DON EMILIO

¿Qué comen los erizos? Así empezó la clase Don Emilio.

 Un minuto antes había entrado en el aula  y escrito en la pizarra (él decía el encerado): Emilio. Ciencias Naturales.

 

 Y con esta pregunta bastó para dejarnos boquiabiertos el primer día de curso, justo cuando todos esperábamos que se le pasara la hora hablándonos de la importancia de su asignatura o la necesidad de estudiar para hacernos hombres de provecho.

 

Repitió al aire la pregunta, esperó unos segundos escrutando nuestras miradas de desconcierto y como  nadie alzó la mano, ni siquiera Chato, el repetidor, continuó con su enseñanza: los erizos comen lo mismo que las jirafas. Y estas lo mismo que el pulpo: lo que les gusta. Ni más ni menos. Recuerden, nunca comen otra cosa, siempre lo que les gusta.

 

Alto, desgarbado y con bigote mostacho, desarreglado, tenía un hablar parsimonioso y un acento que nunca identifiqué, digamos, de fuera y una habilidad extraordinaria para dibujar con la que nos dejaba casi una fotografía de cualquier especie del reino animal o vegetal a base de tizas de colores.

  

Aparte de maravillarnos con sus dibujos del caracol o el mejillón, Don Emilio también usaba palabras raras y difíciles: mitocondria, ectoplasma, paquidermo, celentéreo y coleóptero (esta última fue usada para rebautizar al Chema con su apodo, hasta entonces «el avispa» por su perenne camiseta de rayas).

  

Si aquello del erizo se me quedó grabado para siempre, no fue menos su final. Todas los días, al terminar la clase, recogía su reloj que al entrar había dejado sobre la mesa y que le medía el tiempo de sus reposadas palabras…y mientras se ataba la correa…nos decìa…bien chicos (en mi clase no había chicas pero esa es otra historia..) La clase ha terminado. Ahora son una hora más viejos y más sabios y les queda una hora menos de vida. Aprovéchenla. Sean felices. Y salía al pasillo dejando detrás un aire de bálsamo que amansaba nuestras hormonas adolescentes y nos cubría con una pátina de admiración.

 

EL COCHE NEGRO (LOCURAS DE AMOR).

Me preguntaba con curiosidad malsana una lectora de las MUJERES DE MI VIDA qué locuras había hecho por amor. Confieso que le di vueltas al tema pero lo dejé aparcado. Hoy, ocho de agosto, al entrar en el coche para volver a casa y encontrarme con 47º, el tema sale con virulencia de ese aparcamiento límbico de las causas olvidadas para calentarme la sangre y pedir al cielo venganza.

Siempre he dicho que me gusta el otoño de esta ciudad (también he repetido que he firmado por la pena capital de aquel que acuñó la frase Sevilla tiene un color especial y que representa el símbolo del ombliguismo sevillano) pero me gusta la luz del otoño, más que la primavera. Y era otoño, decadente, romántico, cuando paseaba con ella (paseaba con ella, desayunaba con ella, bebía con ella, vivía con ella, respiraba con y para ella…) en esa fase sello o pegatina, en la que no te separas un instante de la persona amada porque te faltaría la vida, de cualquier relación y le pedí- ¿me acompañas, cielo? que viniera conmigo al concesionario para ver coches.

Nunca hasta entonces yo había permitido que mi pareja se metiera en algo tan íntimo y personal como era elegir mi coche, pero ya se sabe, el amor, esa maravillosa locura transitoria.

¿No te ha pasado, alguna vez, que cedes el menú en el restaurante a tu pareja, elige cariño, lo que tú quieras que a mí me gusta todo?  Y  zas, pleno! allí va ella pidiendo las tres tapas que tú siempre hubieras puesto en último lugar. A comerte el pudin, los berberechos  y las alcachofas sin protestar. Pues algo así sucedió. Si costó convencerme del modelo elegido (jamás lo hubiera escogido en mis plenas facultades mentales), lo del color fue el remate – ¿negro, cariño?- no me atreví a disentir. Azul abisal, matizó el solicito vendedor, que dios le tenga en un ERE. Es tan elegante, me susurró ella, mientras se me acurrucaba al lado y besaba la mejilla. Poco más faltó para convencerme. El vendedor, viendo que había mordido el anzuelo, se apresuró a sacar la orden de pedidos y solicitar mi firma. Ni en el mejor de los sueños se pensaba el gañán cómplice que aquella tarde iba a poder librarse del coche negro.

 

Se apagó la luz otoñal, llegó el invierno y a mi amor para toda la vida se la llevó una tormenta entre truenos de escándalos y rayos encendidos. Allí quedaron los restos de la riada que tanto costó recomponer y allí quedó el puto coche negro, símbolo del amor perdido.

Dicen los sicólogos que el proceso de duelo por una pérdida no ha de ir más allá de dos años antes de considerarse patológico. En este caso, el renting firmado por el vehículo durará tres y en ellos, en cada día, en cada segundo de esos tres malditos años, blasfemaré al comprobar el calor, sí, la caló, que da un puto coche negro en esta ciudad que quema en verano. Arda ella en el infierno que seguro que estará más fresca que yo. Quiera el señor que se le adelante la menopausia y que los sofocos se la coman. Permita dios que a ese tunante de Cupido le cambien los pañales y lo vistan con un terno gris de paño grosero, corbata incluida, y que sude la gota gorda,  que así se le quitarán las ganas de jugar con el arco y las flechitas.

Por eso, ahora, cada vez que ordeno en un restaurante, me cuido mucho, muchísimo, de dejarle la elección a ella, harto de berberechos.