Malditos japos…..

Lo he contado muchas veces. Viajo con con ropa vieja, no lavo, tiro. Es una especie de catarsis liberadora. Vuelvo nuevo, cambio la piel. Fuera calzoncillos y sudaderas usadas. Ligero Ligero de equipaje.
Pero esto es imposible en Japón. Mi costumbre es dejar la camisa en el camino, sobre un banco, en el hotel, junto a un monumento, pero esto aquí no es posible. En este maldito país de educación esmerada donde no existen las papeleras porque a nadie se le ocurre tirar algo al suelo, país servicial donde los haya, no puedes dejar nada nada en la calle porque vendrán detrás a decirte que has dejado olvidado.
Esto me pasó con el polar quechua que tras dos días dejé en en un banco del parque. En pocos minutos un aborigen se plantó ante mi y tras unas reverencias me devolvió el chaleco. Imposible Imposible explicarle mis costumbres. Lo intenté de nuevo pero pero de nuevo sucedió. No hay manera de desprenderse de la puta sudadera. Estoy cansado y jetlageado. He soñado que un ejército de nipones disciplinados corren tras de mi, me persiguen y me quieren devolver la prenda usada. Todo un país me hace reverencia y soy incapaz de explicarles que no la quiero coño pero que no hay papelera donde dejarla. Me pongo violento, ahora soy un piloto americano de la segunda guerra mundial. Mi avión avión se llama Enola Gay y deja caer una bomba nuclear pero no de neutrones sino de calcetines sudados, calzoncillos raidos y ropa vieja. Me río, los he vencido, malditos japos, peligro amarillo, grito, me río, me despierto sobresaltado, me abrazo a P que lo interpreta como una carantoña y me asesta un revolcón, me relajo, me vuelvo a dormir. Ahora mi sueño es plácido y silencioso como un vagón de metro en en la hora punta de Tokio.

Níkito Nipongo. Crónicas Desorientadas.

Trece horas horas de vuelo, vuelo más las esperas aeroportuarias inoportunas y ya aterrizo en el imperio del sol naciente pero es de de noche. Lo primero primero que me encuentro, ya estaba avisado, es la educación y el orden de estos militarcitos. Te sonríen desde detrás de la mascarilla anti contaminación. La chica de información en un plis plas me endosa cuatro planos, tres fotocopias y el el horario del tren. El abuelete de la gorra de plato me indica cómo he de sacar el ticket del metro. Puntualidad nipona. Todo perfecto. Pero algo ha debido ocurrir. Será el efecto mariposa….. Cualquier pequeño cambio…. El aleteo de una mariposa puede provocar un un tsunami. Sigo las instrucciones, giro a la derecha y cruzó el puente pero me he debido equivocar y no es es el el Wanda river. Total una hora caminando caminando en la dirección errónea, tres consultas a amables aborígenes que no tienen ni putada idea dónde está el hotel y cómo decírmelo pero sonríen. Estoy perdido. Me encuentro con dos gays de San Francisco, uno uno de de ellos con hermana hermana en el Ferrol y me aconsejan preguntar a Google. Dios, cómo he podido podido ser tan idiota. Yo y mis propósitos de desconectar del móvil. La niña del gps me lleva al hotel sin rechistar.
No es un hotel cápsula pero casi. Cuarto y y mitad. Al menos tiene hervidora de agua para el café soluble. Un calzador largo de madera, tipo fusta que asemeja un juguetito de esos esos de Grey. La cosa promete. Y el inodoro musical. Eso debía estar bien a antes del ipad pero ahora ya me parecen parecen demasiados botones para entretenerte mientras.
El Jet lag me lo paso viendo tele. Todo parece humor amarillo, colegialas lolitas y Doraemon. Mi novia quiere ir a ver la la subasta del atún a la lonja. Pero la convenzo fácil. Dime que japo va a Sevilla y se acerca con la nikon a Mercasevilla a las seis de la mañana. Argumento incontestable.
En unos minutos bajaré a desayunar. A ver qué me encuentro. Creo que esto no me va a gustar. Demasiada urbe.

San Valentín (R.I.P.)

El primer San Valentín sin él. Lentamente la vuelta del calendario llegaba a febrero y de nuevo los recuerdos se le agolpaban atropellados. De un lado tantos momentos felices, de otro, sus últimos meses en constante vigilia. La quimioterapia había fracasado, la morfina apenas aliviaba los dolores y le proporcionaba un par de horas de descanso entre inyección e inyección. El final era inminente y como tal había sido aceptado. Siempre, junto a él, al lado derecho de la cama, ella lo reconfortaba con palabras suaves o con su silencio. Velaba su sueño delirante y amortiguaba su dolor con lo que se intuía una sonrisa y una caricia en su mano yerta. Aquellos últimos días reclinada sobre el lecho donde se apagaba el hombre de su vida, el único, su Andrés, quien le había dado tanto…..

De nuevo, y aunque no era aconsejable para su duelo, volvió a abrir el portátil donde él pasaba tantas horas. Entre los documentos, esta vez se percató de una carpeta titulada personal. Al principio no lo comprendió. En ella, cientos de fotos de Andrés, su Andrés junto a una mujer más joven, sonrisas, abrazos, algunos besos. Rodeados de quienes parecían amigos. Siempre se le veía reír. También muchas cartas, cientos de correos electrónicos cruzados con esa mujer. Se detuvo a leer algunos mientras se le helaba el aliento. Andrés escribía y parecía sincero, su matrimonio nació muerto, comentaba. Llevaba tiempo intentando la separación, quería que ella lo comprendiera, la situación era muy difícil, no deseaba hacerle daño a la madre de sus hijos. Le repetía TE QUIERO y TE QUIERO con letras mayúsculas y le dibujaba corazones como un adolescente. Andrés, su Andrés, le prometía que faltaba poco para que pudieran estar juntos y que muchas noches soñaba que su esposa ya estaba muerta y ellos serían felices, muy felices….

G.

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El Pijama

pijamaMi novia me ha regalado un pijama. Si, un pijama. No un pijama sexy ni con el motivo de un súper héroe, no. Un pijama acrílico, Pijamas Juanito es la marca. De la M, corto de mangas, de pantalón azul y cuello a la caja, de rayitas. Lo que yo de pequeño llamaba esquijama. De verdad, nunca imaginé que las cosas fueran tan mal entre nosotros. Tenía que llegar esto.

Para un espectador objetivo quizás todo estuviera muy claro pero yo nunca lo vi venir. Hasta que lo tuve encima. No aprecié las señales, que seguro que las hubo. No interpreté sus silencios ni leí entre líneas en sus argumentos. Y ahora me encuentro con el regalito, el pijama azul, frente al espejo preguntándome pero qué he hecho mal esta vez.

Como he dicho, todo era diferente en los últimos tiempos. No era cuestión de rutina, no era cansancio, al menos no creo que el mal residiera en la pareja. Más bien una cuestión individual, o mejor dicho, dos individualidades que no andábamos por nuestros mejores momentos, pero dios mío, un pijama, qué puede estar pasando por la cabeza de una mujer para comprarle un pijama a su novio. Nada bueno, es evidente.

Como soy de natural optimista, lo primero que pensé es que se trataría de una broma. Pero no, no era eso. Cuando me lo probé, con la esperanza interior de que propusiera cambiarlo por otra talla, simplemente me dijo, bueno, para estar en casa….es calentito. Dios santo, un pijama, corto y para estar en casa calentito. Dónde quedó la aventura, la pasión, el fuego, la espontaneidad, el aquí te pillo aquí te mato. Todo al garete. Ante mis ojos cayó la fachada del decorado que semejaba el pueblo del lejano oeste y se vio el desierto yermo de la realidad.

Luego intenté recordar cuándo empezó todo, el tropiezo con el iceberg, el inicio del naufragio. Como ella es muy regalona tiré de memoria para encontrar el momento exacto en que se produjo el cambio. Hace una semana unos calcetines, mal vamos, a primeros de mes dos perchas para el cuarto de baño (no le gusta y no le gusta que yo deje las toallas húmedas sobre la mampara de cristal) y un artilugio con ventosas para colgar el jabón y el gel de ducha. En fin, cuestiones prácticas y el mes del hogar, pensé. Ya lo tengo, fue al principio del otoño. Por entonces planeábamos un viaje. El verano había sido muy ajetreado y teníamos ganas de dedicarnos unos días para nosotros. Lo dejé en sus manos. Siempre me había sorprendido con una aventura, una experiencia, un lugar exótico, una escapada romántica. Estaba seguro de que acertaría y la verdad es que me sorprendió: Fin de semana en un monasterio Cartujo. Dos celdas individuales, programa ayuno asceta creo que se llamaba. Silencio obligado. Recuerdo que cuando el abad nos enseñaba los aposentos y nos recordaba los horarios y las normas de obligado cumplimiento del lugar, ella sólo me dijo: Piensa, Gabriel, te vendrá bien. Qué me iba a pensar yo lo que vendría después.

En fin, siempre adelante, suelo decir. Al menos calentito sí que es….para estar en casa.