CUENTO DE NAVIDAD

El error fue confiar la carta a Santa Claus al pequeño de la familia. Su dislexia le cambió el orden de las letras y la misiva fue dirigida a Satán. Esta vez el gordo de rojo no recibió las peticiones de regalos ni se vio obligado a bajar por la estrecha chimenea de la casa adosada donde todos celebraban la Navidad. Fue el espíritu del maligno, ya sabemos que adopta mil formas, el que el que convertido en humo negro por la mala combustión de los gases dejó dormida para siempre a toda la familia. Se acabaron los villancicos y las celebraciones. For ever.

CUATRO LÍNEAS

CUATRO LÍNEAS

Dicen que en Hollywood las productoras, cansadas de recibir propuestas para películas, exigen a los guionistas un breve resumen, cuatro líneas, para exponer la idea del futuro guión. Si gusta, este esbozo debe crecer hasta las veinte líneas. Si pasa esta segunda prueba, se debe describir en detalle un personaje. Si finalmente consigue el okay, se rodará un piloto que si logra el share deseado se convertirá en los trece capítulos de la primera temporada (pudiendo romper el contrato en el cuarto y el séptimo).

En definitiva, cuatro líneas es más que suficiente para contar una buena historia. Si lo piensas, cualquier película de Hollywood puede contarse en cuatro líneas. Y en menos. Antes de Twitter yo ya era el rey del microblog. Me sobra con ciento cuarenta caracteres para vivir un día. Ayuno de palabras, le podemos llamar.

Tenemos que hablar. Así, de repente. Tres palabras. Tres palabras que presagiaban una sesión de terror. Miedo auténtico. Cuánto tiempo hacía que no hablábamos. Me refiero a lo que ella entiende por hablar. Yo, aunque muchos me consideran pseudoautista, hablo, no mucho, es cierto, pero hablo. Digo bien, sí, vale, vaya, oki, o muevo el gesto asintiendo o subo las cejas si me sorprendo. Es cierto que no pregunto. A veces tampoco respondo, otras, cuando me preguntan mi opinión, suelo contestar con un bueno, como quieras o para un pueblo….y si me interrogan sobre una calificación, ya sea para un viaje o un polvo, le suelo otorgar un seis. Esto último jode y entonces tengo que explicar, otra vez hablar, que para mí, un seis es una buena nota, una nota excelente.

Tenemos que hablar. No recordaba la última vez. Quizás cuando se nos averió la tele, la Elbe 14 pulgadas, mi primera tele en color. Estuvo en el servicio técnico una semana y fue terrible. Todas las noches, tras la sopa y la tortilla francesa se hacía el vacío, se abría el mundo de par en par en abismo entre los dos y nos veíamos obligados a llenarlos con palabras. Al menos ella. Lo peor era cómo te fue el día. Bien. Sólo bien. Bien. Y el silencio otra vez. Mucho trabajo, sí. Mucho, mucho, más de lo normal o como siempre. Normal. Silencio. Yo, nada nuevo, (algo sobre la niña….) y un poco cansada. Ya.

Entonces seguía el futuro próximo, has pensado algo para el fin de semana. No. Yo creo que deberíamos….Vale. Si no he terminado. Pero me parece bien. Todo te parece bien siempre. Sí. Pues a veces algo te debería parecer mal, no. Bueno. Alguna vez tendría que hacer algo que te parezca mal, que te parecería. Para entonces ya me había perdido en el razonamiento. Queda fruta. Sólo un plátano. De noche no me sientan bien. Entonces qué. Qué. Ya no te acuerdas lo que te estaba diciendo. El plátano. Me tienes harta.

Así hasta que volvió la tele. Los siguientes doce años, gracias a dios sin averías, pasaron sin pena ni gloria. La niña creció y ahora pasa poco tiempo en casa. Cambiamos de la tele al plasma, al led y hace dos semanas le regalé por el aniversario (no era exactamente el aniversario, me adelanté 42 días) un smart tv.

Contenta, le pregunté. Seguro de una respuesta afirmativa. Tenemos que hablar. Estoy horrorizado. He terminado a las tres en la oficina y ando vagabundeando por el barrio sin atreverme a subir. No quiero volver a casa. Tengo miedo. Presiento el interrogatorio. No es cierto que quiera hablar. Quiere que hable yo. Y no sólo eso. Quiere que le diga qué pienso y sobre todo qué siento. Tenemos que hablar. Me tiemblan las piernas. Espero que al menos quede fruta.

FELICIDAD

FELICIDAD

Hacéis buena pareja, siempre se lo habían dicho. Desde el instituto donde se conocieron en primero de BUP, camino de los cuarenta años juntos (tenía pensado sorprenderla con un crucero por el Mediterráneo para celebrar la cercana efemérides). Él había sido el único hombre para ella y ella para él, si no contamos aquel desliz que no llegó a nada en la cena de navidad de la empresa. No había otros. Siempre juntos, ellos dos. No habían tenido hijos y tampoco se habían preguntado el motivo. Y nadie podría decir que fueran almas gemelas y eso era lo sorprendente. Amalia era una chica hogareña, dulce, delicada, reservada, un poco tímida, hija única había cuidado desde pequeña de sus padres muy mayores cuando la tuvieron. Acostumbrada al trabajo de la casa no puso impedimentos en aparcar su profesión (a trancas y barrancas llegó a terminar Farmacia) para acompañarlo en los mil y un destinos que el Banco le imponía. Así viajaron por media España, once mudanzas contaba, organizando todo para que nada faltara en la vida azarosa de Juan José, Apoderado, Subdirector, Director y finalmente Jefe de Zona en la entidad reconvertida una vez y absorbida otra en los últimos años.

Si ella ponía el orden y la estabilidad, él traía el entusiasmo y la sorpresa. A sus momentos de fatiga y stress ella respondía con el sosiego y la paz que le devolvía la calma. A sus crisis de melancolía él sacaba la chispa que le alegraba el día. El ánimo y energía de Juan José eran proporcionales a la reflexión de Amalia, a ese otro punto de vista siempre cuerdo y razonable que mitigaba el, a veces, demasiado impulsivo actuar de Juanjo. Él la admiraba y valoraba el saber estar de aquella mujer de apariencia débil. De alguna manera, Lita, como la llamaba, era mucho más que la persona que organizaba su agenda y había fraguado  un armazón que daba consistencia a la inestable estructura vital en la que se movía JJ. Ella lo quería como a su vida misma, respiraba por él y no veía más allá de sus ojos.

En cualquier encuesta de calidad ambos no habrían dudado en calificar como excelente su matrimonio, incluso en los momentos más difíciles, que también existieron, y ninguno haría mención de aquellos pequeños detalles que imputar al debe de la relación. Eran tan felices. Ella no solicitaría más abrazos y besos, ya acostumbrada a la poco afectividad de su esposo y a él no se le ocurriría  proponerle sexo oral aunque lo deseara tanto como para soñar con ello. Si alguna vez ella deseó que la abrazara al dormir nunca se lo dijo y él nunca buscó fuera de casa algo más de desatino y mordiente en su, digamos, conservadora vida marital.

 

El final de trimestre había sido muy intenso, los cierres contables, la consecución de los cada vez más difíciles objetivos y los reajustes en varias oficinas le habían tenido casi sin dormir esa semana. Amalia lo había organizado todo para un fin de semana de relax, él lo necesitaba, en la pequeña casa rural en la que solían perderse de vez en cuando. El sábado estuvieron paseando de la mano por el campo, casi sin hablar. Juan José respiraba intensamente como queriendo coger el aire que le había faltado y recuperar la energía entregada al Banco, cada vez más hastiado de su labor. Para cenar ella preparó una buena pierna de lechal al horno acompañada del tinto preferido de Juanjo. Brindaron por ellos y por la vida. Al terminar, Amalia lo cogió de la mano y lo llevó al dormitorio, un beso para decirle que callara y comenzó a desvestirlo, primero los zapatos, la camisa, el pantalón. Sus besos le acariciaron el cuerpo cansado y sus dedos bailaron por su piel masajeando desde el cuello para detenerse en su miembro que respondió instantáneamente a la llamada, unas suaves caricias primero, algo más de vigor después, antes de bajar  y ofrecerle una felación hermosa, generosa, delicada que estremeció a Juan José. Otro beso de no digas nada, vio sus ojos de sorpresa, y Amalia se entregó a su marido hasta que éste bramó rotundo rompiendo el silencio de la medianoche.

 

El informe forense no dejaba lugar a dudas, un desajuste en el termo de gas, una mala combustión. La pareja fue hallada en la cama del dormitorio principal, abrazados, acurrucados. El comisario Martínez, encargado de la investigación, todavía recuerda la sonrisa en la cara de ambos. Fue una muerte dulce, feliz. No sufrieron, aseguró.

DE CINE…..PERDIDA

Perdida…….la tarde. Dos horas y media para contar lo que debe caber en un tweet. Estos guionistas no se enteran o cobran por minutos: tonto de baba con cara de estreñido es sospechoso de tener algo que ver en la desaparición de su esposa, más mala que la quina.

 

Por favor, señor director, repase la definición de thriller.

En definitiva, peli de siesta de Antena 3 TV para competir con Grease, otra vez, en Telecinco. Perderá.PERDIDA