#BlueMonday
Lo tenía todo para estar triste. Sin embargo, Pablo se consideraba afortunado, siempre caminaba alegre, como si silbara una canción en su interior, y rara vez se le veía ni tan siquiera contrariado. Un chico encantador para la mayoría, un tonto feliz se decía de sí mismo. Cuando le preguntaban siempre respondía lo mismo: piensa lo que tienes, no lo que te falta.
La última semana no había estado cargada de buenas noticias, por decirlo de alguna manera. Carla lo dejó por whatsapp el lunes a media mañana (no eres tú, soy yo. T dejo. kiss). Tardó dos días en recomponer su ordenador después de que un virus le jodiera todo el trabajo recopilado en los últimos meses para la editorial. Pasó el miércoles en urgencias con su madre, esta vez había sido la cadera y eran pocas las posibilidades de que volviera a andar. Un jueves de infarto, la grúa se le llevó el coche y estuvo encerrado más de dos horas en el ascensor del bloque de pisos donde vivía. El viernes, poco antes de las dos, le llamaron al despacho del director, ya sabía que las cosas no iban demasiado bien en la empresa y esta vez le tocó a él. Firmó el finiquito y salió a la calle. Llovía, por primera vez en el invierno.
El fin de semana siguió la misma tónica, otra multa por doble fila junto al hospital, humedades en el techo del baño (parece que la vecina olvidó cerrar un grifo), un breve episodio gastrointestinal debido probablemente a algún ingrediente de la pizza y el apagón definitivo del móvil. Petó. Esta vez parecía que ya no tenía arreglo.
Antes de irse a la cama leyó que el lunes 19 de enero llegaría el #BlueMonday, el día más triste del año según una fórmula matemática calculada por un investigador de la universidad de Cardiff. Al parecer este señor había llegado a tal conclusión tras analizar distintas variables como el clima, la liquidez monetaria y la decepción por incumplir los propósitos del nuevo año.
Pablo se fue a dormir con una sonrisa. Sólo por eso, era un tipo verdaderamente afortunado.

