EL SICÓLOGO
En la cuarta sesión el sicólogo me pidió que le contara un cuento. No un cuento cualquiera. Debía elaborarlo sobre la marcha. Tenía que elegir dos palabras, las primeras que vinieran a mi mente. Con ellas, tendría que componer el relato.
Me gustó la idea y por eso me decidí a hablar (en las sesiones anteriores había permanecido en silencio. Ni una palabra. Toda la hora. Sentado en el sillón bajo frente a él, me limitaba a mirar por la ventana que tenía a mi derecha. Cuando decía que la sesión había terminado, yo me levantaba y abandonaba la consulta sin decir adiós). Sin embargo hoy sería diferente. Me sentía con ganas de hablar, o quizás no.
Miré por la ventana. Un coche daba una y otra vuelta al parking buscando un hueco. Con toda seguridad el pobre desgraciado estaría histérico. Me imaginé que iba con prisas porque llegaba tarde a una entrevista de trabajo, otra más, en la que le volverían a decir que no daba con el perfil que buscaban. Caía una ligera lluvia y una chica se tapaba la cabeza con una revista y corría hacia la entrada del edificio municipal. Dos tórtolas contemplaban la escena desde una farola, ajenas a la lluvia y a los problemas de aparcamiento.
El terapeuta me preguntó si hoy también permanecería mudo y me recordó que mis padres estaban haciendo un gran esfuerzo al pagar aquel tratamiento. Se le notaba nervioso. Volvió a decirme que de su informe final dependería en gran parte mi futuro en libertad. Jugueteaba con sus gafas y hacía garabatos sobre la pequeña libreta con pastas de cuero. Puedo fumar, le pedí, y me ofreció un cigarrillo rubio y me acercó el encendedor. Creo que pensó que ese detalle propiciaría el acercamiento y le ayudaría a derribar mis recelos. Encendí el pitillo, le di dos largas caladas y lo apagué sobre el tapizado de cuadros del sofá. Hijo de put…..no llegó a terminar la frase, volvió a sentarse, recompuso la figura y volvió a preguntarme si quería decir algo. Fue entonces cuando decidí hacerlo. Me iba a divertir jugando con aquel capullo imbécil.
De verdad crees que te voy a contar por qué lo hice, le dije, sin dejar de mirar por la ventana. El pobre idiota sin trabajo seguía dando vueltas al aparcamiento. La lluvia se hacía intensa y una de las tórtolas había desaparecido. A la otra no parecía importarle demasiado.
Entonces empecé a hablar. Hay dos palabras que me gustan especialmente: braga y muerto. Bueno, BRAGA Y MUERTO. En mayúsculas, repetí, en voz alta, casi en grito. Braga, muerto. Se me llena la boca al pronunciarlas. A veces hasta me empalmo. Contundentes, plenas, rotundas.
Evito fallecido y difunto, continué. Muerto es pleno, total, sin regreso. No alberga dudas. (El sicólogo comenzó a escribir en su cuadernillo) Completo. Finito. De punto y final, sin posibilidad de secuela. Muerto es definitivo.
Braga es rotundo, salvaje, potente. Nada de braguitas ni ropa interior ni underwear. Nada de ropa íntima ni lencería. Braga es deseo, explosivo, voluptuoso. Braga es carne.
Me acerqué a él, no lo esperaba, le quité la libreta y el bolígrafo y le ordené. A ver, di conmigo….braga. Titubeó y dijo, braga, casi en un suspiro. Más alto, dije, braga, repite. Braga, dijo con decisión. Ahora, muerto, a ver, muerto. Cierra los ojos y dilo despacio, muerto. Muer..to, dijo el sicólogo con un leve temblor en el labio. Bien, buen chico, avanzamos, lo animé. Ya es la hora. Nos vemos el próximo martes, y salí de la habitación. Había dejado de llover. El idiota seguía sin encontrar aparcamiento. La tórtola había cambiado de farola.


