariñoso beso en la mejilla, me dijo, tequieroamormio, y sonrió como sólo las serpientes saben hacerlo. Misión cumplida, debió pensar.

¿Y se hizo la Luz?

Quien bien me conoce sabe que aborrezco el Betis, no soporto a los taxistas, a los cocheros sevillanos y la Tuna, por igual, y detesto hacer gestiones y recados personales. Esto último será porque me dedico a gestionar para los demás. El resto es irracional y casi me da vergüenza decirlo.

Dicho esto como preámbulo, paso a relatar lo que algunos califican como propio de jubilados o recién casados (en mi caso se entremezclan ambas condiciones personales). Pues bien, Dios creador sabrá pero yo no acierto a entender, qué coño ha pasado, qué movimiento telúrico se ha producido, qué aleteo de mariposa ha provocado la teoría del caos, pero lo cierto es que por alguna razón desconocida, las facturas de la luz dejaron de llegar a mi correo electrónico, el papel se derivó a una vivienda que abandoné en 2005, mi dni se asoció al de mi madre y en el lugar donde estoy empadronado empecé a recibir correspondencia de mi actual suegro. A esto se añaden avisos de corte, requerimientos de pago, modificaciones en el número de cuenta bancario, la app que no reconoce al usuario y el sursum corda.

Increíble, verdad? Inverosímil, cierto? Pues intenta explicarlo por teléfono a un/una teleoperador andino, un contestador automático o un asesor energético. Tela!! Pero tela, tela!!!

Después de cuatro mil «disculpe don gabriel, no se retire…muchas gracias por la espera…» (Esto es un texto para todos los públicos y no voy a reproducir los improperios enviados al nuevo continente, ni las blasfemias dignas de condena eterna, ni las auto alusiones hechas a mi santa madre). El resultado es que tras mucho preguntar y dejarme ser asesorado, la conclusión era la misma: Eso tienes que ir tú a Endesa. Tú vas con tu dni, siempre hay cola, sé paciente y allí te lo arreglan.

Ahí está el tío: viernes 7:30 de la mañana en la puerta de la oficina. Un cartel que dice que el horario de atención al público empieza a las 8:30 (tranquilo Gabriel, una horita y todo arreglado…) y me dispongo a esperar. Al menos soy el primero y orgulloso declaro esta situación al que llega después.
– Es usted el último? pregunta una pareja que llega con un recibo en la mano.
– El último y el primero (no lo ves, cojones? me dan ganas de añadir)

Por eso de la puntualidad ibérica la persiana se levanta a las 8:33 y una limpiadora nos dice (ya somos más de 30 en la cola, pero yo el primero) ya pueden pasar. Una recepcionista ajada y malencarada ni me da los buenos días y me pregunta qué tipo de contrato tengo. Le digo que ni puta idea (mire usted ni idea yo vengo por un problema de facturación…) y me da un numerito, el 0, el primero, y me promete que me atienden en un momentito, justo lo que tarda en salir en pantalla la Mesa 2. Allí que me voy y me siento dispuesto a contar la película sin saber por dónde empezar.

Una hora y media: 90 minutos de mi vida me he pasado mientras Eli trataba de convencer al sistema operativo, al programa y al ordenador que yo era buena gente, que me tratara bien, que no me merecía lo que me estaba pasando y que si todo había sido por una broma del destino, que ya estaba bien de bromitas, que si era el karma pues que tendría nuevas vidas para compensar pero que, por favor, volviera todo a donde debía estar y de donde nunca debería haber salido.

Y nada hubiera sido igual sin ELI. Eli merece mención especial. Andará por los veintilargos, simpatía sin aspavientos, vende por naturaleza (yo le he firmado no sé cuántos cambios de gas, luz, mantenimientos y seguros…), no pierde la compostura, teclea con parsimonia, con unas uñas azules, plateadas y con estrellas que le habrían alucinado a mi Clau. Se pelea con el ordenador y la impresora, con cariño, sin prisas. Poco a poco va desenredando el hilo del embrollo. A su vez me va explicando qué está haciendo y especula sobre el posible origen del conflicto. Yo la dejo hacer, veo que tiene manejo. A lo suyo….pero una hora y media da para mucho…Eli estudió en la Doctrina Cristiana, después en el Torre de los Herberos de Dos Hermanas y finalmente los módulos en la Mercantil. No le gustan los números pero nadie lo nota. Desde hace casi un año trabaja en esa oficina, aunque contratada por una ETT, no duda que en Enero la renuevan que es lo que están haciendo al resto de compañeros. Acostumbrada a trabajar de 8:30 a 16:30 dice que ya ha visto de todo y se nota que lo siente. Eli viste del Berska. Lleva una cazadora militar y pantalón blanco. Me cuenta que tiene dos microondas (parece que esto no viene al caso pero en eso momento hablábamos de potencia contratada…). Eli me aconseja para el futuro, casi como una madre, o una vidente. Eli me ofrece su mail personal para cualquier duda o incidencia y me facilita la alternativa a tener que volver a la oficina (a escondidas me surte con varias fotocopias de escritos de representación para que mande a alguien), me obsequia con un folleto informativo con un tutorial para cambios de titularidad, me da breves nociones sobre el monofásico y el trifásico (de esto no me he enterado) y me hace prometerle que volveré (ella me lo recordará) por octubre de 2020 para renovar todo lo firmado hoy. Eli me repite que me van a regalar 100 euros por algún motivo. Eso sí, no sabe bien si en esta próxima factura o la siguiente y me subraya con amarillo que llevo un descuento del 50% en el seguro de decesos (a estas alturas no sé qué le había firmado). Eli ya es como de la familia. Sin duda vendrá al próximo evento, ya sea bautizo o comunión.

Salí de la sucursal pletórico, me vine arriba. Pedazo de inyección de autoestima. He sido capaz. Tuve ganas de llamar a Pablo Coelho o a Borja Vilaseca y contarle mis progresos. Busqué La Caixa más cercana y me decidí a superar otra meta. Esta vez, operar con un Cajero (vamos Gabriel, si has sido capaz de arreglar lo de la luz, seguro que consigues pedir el saldo o los últimos movimientos. Dicho y hecho, algo de confusión entre el teclado y la pantalla táctil pero finalmente la máquina me dijo que llego a fin de mes si no me desato). Es viernes, brilla el sol, saltaba por la calle con el recibo del saldo.

Me asaltó una duda, escribirá su nombre con s, o con z. Elisabeth o Elizabeth. Por las uñas me da que con z.

Al llegar al despacho lo conté a los presentes. Vítores, parabienes, enhorabuenas. Entre los abrazos de alegría alguno dejó caer, bueno, ahora a esperar que todo sea verdad y que se haya arreglado, que a veces…..

No me lo puedo quitar de la cabeza. No, no puede ser, no ha sido un sueño. Eli es real. Eli existe. El mes que viene la factura digital llegará puntual a mi correo electrónico, el universo habrá hecho las paces conmigo. Se hizo la luz.